Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Las siete vidas de un bar con madera

El aguaducho, agonizante durante los últimos tiempos, vivió su esplendor de la mano de José Ramón Menéndez, su histórico dueño

José Ramón Menéndez, en el aguaducho, en una fotografía fechada el 27 de marzo de 1965. | LNE

José Ramón Menéndez, en el aguaducho, en una fotografía fechada el 27 de marzo de 1965. | LNE

El aguaducho del Campo llevaba agonizando desde que su histórico propietario se alejó de su barra, y terminó de morir con la pandemia. Ahora, el Ayuntamiento busca darle una segunda vida con un equipamiento más moderno y ambicioso. El puesto de bebidas del estanque de los cisnes –hoy de los patos– nació en el verano de 1958. Era entonces alcalde Valentín Masip y, junto con su concejal de Parques, Luis Riera, convocó a una reunión a los hosteleros más reconocidos de la ciudad para encontrar una fórmula en la que llevar la hostelería al Campo San Francisco. De aquel encuentro, cuenta Adolfo Casaprima en “El Campo de los Hombres Buenos”, surgen dos aguaduchos y la Chucha. Todo sale, al parecer, de la cabeza del hombre que regentó el actual aguaducho durante medio siglo, José Ramón Menéndez Díaz.

Los tres humildes establecimientos de madera, al estilo de los que se popularizaron en los parques madrileños durante las épocas estivales, se inauguraron en el Campo San Francisco en el agosto de ese mismo año. Los dos aguaduchos fueron el que sobrevivió hasta nuestros días y otro que estaba instalado en la parte baja del parque, tras el monumento a José Tartiere.

Cada uno de ellos contaba con un cuerpo de cuatro camareros perfectamente uniformados bajo las órdenes del hostelero ovetense. Situados en las zonas más soleadas de un Campo San Francisco mucho más frondoso que hoy en día, tuvieron un éxito arrollador. Las fotos de la época muestran mesas metálicas con manteles de cuadros, resguardadas por parasoles de tela, entre las que se instalaban las barquilleras.

El desaparecido aguaducho cercano al paseo de los Álamos es el que impulsó la creación de una plazuela hoy casi en desuso tras la estatua del industrial vasco. En 1961 fue el mismo José Ramón Menéndez quien pidió al Ayuntamiento autorización para asfaltar e iluminar la zona dando lugar a la pequeña plaza.

En 1975, visto el éxito del bar del estanque de los cisnes y la decadencia del de la parte baja del Campo, el Consistorio planeó retirar los viejos aguaduchos y reunificarlos en un único equipamiento más ambicioso que contase con unos aseos. Casaprima en su libro recoge esta historia y achaca el abandono del proyecto a la muerte de Francisco Franco y la inestabilidad política que se vivía en aquel momento. Así, los baños del aguaducho proyectados en el 75 llegarían al Campo casi medio siglo después con el nuevo local que se pretende inaugurar en el mes de julio.

Pero cada tres décadas se destruye el aguaducho. Hace exactamente 30 años, y 33 después de su inauguración, una madrugada de San Mateo, un incendio devoró casi todo el local original, construido en buena parte de madera. Era 1991 y el incendio, aparentemente, fue provocado en las sillas de la terraza del bar. El Consistorio no tardó mucho en reconstruir el histórico bar, que siguió bajo las órdenes de su propietario de siempre. Pero, el “nuevo”, el que ayer convirtió en poco más que un puñado de astillas un trabajador municipal armado con una pala excavadora, no conservó la envergadura original del local.

En la década pasada, el aguaducho del estanque comenzó su decadencia. En 2011, repleto de grafitis, tuvo que cerrar a causa de las goteras y el mal estado general de la instalación. La Corporación volvió a ponerlo a punto, pero nunca recuperó el esplendor de las temporadas estivales del siglo XX. Poco a poco, el aguaducho, que cerraba cada invierno, fue haciendo más habituales sus idas y venidas, con horarios anárquicos y un funcionamiento muy alejado de aquella idea original de camareros de impoluto uniforme blanco abotonado hasta la garganta. Con la llegada de la pandemia, el aguaducho no volvió a abrir su barra. Durante los meses de inactividad su mal estado se fue agravando, agujeros en la madera, desperfectos y un aspecto triste. Todo terminó ayer. Ahora, una empresa ya está pidiendo los materiales para construir un nuevo local que recupere el espíritu de la hostelería original del Campo San Francisco y el Ayuntamiento pronto se pondrá a buscar empresarios que lo gestionen. Será difícil que lo regenten de manera ininterrumpida durante medio siglo, pero intentarán que lo hagan, por lo menos, durante otros cinco años.

Compartir el artículo

stats