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Francisco García

La burbuja de Yernes

En Yernes y Tameza no entra el virus de marras ni la madre que la parió, fuera un pangolín colgado del pescuezo en un mercado chino o el despiste de un científico de Wuhan que se llevó el bicho a casa pegado a la suela del zapato. No saben desde marzo del pasado año en el concejo más pequeño de Asturias, de solo 128 habitantes, lo que es un test de antígenos o una PCR. Es como si Yernes tuviera una orden de alejamiento del resto del mundo, vacunado contra los males de la globalidad, envuelto en la burbuja permanente de la autarquía. Con un solo bar en todo el municipio, contagiarse en la localidad es más difícil que arañar un premio de la Primitiva.

El aire puro hace a la gente más dichosa y más sana. Solo hay que ver los rostros sonrientes de los vecinos que aparecen en el reportaje del periódico del lunes. Si posas la vista en otras páginas del diario del mismo día, solo descubres gestos urbanitas circunspectos y cariacontecidos, como de estreñimiento. Confirma la tesis de la Arcadia feliz asturiana otra doble página en la que aparecen los seis ganaderos asturianos cuyas explotaciones se encuentran entre las diez mejores del país, todos más contentos que unas castañuelas, dueños de frisonas de campeonato, vacas que son la leche.

 Hablar de Yernes y Tameza, paraíso perdido de Milton en la Asturias que se vacía, obliga a hacer memoria de su viejo alcalde Valeriano Lorenzo, veterano comunista y sindicalista agrario que murió con las botas puestas, habiendo llevado el bastón de mando municipal desde las primeras elecciones democráticas. En cierta ocasión llamaron a Valeriano desde un departamento del Principado para ofrecerle un ordenador de uso municipal. Y el paisano respondió que para qué quería un ordenador, si tenía el Ayuntamiento bien ordenado. Pues eso, que no hay sitio para una pandemia en una localidad endémica.

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