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Emilio Cepeda

Crónicas de Bradomín

Emilio Cepeda

Prerrogativas

Lo que dan de sí las barras de los bares para conocer a personajes singulares

Cuando esto escribo, me encuentro sentado en una terraza desde la que puedo observar el mástil con la bandera patria instalada en el entorno de la Escandalera. Carente de flameo, alicaída. Pendulona.

Quién no se ha topado en alguna ocasión con personas con el ego enaltecido, con la necesidad de ser alimentado por la admiración o el reconocimiento (dejando aparte, en este caso, la insoportable e interesada vanidad del político). Es el clásico tipo/a al que le gusta estar en el candelero con el único motivo de figurar, estar presente en corporaciones y eventos, sentirse imprescindible, recibir halagos; salir en la foto. Sin embargo, existen raros casos en los que a una persona casi sin proponérselo parece que le persiguen los cargos y poltronas. Conocí un rara avis, diría que único. Se trata del periodista asturiano Ladislao de Arriba, “Ladis”, columnista en prensa, tertuliano en radio y coordinador del exitoso programa de televisión “La Clave”, fallecido en 2015. En cierta ocasión contaba con fina ironía el propio interesado: “Fui secretario de la Federación Asturiana de Esquí, sin saber esquiar; de la de Automovilismo sin tener carné de conducir, de la de Pesca sin saber pescar; del Club de Tenis de Oviedo, sin haber cogido una raqueta; escribo en los periódicos sin ser periodista...” Realmente un fenómeno.

Corrían los años setenta del pasado siglo cuando un grupo de amigos transitábamos por la veintena de edad. Solíamos reunirnos a diario para realizar una ronda de vinos por los establecimientos hosteleros más concurridos de esa época. Era frecuente coincidir en algunos locales con los mismos clientes y a la misma hora. Salvo los lunes, que resultaba inevitable el comentario a la jornada futbolera del domingo, la temática ordinaria de lo que tratábamos casi nunca trascendía más allá de lo puramente banal. Cada cual solía tener predilección por algún tontorilo o presuntuoso cliente. Mi favorito, desde luego, no pasaba por ser un bulto extraño. Andaría avanzada la cincuentena. Era elegante a simple vista y lo que su permanente y amplia trinchera dejaba entrever. Adusto de gesto pero haciéndose notar. Caballero de fina estampa que cantaba Chabuca. Como no conocíamos su identidad, alguien del grupo lo bautizó como don Argimiro, nombre que a mí siempre me había sonado a párroco.

Un sábado lluvioso nos cruzamos en el Kopa Bar. Yo acababa de dejar en el paragüero un estupendo ejemplar, puño de bambú y tela de seda, que había pertenecido a mi abuelo, cuando don Argimiro se dirigía hacia la puerta: ¡zas! coge mi paraguas y entonces me voy hacía él. “Perdona, muchacho. Qué torpeza la mía, acabo de recordar que salí de casa sin paraguas”, aunque algo molesto se disculpó. Llegué a tener fijación en el personaje. Comencé a verlo en todas partes. Frecuentaba la amistad de gente relevante y muy conocida de la ciudad.

Sabido es que en las barras de los bares abundan los cotilleos y una buena propina aquí y allá simplifica las cosas. En fin, el caballero tenía un puesto de responsabilidad en organismo público, la mano demasiado ligera y muy dado a hacer “favores”. Intrigado pregunté al informante: “¿Cómo es que no paga nunca”. No abrió la boca, se limitó a levantar con sigilo la solapa de la chaqueta. De manera deliberada obvio la identidad del personaje ya que no me parece conveniente molestar a nadie.

Una repentina ráfaga de aire hizo ondear la bandera que tenía enfrente en la que podían distinguirse varios desgarros en la seda.

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