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La reordenación de los terrenos del Cristo y Llamaquique

La justicia pierde el tiempo en Oviedo

Auxiliares que recorren dos kilómetros al día con papeles, clientes que se confunden de Juzgado y aplazamientos frecuentes: así se vive la dispersión de sedes judiciales en la ciudad

Carmen Blanco, auxiliar en el contencioso número 6 de Oviedo, se dispone a salir de su Juzgado, ubicado en el 1.º B de un bloque de pisos en la calle Pedro Masaveu, para llevar documentación al Palacio de Justicia de Llamaquique.

Carmen Blanco, auxiliar en el contencioso número 6 de Oviedo, se dispone a salir de su Juzgado, ubicado en el 1.º B de un bloque de pisos en la calle Pedro Masaveu, para llevar documentación al Palacio de Justicia de Llamaquique. LUISMA MURIAS

Un "estresazo", un rollo, una pérdida de tiempo. Un peregrinaje por las sedes judiciales de la ciudad que no se ubican ni en los edificios históricos de Porlier ni en el Palacio de Justicia de Concepción Arenal despeja todas las dudas sobre lo que supone y cómo sienten los trabajadores de la administración de justicia por la dispersión de los tribunales. Después de una semana en que la reactivación del plan especial del Cristo ha despertado la posibilidad de trasladar estos equipamientos a los edificios que ahora ocupa la Universidad en Llamaquique, en los Juzgados de Oviedo cuenta más la resignación y un pesimismo arrastrado por más de una década de promesas fallidas.

Entrar en Juzgados como el 10 y 11 de primera instancia, en el Rosal, es llorar. Allí, como en el resto de sedes dispersas, los auxiliares de justicia tienen que realizar al día, al menos, un viaje de ida y otro de vuelta a Concepción Arenal. "Son dos kilómetros, dos kilómetros", se indigna una funcionaria. El auxiliar, Pablo Alcaide, se encoge de hombros resignado. "No lo medí, pero sé que tardo quince minutos en ir y otros quince en volver".

Lo malo no es solo el paseo y el tiempo perdido que podría estar solucionando otras cosas. Sucede, también, que la única sala para hacer vídeoconferencias está en Concepción Arenal, y cuando por colaboración judicial un testigo tiene que declarar desde Oviedo, se asigna al Juzgado que sea. Si cae en el Rosal, el auxiliar correspondiente tiene que acompañar al perito o a quien sea hasta esa sala. Entre ellos se arreglan como pueden, aunque "no tengan por qué hacerlo", insiste su compañera. Ella, que prefiere no dar el nombre, añade que la prometida "oficina judicial", centralizando labores, es pura filfa si no se agrupan las sedes.

Los Juzgados exigen más medios: “Con ordenadores de 2009 no se puede”

En el piso de arriba, las críticas son similares. Pero no sólo a la dispersión judicial. La trituradora de papel acaba de reventar, no cabe un archivador más en las estanterías y desde un despacho alguien clama que “con ordenadores de 2009 no se puede, es que no funcionan los programas que quieren que instalemos”.

Los Juzgados del Rosal son una de las sedes que para los usuarios ocasionales de la administración de justicia pueden llamar a engaño. Mónica Junquera vive en la Tenderina, es abogada y confiesa que el día a día es “un estresazo”. “Andas en taxi todo el día, para otorgar un poder no lo haces en cualquier Juzgado y como te toque en el Rosal, siempre se te pierde algún cliente”.

Esta mañana (la de ayer) esta abogada estaba citada a las diez en el Juzgado de menores y en una sala de los Juzgados de Concepción Arenal. “Tuve que aplazarlo a las once, no queda otra; si estuviera en la misma sede, hubiera podido ir de un sitio a otro en diez minutos”.

No todos interiorizan de la misma forma el problema de la dispersión de sedes judiciales. Ramón García Luna es otro abogado ovetense. Con despacho en Fruela, sufre la ley de Murphy y no le suelen caer vistas en el que tiene al lado de casa, en el Rosal. Pero insiste en que le da igual. “Es lo que hay. Yo voy en moto y me arreglo. También tengo que ir a León o a Madrid. Es mi trabajo. La reagrupación de sedes no es mi guerra, y yo sólo peleo las guerras que puedo ganar, que son las guerras de mis clientes”, remata antes de calzarse el casco y desaparecer. Más allá de la pragmática, una tramitadora procesal entra en la conversación a la puerta del Juzgado de menores, frente al instituto de la Ería, y dice que no, que ella trabajó en Concepción Arenal y que aquello es un laberinto en el que “una se pierde”. “Aquí estoy encantada; salvo por las apelaciones, no hay ningún inconveniente”.

El ir de un lado a otro con papeles afecta más a abogados, procuradores y auxiliares de justicia. En una de las sedes más “singulares”, la del contencioso nº6, en el 1ºB de un portal de la calle Pedro Masaveu, Carmen Blanco sale con sus papeles camino de Concepción Arenal. Todos los días tiene que hacer, al menos, un viaje de ida y vuelta. Cuando no dos. No lo tiene tan lejos como otros (el colmo es el Juzgado de vigilancia penitenciaria en La Corredoria) pero admite que es un fastidio.

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