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Felipe Fernández García

Felipe Fernández García

Catedrático de Geografía de la Universidad de Oviedo

La destrucción y expansión de Oviedo, en fotos

Otra perspectiva de la muestra de la colección del Museo del Pueblo de Asturias, que finaliza este domingo

La exposición “La ciudad despierta. Oviedo en la colección fotográfica del Museo del Pueblo de Asturias, 1858-1978”, que cierra sus puertas el próximo domingo, ha servido, entre otras cosas, para mostrar una vez más la labor que realiza el Museo del Pueblo de Asturias en la recuperación y custodia de elementos del patrimonio cultural asturiano, en este caso la fotografía, y también para reivindicar el papel jugado por Francisco Quirós Linares en la utilización de la fotografía histórica como documento para la investigación geográfica.

La fotografía, además de la carga emotiva, o simplemente la curiosidad, que provoca en quien la contempla, constituye un documento de primer orden para lectura de los paisajes y de los procesos que los generaron. Sin embargo, esta tarea, en la que el profesor Quirós era un maestro, requiere disponer de ciertas habilidades, entre las que se encuentra el conocimiento de los procesos sociales y económicos que están detrás de lo que la foto nos muestra, en definitiva, la capacidad para situar el comentario de lo que una foto refleja en un contexto de carácter general.

Entre los centenares de fotografías que se muestran en la exposición hay tres grupos de imágenes aéreas oblicuas que se corresponden con tres momentos claves de la historia de la ciudad de Oviedo: seis fotografías son fruto de las operaciones de reconocimiento aéreo llevadas a cabo durante la Revolución de octubre de 1934, y nos permiten reconocer las trazas de la ciudad histórica y de los elementos incorporados a la misma en el periodo de la ciudad burguesa decimonónica; cinco reflejan la irrupción de nuevos elementos urbanos en la ciudad funcional del Desarrollismo, y, finalmente, cuatro muestran los primeros testimonios de la ciudad de la democracia.

El profesor Quirós tenía un interés particular por la fotografía aérea, y abrió en la Universidad de Oviedo una línea de trabajo que dio lugar a varios proyectos de investigación y a numerosas publicaciones, entre ellas el Atlas Aéreo de Asturias, publicado por la editora de este periódico, en el que tuve el privilegio de compartir autoría con Quirós.

Fruto de la labor desarrollada a lo largo de tres décadas, Asturias en general, y Oviedo en particular, disponen de un fondo de varios miles de fotografías aéreas, que cubren desde los años veinte del siglo pasado hasta la actualidad, y que nos permiten hacer un seguimiento detallado de la transformación de los paisajes de la región.

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Las imágenes históricas de Oviedo desde el aire Museo del Pueblo de Asturias

Oviedo es una de las pocas ciudades de España que dispone de fotografías aéreas verticales anteriores a la Guerra Civil. Se trata en concreto de un vuelo de reconocimiento, de excelente calidad, realizado el día 8 de octubre de 1934 por los aviones militares procedentes de la Base Aérea de León. A partir de ese momento, la ciudad fue fotografiada desde el aire en numerosas ocasiones y por diferentes motivos.

Después de la Guerra Civil, de la que lamentablemente se conservan muy pocos testimonios fotográficos desde el aire, se realizaron en 1941 vuelos de reconocimiento militar que nos dejan unas espléndidas imágenes oblicuas de la capital, que se completarían pocos años después, entre 1945 y 1946, con imágenes verticales correspondientes al primer vuelo fotogramétrico que cubrió toda la Península, realizado por el Ejército de los Estados Unidos. Vuelo que se repetiría entre 1956 y 1957, ya en el marco de la colaboración entre el gobierno español y el norteamericano, y explícitamente en el contexto de las exigencias de la situación generada por la Guerra Fría.

Con el inicio del Desarrollismo, la fotografía aérea se consolidó como herramienta de uso inexcusable para disponer de cartografía actualizada y para realizar el seguimiento de obras de distinta naturaleza; razón por la cual se multiplicó en los últimos cincuenta años el número de vuelos fotográficos en Asturias y en Oviedo, en la mayor parte de los casos realizados por empresas privadas por encargo de diferentes organismos públicos, nacionales o regionales, hasta concluir con la serie de ortofotografías que renuevan la cobertura fotográfica de la comunidad cada cuatro años.

El uso conjunto de las imágenes terrestres, de las aéreas oblicuas y de las verticales enriquece el análisis de los paisajes y de sus transformaciones, porque el detalle que propicia la fotografía terrestre, que permite percibir la ciudad despierta, se pierde ligeramente cuando recurrimos a la fotografía aérea oblicua, donde el detalle disminuye, pero, en contrapartida, se gana en visión de conjunto, condicionada, eso sí, por el punto de vista desde el que está tomada la foto, mostrándose los elementos que aparecen en primer plano en conjunto y en detalle, mientras que los situados en segundo plano se difuminan. En la fotografía vertical, el detalle se reduce a la mínima expresión; en cambio, se dispone de una excepcional visión de conjunto.

En estas tres fotografías, fechadas en octubre de 1934, se puede percibir la complementariedad entre fotografías terrestres y aéreas. Si la primera nos pone de manifiesto la magnitud de las destrucciones, la segunda, sin perder esos detalles en el primer plano, permite reconocer la expansión de la ciudad hacia el este, en torno a las carreteras que conducían a Santander y a Gijón, contando como elementos más significativos con la Fábrica de Armas, el cuartel de Pelayo o el Hospital Psiquiátrico, pudiendo incluso ser reconocible en el espacio que queda entre ellos el perímetro murado de la Quinta de Velarde y, justo detrás de ella, las colonias de viviendas y el Matadero Municipal. En la imagen cenital la perspectiva de conjunto gana fuerza; se reconoce el casco medieval de la ciudad, delimitado por la cerca construida en el siglo XIII, así como las puertas y postigos, y la traza viaria que las conectaba; fuera del recinto amurallado quedan otros elementos, algunos de raíz bajomedieval, otros, más tardíos. Ya en el medievo, la limitación del espacio intramuros dio pie a la formación de arrabales a partir de algunas puertas, en dirección a los conventos extramuros (San Francisco, Santo Domingo) o siguiendo los caminos principales: por ejemplo, el arrabal de la Magdalena-Puerta Nueva, sobre el camino de Castilla, vía de entrada de los peregrinos que llegaban desde León; o el arrabal de la Vega, sobre el camino que va hacia el surco prelitoral, por donde llegaban los que seguían el camino costero. También son rasgo y herencia histórica las huertas del contorno inmediato, que aún se perciben tras las casas de la acera izquierda de la Cuesta de la Vega, en las cercanías del Campo de los Patos, etc. Eran parte del cinturón hortícola que abastecía de productos perecederos a Oviedo.

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