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Josefina Velasco

El desafío ardiente de la Tierra

El volcán de Cumbre Vieja

El volcán de Cumbre Vieja.

Desde que el 19 de septiembre estallara el ya popular volcán de Cumbre Vieja en la bella isla de La Palma no ha pasado un día en el que no veamos atónitos como de las entrañas de la Tierra emerge un espectáculo de increíble y destructora belleza descontrolada. Por muy insensible que uno sea ante las noticias crueles de crueles realidades, todos sentimos las pérdidas de los palmeros y su incertidumbre ante el futuro inmediato con el pasado enterrado bajo la lava del volcán, que a veces es toda una vida. No hay palabras que consuelen de tanto dolor. Queda el de salvar la vida. Y la esperanza en la ayuda debida.

Y, como siempre que una noticia bombardea nuestra cotidianeidad, aprendimos el alcance de nuevas palabras, como fajana, y entramos en precisiones de otras como magma, lava, seísmos, cenizas, nubes de azufre, piroclastos, lapilli. Sabemos ya qué materiales emite un volcán y los peligros que encierra para la salud y el medio ambiente. Hemos hecho un curso acelerado de vulcanología, atraídos más por lo vistoso que por lo sesudo. Ante lo incomprensible el hombre mitificó y humanizó las fuerzas naturales. Vulcano, dios romano del fuego, da instrucciones a los herreros en la Fragua del Vulcano que pintara maravillosamente Velázquez. Dios del inframundo de incierta ascendencia, esposo despechado de la voluble Venus, amante de Marte; presente en todas las creencias, es dios destructor y generador, y dio nombre a los volcanes. Pero el mito tiene mucha historia.

Se cree que hay más de 1.300 volcanes activos, considerándose así los que hacen temblar, emiten gases o han experimentado una erupción en los últimos 10.000 años, porque en las cosas de la geología la medida humana del tiempo no sirve. Entre los considerados más peligrosos está el Vesubio, cerca de Nápoles, responsable de la histórica destrucción de Pompeya y Herculano el verano del año 79 d.C; a su falda, que de vez en cuando se estremece, aunque desde 1944 no expulsa lava en grandes coladas, viven 600.000 personas. El Stromboli, en su isla del Tirreno, todavía asustó en el 2019. El Etna, Patrimonio de la Humanidad, que corona la bella Sicilia a más de 3.300 metros, creció en la última erupción, hace nada, aunque su más destructiva visita fue en el siglo XVII. La gran caldera volcánica de la isla griega de Santorini, una maravilla, surgió de una de las mayores erupciones (1.600 a.C.) que se especula afectó a todo el planeta y fue recordada por egipcios y griegos, tal vez origen del mito de la Atlántida. Todo en un Mediterráneo situado donde dos placas litosféricas, esas que articulan la corteza terrestre, rozan y cabalgan provocando seísmos y abriendo volcanes; tensión entre la placa africana y la euroasiática. Así que en su entorno encontramos más, como el sagrado monte Ararat, entre Turquía, Irán y Armenia, inactivo hace un siglo, tan bíblico que allí descansó el Arca de Noé. Etiopía, Eritrea, la fractura del Rift africano o el peligroso e hiperactivo complejo volcánico de Virunga en la República Democrática del Congo tienen conexión tectónica. El congolés Nyiragongo se reactivó obligando a desplazar a miles de personas este año. Son zonas de riesgo como el Cinturón de Fuego del Pacífico, el Himalaya y su entorno, Oriente Medio… Y es que pisar «tierra firme» no es más que la expresión de un deseo humano de estabilidad. «Allí abajo, a casi 3.000 kilómetros de profundidad, el núcleo de hierro, que heredó el calor del nacimiento del planeta, sigue fundido en su casi totalidad» (Francisco Anguita, geólogo).

Recientemente Europa ha visto interrumpida su actividad aérea por la explosión del impronunciable islandés Eyjafjallajökull (2010) o asistió expectante al volcán submarino de El Hierro un año después. Pero hubo otros no solo famosos sino decisivos. En épocas prehistóricas explosiones volcánicas afectaron al planeta en su conjunto. Hallazgos científicos muestran que la del Monte Toba, en Sumatra, hace 75.000 años originó con su inmensa emisión de gases un enfriamiento global y marcó la distribución de los grupos humanos sobrevivientes. Más próximo, en abril de 1815 estalló el indonesio Tambora y su nube de cenizas envolvió el Planeta siendo el siguiente «el año que no hubo verano», con grandes destrucciones de cosechas y una hambruna terrible que mató a 100.000 personas. Refugiados en el lago Lemán (Suiza) un grupo de intelectuales contaba historias de terror y Mary Shelley creo al Frankenstein que ya nunca nos dejó. Décadas después, en 1883, el Krakatoa (entre Java y Sumatra) explosionó. Murieron miles de personas; produjo un inmenso conjunto de olas gigantes y un estruendo audible a miles de kilómetros.

