Recuperar el paso de cebra frente al Campo de San Francisco, objetivo final de la reforma del Pasaje
Canteli y Nacho Cuesta saludan el inicio de los trabajos en el pasadizo a la calle Pelayo como un impulso a la recuperación de la zona de Uría

El operario Javier Luna, pintando los muros. / LUISMA MURIAS
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que el Pasaje de Uría concentraba en pocos metros cuadrados el café de referencia de la ciudad (Peñalba), uno de sus mejores sastres (Carbajal), las consultas de los facultativos más reputados (los Olay, los Ocaña, los Álvarez Buylla), encaje fino (Cadrecha) o la armería de cabecera de aquellos ciudadanos del centro-centro (Collín caza y pesca). En el pasadizo que une Uría con Pelayo apenas queda hoy de aquellos años el olor que todavía se cuela a través de una ventana desde el obrador de Peñalba. Han sobrevivido los bombones. Entre tanto local cerrado y monocultivo de residencias de ancianos, un operario, Javier Luna, iniciaba ayer, con una mano de pintura, los trabajos de reforma de este tramo de la ciudad. El Alcalde, Alfredo Canteli, y el concejal de Infraestructuras, Nacho Cuesta, pasaron ayer por allí para comprobar cómo será la nueva cara del Pasaje y para tantear sobre el terreno la recuperación del paso de cebra que lo conectaba directamente, hace treinta años, con el Campo de San Francisco. Los dos políticos destacaron, además, que esta reforma se inserta en el impulso a la recuperación de la zona de Uría, con los trabajos en Gil de Jaz o futura reforma del pasaje de Covadonga.

Una fotografía de principios del siglo XX en la que se aprecia el aspecto original del “Pasaje de Don Santos”. / Ch. NEIRA
Todavía no se aprecia mucho más, pero como señalaba la técnico del área, Paz Carrasco, la gran actuación, amén de tiras de led en el techo y remate en los bordillos de salida, consistirá en una rampa para aliviar parte del tramo de escaleras, que además tendrá un giro y una pequeña área de descanso.
Justo ahí al lado, ya de la parte de la calle Pelayo, Alfredo Canteli recordaba ayer que él se alojó en su primera etapa en Oviedo, en la pensión de Doña Concha, en el mismo portal que conectaba con los bajos del afamado restaurante Pelayo. Toda una sucesión de negocios míticos que llegaron a tener sus coplas. Ernesto Collín, que se incorporó a la armería de su padre con 14 años (1954) y bajó la verja en 2009, todavía se acuerda de aquella que decía “tres cosas hay en Asturias que son de fama mundial, la Farola gijonesa, la ovetense Catedral y las famosas tijeras de Evaristo Carbajal”.

Canteli y Nacho Cuesta recorren el Pasaje acompañados por Paz Carrasco. / Luisma Murias
Él se acuerda perfectamente de lo mal que estaban aquellas cristaleras que caían habitualmente, y también, hace menos tiempo, de cuando les retiraron el paso de cebra y lo llevaron a la calle Milicias. Ese paso que ahora el Ayuntamiento estudia cómo recuperar.
Mucho antes del declive de este paso y de los primeros tiempos de Collín en la armería de su padre, al Pasaje de Plácido Álvarez Buylla (esa es su denominación actual) le dio forma con molduras nobles Santos Rodríguez Valdés “el americano”, tras construir el grupo de casas entre Uría y Pelayo, cuenta Tolivar Faes. Aquel “Pasaje de Don Santos”, que acogió en su esquina el primer Café del Pasaje, donde llegó el cinematógrafo por primera vez a la ciudad, acabó cegándose y solo después de la Guerra volvió a abrirse y la vida regresó a sus portales y se multiplicaron esos negocios, hoy todos desaparecidos. A la espera de mejores tiempos.
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