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Alma de Oviedo

Voces que jamás creeríais

El geólogo José Galán vivió, viajó y amó con la música con la misma pasión que ahora vuelca en el Campo

José Galán. IRMA COLLIN

El 17 de septiembre de 1967, Mario del Monaco se encerró con su esposa en el camerino del teatro Campoamor toda la mañana y después de rumiar qué hacer ante la noticia del fallecimiento de su padre abrió la puerta y anunció que se quedaba y que cantaría “Otello”. El tenor italiano viajaba con dos vestuarios para interpertar ese papel y aquella anoche se puso el traje bueno, el de La Scala. De aquel Otello con una capa de dos o tres metros y una voz tan emocionada que traspasó a todo el auditorio no se olvidó fácilmente uno de los chavales que hacía de comparsa en el escenario, José Galán Arias. Tenía 17 años, ya había debutado como espectador en la ópera siete años atrás, con Kraus cantando “Don Pasquale”, y en aquel escenario vio y escuchó cosas de una belleza que nadie creería posible pero que queda muy patente cuando las relata y vuelve a emocionarse, con una intensidad parecida a la que experimentó Jaime Aragall al final de “La Bohème”, gritando “¡Mimí!” con lágrimas en los ojos en una representación en la que tuvo que salir a empujones para combatir el miedo escénico.

A la ópera José Galán llegó de la mano de su padre, José Manuel Galán Gómez, dentista con casa y consulta entre Melquiades Álvarez y Doctor Casal, encima del Copín, hijo del arquitecto Julio Galán Carvajal. Su madre, Elvira Arias García-Braga, era nieta de aquel alcalde de Oviedo que llevó las vallas de la plaza de Riego al Bombé y quiso poner verja al Campo. Quizá por esa rama materna o por la infancia jugando allí a la peonza, al pincho, a cabezas, le venga a este geólogo inquieto y cavilador su pasión por este parque que a veces es rabia. Porque José Galán oculta bien debajo de un Panamá de tempo indiano cierta agitación vital, en especial con las cosas del Campo que él y su grupo, “Los Franciscanos”, quieren que estén en su sitio: el arco de San Isidoro sin negruras ni vegetaciones o el Pavo Real fuera de la Herradura.

En aquella casa de Melquiades Álvarez donde se crió junto a su hermana Elvira y una segunda madre, la tata, Anunciación Álvarez, toda la vida con la familia, conoció Oviedo por dentro y por fuera. A casa venían las visitas, los clientes y una vecina, Pepa, de los de Casa Campomanes, que era maestra del Fontán ya jubilada y le enseñó a escribir antes de tiempo y a aprovechar el papel al máximo. De las aulas de La Milagrosa y Los Dominicos pasó a una facultad de Geológicas donde anticipó sus años en Hunosa cuando, ante las trabas oficiales para instalarse en el nuevo edificio, los profesores animaron a los alumnos a “dar la tira”, como en la mina, y con aquella improvisada cadena humana a través del campus de Llamaquique okuparon con mobiliario y libros el aulario diseñado por Castelao.

Antes de irse a Madrid (Adaro de investigaciones mineras) y volver (Carbayín, La mosquitera, Pumarabule, Pozo Candín), José Galán alargó la vida de estudiante gracias al Coro Universitario que dirigía Luis Gutiérrez Arias, en el que se encontró con una chica rubia de coleta larga que había entrevisto por el Campo con sus hermanas. Cuenta cincuenta años desde el inicio de aquella relación con Covadonga Bertrand, que le llevó por la política consorte en los años de Masip, la Fundación Municipal de Cultura y los chiringuitos, no sin que saliera a relucir –anónimos, amenazas, llamadas, insultos– “la cara fea de Oviedo”. La guapa les acompañó en aquel coro muchos años más que los de la universidad. Estaban todos. José Galán saca una lista imposible de reproducir aquí. Empieza con Sagi y Lola Casariego y acaba con Nacho Martínez, Amelia Valcárcel y Lisardo Lombardía. Esa tropa cantó por toda Europa, hizo gira de un mes en Estados Unidos en 1981 y logró un titular del New York Times: “Coro absolutamente de primera fila”. Para enmarcar.

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