No hace falta verlos en acción. Su imagen y su sola presencia humeante ya perturban el ánimo. Hombres aguerridos de otros tiempos, guerreros y conquistadores que desafiaron los mares ignotos, se perdieron en los hielos y en las selvas, quedaron abrumados contemplando lo que todavía nos asombra. Allá lejos, en el México de hoy, entre lo poco que recuerda al gran conquistador está el Paso de Cortés, una ruta a 3.600 metros entre los volcanes activos Popocatépetl, «cerro que humea» (5.400 metros) e Iztaccíhuatl, «mujer dormida» (5.200 metros); los dos de cumbres nevadas. Consideraban los indígenas que eran sagradas, y solo ascendían para rituales, pues imaginaban dos deidades, amantes de triste historia: el guerrero Popoca, vuelto victorioso de la batalla, encuentra muerta a la princesa Iztaccíhuatl, su amada. Triste le construye una montaña para velar su cuerpo. Los dioses los convierten en volcanes eternizando su amor. Andaba Hernán Cortés camino de Tenochtitlán en noviembre de 1519. Hacía poco que el Popocatépetl había erupcionado cuando ordenó al soldado Diego de Ordás y algunos compañeros e indígenas aliados ascender montaña arriba. No llegaron a la cima porque el frío lo impidió; volvió con nieve, pero supieron que aquello era una reserva de azufre básico para la pólvora. Dos años después, Francisco Montaño lideró otro grupo en busca de azufre para la munición que escaseaba en un ascenso suicida, descolgándose de la cima al cráter, entre emanaciones tóxicas buscando el producto.

Pero ¿qué lleva a los hombres a volver una y otra vez a construir su vida en las tierras volcánicas? Además de la querencia por lo que es de uno, «los suelos volcánicos son porosos, ricos en agua y nutrientes y muy fértiles. Es frecuente que... en torno a los volcanes se creen puertos naturales y valles fáciles de defender». Tal vez vuelva a vomitar la tierra, pero mientras tanto hay que aprovechar la vida.

El archipiélago canario, de especies únicas y gran diversidad biológica es, geológicamente hablando, muy joven. Apenas hace 25 millones de años la actividad volcánica se desató y luego hizo emerger las siete (ocho con La Graciosa) Islas Afortunadas, de clima y vegetación sin igual. Las más jóvenes son La Palma (2 millones de años) y El Hierro (1,1 millones); las más activas. Hace veinte años, junto con la mole inquietante del Teide (casi 8.000 metros desde el fondo del océano a la cumbre), ya se consideraba un peligro el Cumbre Vieja de La Palma. Tal vez las islas más antiguas, las orientales, Fuerteventura y Lanzarote, sigan erosionándose y surjan otras, como ya ocurrió. Desde el siglo XV en el que Castilla las incorporó se anotaron erupciones. En el XVIII el Timanfaya se activó seis años y transformó el paisaje agrario de Lanzarote; anteriormente Garachico, en Tenerife, había quedado anegado. La Palma sufrió las suyas, antes de las contemporáneas, (s. XVI y XVII) en Tajuya, Tigalate o Fuencaliente… Los documentos evidencian el trauma y las pérdidas que ocasionaron, pero entonces estaban menos pobladas, sin el recurso económico de una agricultura de exportación y del turismo de hoy; sin la proyección mediática, se supo menos. El hecho indudable de que las Canarias son hijas de los volcanes y que ellos le dan su belleza, fortaleza y fragilidad siempre estuvo presente.

[López Yepes, J., López Hernández, A. (2020). Introducción al estudio de lectura crítica y multimedia en la narración de la ruta de Hernán Cortés hacia México-Tenochtitlan (1519). Cuadernos de Documentación Multimedia, 31, (acceso libre); Hernán Reguera, F., Anguita Virella, F. El origen de las Islas Canarias: un modelo de síntesis. Enseñanza de las ciencias de la tierra: Revista de la Asociación Española para la Enseñanza de las Ciencias de la Tierra, nº 3, 1999. Ejemplar dedicado a los volcanes]

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