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El sonido de la historia: así es la "Wamba", la emblemática campana de la Catedral de Oviedo

La pieza, la que más tiempo lleva en uso en todo el mundo, protagonizará el concierto de Llorenç Barber

Llorenç Barber, bajo la “Wamba”, durante su visita del viernes a la torre de la Catedral.

Llorenç Barber, bajo la “Wamba”, durante su visita del viernes a la torre de la Catedral.

Cuando el campanero Llorenç Barber llegó a Oviedo, el pasado viernes, solo tenía una petición: ver la “Wamba”. “Es la solista de la ciudad, la historia de España está dentro de esta campana”, afirmaba el músico, que este viernes dirigirá, alrededor de las nueve de la noche, un espectacular concierto en el que estarán implicados siete campanarios de la ciudad, en lo que será el inicio de la Semana Profesional del Arte de Oviedo, con la que colabora este periódico. Según reveló Barber a LA NUEVA ESPAÑA, la “Wamba” será su musa, su solista, en ese concierto. No podía ser de otra manera, tratándose de la campana que más tiempo lleva en uso en todo el mundo: nada menos que 802 años poniendo la banda sonora de la ciudad.

La “Wamba” fue fabricada por encargo de un canónigo de la Catedral a principios del siglo XIII. Lo deja clara una de las inscripciones en latín que conserva la pieza, y cuya traducción es como sigue: “En el nombre del Señor, amén. Yo, Pedro Pelayo Cabeza, canónigo, hice fundir esta obra en honor del Santísimo Salvador, en la era 1257”. Ese año se refiere al de la llamada “Era hispánica”, que comienza a contar desde el año 38 después de Cristo, por lo que equivale al año 1219 del calendario gregoriano, el que se usa en la actualidad. La inscripción de la “Wamba” se completa con la siguiente frase: “Para dar honra a Cristo y libertad a la Patria, Cristo llama, Cristo vence, Cristo impera, Cristo reina”.

En origen, la campana estaba instalada en la torre románica de la Catedral. Fundida en bronce, con un diámetro de 130 centímetros, una altura de 105, un borde de 13 centímetros y un peso de 833 kilos, la monumental campana debía llamar la atención en aquella urbe medieval, libre de todos los estridentes ruidos que nacieron con la industrialización. Su propio nombre es objeto de debate: la tradición lo atribuye a un homenaje al rey godo Wamba, pero también hay quien teoriza que en realidad se trata de la adaptación de una onomatopeya: “Bam, bam”.

Si terrible era su sonido, no lo era menos su apariencia, con esas bestias monstruosas labradas en sus asas. Pero eran pocos los que, históricamente, han podido ver de cerca esta venerable vecina de Oviedo. Principalmente, ese honor se reservaba a canónigos y campaneros, aunque esta última ocupación desapareció, en la Catedral de Oviedo, hace aproximadamente un siglo. El último campanero del que se tiene noticia es Pachu Cartón, que residía en el patio del Tránsito de Santa Bárbara. Un lugar que aún hoy se conoce como “el jardín de Pachu”, en lo que supone el testimonio de la gran popularidad que alcanzó el último de los campaneros de Oviedo.

La ocupación de los campaneros, en todo caso, no se limitaba a la “Wamba”. Con la construcción de la torre gótica, el cuerpo de campanas se amplió de forma notable. La más antigua compañera de la “Wamba” que ha llegado hasta nuestros días es la monumental “Santa Cruz”, fundida en 1539 y que alcanza los 1.384 kilos. Siglo y medio después, en 1678, llegaría el “Esquilón”, con sus 481 kilos de peso. El actual cuerpo de campanas se completó en 1818, cuando se fundió la “Santa Bárbara”, la más pequeña de las cuatro, con sus 116 kilos.

Durante sus ocho siglos de existencia, la “Wamba” ha sobrevivido a invasiones, revoluciones, guerras y a las propias fuerzas de la naturaleza. La campana estaba allí, testigo resonante de la historia, cuando la ciudad ardió hasta los cimientos en la Navidad de 1521. También resistió la furia del rayo que, el 13 de diciembre de 1575, desmochó la torre de la Catedral, y otro que cayó el 13 de diciembre de 1723. Tampoco se inmutó el 1 de noviembre de 1755, cuando el Principado tembló de cabo a rabo debido a una réplica del terrible terremoto de Lisboa.

Desde su atalaya, vio a los asturianos adherirse a la rebelión contra la invasión francesa de 1808, y también la Revolución de Octubre de 1934 y la Guerra Civil. La campana resistió a todo lo que le echaron encima, aunque le queda una cicatriz, una raja, cuyo origen se desconoce.

Automatizada desde hace años, su badajo no es el original, sino uno demasiado corto, que los expertos desaconsejan usar. En su lugar, se usan los mazos accionados por un mecanismo eléctrico.

En 2019, el Ministerio de Cultura puso como ejemplo la campana ovetense al declarar el toque manual de campana como Patrimonio Cultural Inmaterial. Para entonces, la “Wamba” era ya la campana que más tiempo llevaba en activo a nivel global, después de que en 2012 se jubilasen dos campanas que desde el siglo XI repicaban en el condado norirlandés de Armagh. Pese a todo, la emblemática campana se quedó fuera del listado de bienes muebles de la Catedral que el Principado quiere declarar Bien de Interés Cultural (BIC). Aunque a la “Wamba”, la campana que resistió a todas las tormentas, no parece importarle mucho. Más que un bien histórico, en su sonido viaja la historia misma.

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