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Antonio Masip

Con vistas al Naranco

Antonio Masip

El exilio y Puigdemont

La comparación del vicepresidente Iglesias entre el expresidente catalán y los represaliados

He dejado pasar varios días desde la controvertida polémica iniciada por la provocadora equiparación de un destacado miembro del Gobierno entre un tal Puigdemont y el exilio republicano. No entré al primer trapo ni cuando se hizo referencia impropia a “presos políticos” pues soy el primero en estar incómodo con casos concretos que algo conozco, pero esa, ¿última?, equiparación escandalosa del exilio excita la obligación moral que me sigue uniendo al espíritu inolvidable de personas entrañables a las que representé con poderes otorgados a mi favor ante determinadas instancias del Poder y que hoy no pueden hablar porque están bajo tierra. Esos amigos y patrocinados que me recibieron en sus casas trasterradas de México (D.F., San Miguel…), Francia (Hendaye, Bordeaux, París, Toulouse, Lille, Millau…), Suiza (Geneve, Bern…) y Londres fueron de todo el espectro, desde el republicanismo histórico, el socialismo democrático, el socialismo radical, el anarquismo, el anarcosindicalismo, el comunismo, en sus facetas eurocomunista, sovietista, guevarista o maoísta. No puedo olvidar a ninguno, como heroicamente siguen recordando los familiares de los enterrados en la Fosa Común. El hispanista Ronald Fraser que se fue sin corregir su prólogo a un libro mío sobre la Guerra Civil, interpelaba en “Recuérdalo, recuérdalo a otros (Blood in Spain)” el necesario incremento de ese aludido espectro con la extrema derecha, la derecha y “la tercera España”. El lacerante exilio, denigrado de forma flagrante y cobarde por un Vicepresidente, me emplaza dentro de mí a no callar por mero pragmatismo, tacticismo, político, o por mi cercanía militante a la mayoría del actual gobierno, pues las alarmas me duelen demasiado el alma. Dejo aparte casos, a un lado, de mi propia familia y, al otro, el cinismo de quienes nunca se solidarizaron con los sufridores de persecuciones aún más implacables, pues por mi edad solo conecté con el exilio ya entrado el tardofranquismo, pero no puedo menos que escribir que ya está bien que un aliado político cualificado haya cometido semejante ofensa sin arrepentirse ni rectificar de plano. Puede haber habido razones estratégicas de aproximación para evitar ulteriores fracturas secesionistas pero recomendaría la película “El instante más oscuro”, cuando Churchill grita sin ambages que no se negocia con un tigre mientras te muerde la cabeza. Por cierto, ese tal Puigdemont no es comparable con otros cuatro presidentes de la Generalidad de los que tengo mejor noticia, olvidando a Pujol y Mas, afamados por el siniestro tres per cent. Nada que ver con un Lluís Companys, de política muy discutible, incluso nefasta para los Caminos de la libertad, valga sin relación con la trilogía sartriana de ese mismo título, que, en su momento, le costó le asesinaran, al no haber querido dejar en un siquiátrico francés a su hijo minusválido; Tarradellas, un ejemplo de dignidad y consecuencia políticas; Montilla, del que también guardo grato recuerdo personal; o Pascual Maragall, mi buen amigo desde los sesenta, que hoy no está en condiciones de lamentar el exabrupto conferido como lo hago yo desde esta modesta columna provinciana.

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