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Antonio Masip

Cervantes en Conchita y de centenario

Conchita muere en el centenario de su establecimiento.

A Borges inquietaba El Quijote leyendo El Quijote; Alfredo Quirós escogió Cervantes por lector inquieto; entusiasmo clientelar de la entonces próxima Escuela Normal. Maestra era Aurelia Suárez, mujer del carismático librero.

Recordando a su fabulosa hija ida, siento también punto de nostalgia de aquel hombre menudo, liberal pajarita, que, tras juvenil experiencia americana, mantuvo un mito cultural. A la vera de la primitiva Cervantes, Noel, altillo y cafetón, cerca Kopa/Kopín, obra del extraordinario Juan Vallaure, estudiado por su hijo Rafael y Sara Moro, Montes, Fontela, Guisasola, Cristamol, donde descubrí a Jaime Herrero, Echevarría, Quesada, Al Pelayo, Marchica, Elósegui, Depósito previo de censura, Ateneo, Centro de TVE, San Juan... ¿Cuántos navegaron, gracias a libreros, por la galaxia leyente? Leyente, vocablo sublime, rima con ovetense.

Don Alfredo tuvo la corazonada de abrir su epígono de Cervantes/Quijote hasta el actual magnífico equipo, bajo el talento de Conchita, al que pertenecieron antes glorias de las Letras (Taibo, Ángel González, Manolo Lombardero...).

“Nunca segundas partes fueron buenas”, que Cervantes incumplió al escribirlo, pues en esa entrega se superó a sí mismo; Conchita Quirós fue más allá de su progenitor (faz y luz, apañadas presentaciones…) en tiempos no menos fáciles para el libro.

Conchita muere con grandes, equipo y espacio, en el centenario de la obra familiar.

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