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Fernando Granda

Garzón y la ternera rural

Creo necesario hacer un alegato en favor del ministro y de las vacas, porque las vacas están sufriendo un despiadado ataque del que no se pueden defender. Tanto las que disfrutan de las verdes praderas, las rurales, como las que malviven toda su existencia prisioneras, las “industriales”, a las que deberían liberar. Lo curioso es que recogen las diatribas tanto de la derecha como de algunos grupos de los considerados puros ecologistas, los que popularmente parecen de izquierdas. Reciben los ataques del amarillismo más duro que se aprovecha de ciertas lagunas de la natural transparencia para propagar bulos o, mejor dicho, medias y falsas verdades.

Se basan los ataques en unas declaraciones del ministro de Consumo, Alberto Garzón, al diario británico “The Guardian” cogidas con premeditada parcialidad y sacadas de contexto. Y a la interpretación dada por los sindicatos agrarios afines a la derecha interesados en desacreditar al ministro que habla a corazón abierto y con una libertad de la que presumen derecha y ultraderecha.

“Es inaceptable que el Gobierno diga a la prensa extranjera que ‘España exporta carne de mala calidad de animales maltratados’. Otro ataque a ganaderos y agricultores y a la imagen de nuestro país… Exigimos responsabilidades y una rectificación inmediata”, así de contundente habló el jefe de la oposición, Pablo Casado, ocho días después de que se publicase una entrevista en el rotativo británico.

Personalmente propongo unos términos que distingan las “variedades” de carne de vaca, cerdo o pollo para no mezclar “churras con merinas”. Y que las autoridades sanitarias y de consumo hablen de medidas que no contemporicen con industrias que conlleven peligros para la salud. Si la presión de las manifestaciones en diversos países está consiguiendo que los huevos que consumamos los pongan gallinas no enjauladas, las asociaciones de consumidores han de lograr que los cerdos y las vacas no sean maltratados, que la calidad de su carne no sea afectada por lo pernicioso de unas explotaciones intensivas que no permitan a los animales andar, moverse, ver el sol y el aire libre. Que realmente rechacen la utilización preventiva de antibióticos para evitar infecciones, lo que hace que las bacterias se hagan más fuertes y resistentes.

“Natural”, “De campo”, “Libre”, “Rural” y cualquier otra palabra que explique su origen y sistema de cría parece imprescindible en los envases de los productos agrícolas y ganaderos, con el mismo tipo de letra que el nombre de la materia que se expende. Al menos en los productos que no son elaborados o producidos de manera primitiva y espontánea. Igual que en los envases de huevos se dice o no si son “de corral”, los pescados “salvajes”, el jamón “de bellota, de cebo…”, las carnes de ganado bovino y porcino han de señalar su procedencia y cría. Para que el consumidor vea a primera vista si la ternera asturiana, la gallega, la cántabra, la ternera de Ávila, la natural, la rural, la de campo no necesite un adjetivo, que su solo nombre nos hable ya de su calidad, de su sabor, de su salubridad, que ha crecido en el campo, ha comido hierba, fruta, bellotas, alimentos naturales mayoritariamente, sin aditivos para su engorde, para contrarrestar la falta de calidad para una correcta nutrición.

La política española está tan envenenada, con tan enconadas controversias y radicalizaciones, que a unas explicaciones simples y bien construidas les ha atacado un bulo interesado que denigra a sus mentores por sectarios. Y resalto que han denostado al ministro Garzón miembros de su partido, IU, representantes destacados del partido que forma la coalición de Gobierno, PSOE, sindicatos minoritarios y las formaciones de oposición de derecha. Algunos sin haber leído la entrevista, conocían las declaraciones “de oídas”. Porque los recortes dados a conocer sacaron de contexto, a propósito, la larga entrevista publicada en plenas Navidades. Y los detractores no se dieron cuenta hasta pasar las vacaciones navideñas, una semana después. El titular de Consumo, economista de profesión, señaló exactamente que “hay que diferenciar entre la ganadería industrial y la ganadería extensiva. Ésta [la extensiva] es una ganadería ecológicamente sostenible y que tiene mucho peso en determinadas regiones de España como puede ser Asturias, parte de Castilla y León, incluso de Andalucía o Extremadura. Esta es sostenible, la que no es en ningún momento sostenible es la que llaman las de las macrogranjas” (sic). (Hemos de tener en cuenta que estos establos industriales almacenan los purines en balsas exteriores; la descomposición de esos purines no solo produce un olor apestoso y atrae millones de moscas a la zona, también emite contaminantes como metano, amoniaco y otros gases de efecto invernadero como óxido nitroso en grandes cantidades. Además España incumplió diez años los límites de emisiones de amoniaco comprometidos con la Unión Europea). El ministro recordó que dijo “lo que decían los científicos desde hace mucho tiempo”.

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