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Urbano Rubio Arconada

Competitividad

Urbano Rubio Arconada

Soberanía alimentaria

El hundimiento del sector agrario

Hace 40 años el sector primario representaba del entorno del 20% del PIB de España y disponía del primer puerto pesquero del mundo, mientras, el peso es hoy de un escaso 3,2% y una triste cosecha laboral de un millón menos de empleo. El estado del campo es muy preocupante, tanto por ser la clave del descenso demográfico, como por el imparable declive económico que empuja al hundimiento del sector.

Los alimentos son parte de la cultura, y por supuesto debe haber conciencia de la importancia que supone el tener derecho a decidir qué propio sistema alimentario y productivo se quiere. Nos roban nuestra cultura nutritiva, nos cambian el patrimonio alimentario y el modelo productivo autóctono. Es vital la consolidación de la soberanía alimentaria tomando políticas en defensa de los intereses de los productores agrícolas locales, así como de la autogestión de una alimentación suficiente, segura y saludable. Por el contrario, Europa está renunciando a la soberanía alimentaria a base de imponer híper burocracia y restricciones con los consiguientes descensos de rentabilidad. Desde Bruselas se ha determinado eliminar los plaguicidas y restringido el uso de fertilizantes cuyo precio se ha multiplicado por tres, lo que obliga a que parte de Europa, y en primer lugar a España, a abandonar los cultivos y a la desertización de los campos: la España vaciada: la España “vacilada”. Se trata de una tapadera para reducir la producción agraria europea y sustituirla por otra foránea a la que se le minimizan estas restricciones. Una discriminación a los productos españoles mediante acuerdos con países terceros que fomentan la competencia desleal. Una estrategia para aumentar la industria agroalimentaria: traer productos agrícolas foráneos a cambio de coches y otros productos industriales y tecnológicos.

En Europa el sistema alimentario se está reduciendo a pasos agigantados a un modelo de agricultura industrializada controlada por unas pocas empresas transnacionales de alimentación. El negocio está en comprar fuera y vender dentro. Aunque de este festín globalista solamente sacan tajada Alemania y los países del norte. El puerto de Rótterdam (en Holanda meridional) es un caladero de toneladas de producto agrícolas que se comercializa la UE, pero que se compran en países pobres (sin aranceles, sin límites de cupos y con salarios de semiesclavitud) situados a veinte mil kilómetros de distancia y a precios irrisorios. Reetiquetan los productos y los exportan vendiéndolos a todos los países europeos con un beneficio jugosísimo. Así es que Holanda, que dobla a España en renta percápita, con unas decenas de miles de hectáreas cultivadas, ocupa el segundo puesto de mayor exportador del mundo de productos alimentarios. Así es que la venta de tomate marroquí en Europa aumenta al 30% mientras el español disminuye el 60%.

Que España es autosuficiente alimentariamente está fuera de toda duda; es más, los especialistas afirman que podríamos ser la despensa alimentaria de Europa. Pero para ello nuestra agricultura tendría que introducir más procedimientos técnicos en las ramas de producción y agua en cantidad, y sobre todo voluntad. A pesar de las malas políticas de suministro de agua y de regadío, España exporta 14 millones de toneladas (67% en secano y 33% en regadío), unos 9.000 millones de euros (lo que representa un 8% del PIB), según los datos de la Federación Española de Productos y Exportación de Frutas y Hortalizas.

El principio de prioridad del producto local no es respetado por la Unión Europea, por lo que los agricultores españoles han pasado del sueño europeo a la pesadilla europea. La competencia desleal de las importaciones de la UE de países de Asia, África y Sur de América lastra aún más la economía del campo español, cuya situación cobra cada vez mayor dramatismo. Las crisis alimentarias de escasez aparecen cuando se abandona la producción local, pues se pierde el control del abastecimiento ante una potencial crisis alimentaria, en el que los poderosos siempre ganan. El problema no son las “granjas en extensivo”, que sirven el producto a precios asequibles, el verdadero problema está en la importación agroalimentaria en intensivo, lo que condena a los países productores, como España, a una extrema vulnerabilidad alimentaria, social y económica. Y ojo que las sociedades que no dominan la alimentación acaban siendo dominas por otras sociedades.

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