El conde de Covadonga lo hizo antes que Enrique de Inglaterra
Alfonso de Borbón tuvo con la asturiana Edelmira Sampedro su propio “Megxit”: por casarse con ella hace un siglo renunció al trono y se alejó de los Borbones

Alfonso de Borbón y Battenberg y Edelmira Sampedro, en Suiza. / Mariola RIERA

Enrique de Inglaterra, nieto de la reina Isabel II, está ahora de boca en boca, por medio planeta, después de haber dado un portazo en Buckingham y plantado a los Windsor para cruzar el charco e instalarse en Estados Unidos por amor. Esto es: con su mujer, Meghan Markle, actriz de origen afroamericano por cuyas venas no corre ni una gota de sangre azul.
Pero antes de Enrique han sido muchos los nobles y aristócratas (mujeres menos, quizá) que a lo largo de la historia renunciaron a privilegios, herencias y títulos por una vida al lado de quien les hacía latir el corazón con fuerza. El hijo pequeño de Lady Di y el Príncipe Carlos tiene un ejemplo cercano en la familia, en la figura del tío abuelo de su padre, Eduardo VIII, quien renunció al trono para casarse con Wallis Simpson, también americana (y divorciada), como Meghan.
Historia conocida es esta. No tanto lo es la de Alfonso de Borbón y Battenberg, el primer y único conde de Covadonga –título ligado al santuario religioso del Principado–, príncipe de Asturias y heredero del trono de España como primogénito de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, bisabuelos del hoy Rey de España, Felipe VI.

Los Condes de Covadonga, el día de su boda, en 1933. / Mariola RIERA
En 1931, con la caída de la Monarquía, tuvo que huir con su familia del país, pero siguió siendo príncipe titular en el exilio. Sin embargo, lo que no logró arrebatarle la proclamación de la II República sí lo hizo una mujer: la cubana de origen asturiano Edelmira Sampedro. Su origen plebeyo no encajaba con las aspiraciones borbónicas.
La historia de amor de los únicos condes de Covadonga hasta ahora (el matrimonio, que acabó divorciado, no tuvo descendencia) guarda algún que otro paralelismo con la de Enrique y Meghan. Ambos se conocieron en Suiza, donde Alfonso de Borbón había acudido para tratar su hemofilia, una enfermedad hereditaria y marca de las familias reales descendientes de la reina Victoria de Inglaterra, la llamada “abuela de Europa”.
Cuentan las crónicas que ambos se gustaron a primera vista y empezaron a cortejar sin pensar en condicionantes regios. “Alfonso llevó una vida tranquila, sin preocuparse de políticas ni cuestiones de Estado”, describe el investigador Javier Remis en un artículo sobre el condado de Covadonga, quien resalta el desapego al matrimonio del príncipe –llegó a rechazar a la princesa Ileana de Rumanía– hasta que dio con la guapa asturiana en Lausana. “Las aspiraciones de esta no fueron otras que las de convertirse en princesa de Asturias y en futura reina de España”.

Meghan Markle y Enrique de Inglaterra. | Efe / Mariola RIERA
Pero ni uno ni otro. Alfonso no pudo convencer a su padre y este le hizo renunciar a todos los títulos, salvo al de conde de Covadonga. Así las cosas, la pareja se casó en 1933 en la iglesia del Sagrado Corazón de Ouchy (Suiza). No estuvo presente el muy enfadado Alfonso XIII, pero sí la madre, Victoria Eugenia, y sus hermanas.
Los titulares del condado de Covadonga cruzarían el charco y acabarían en Cuba –Edelmira era de familia adinerada, empresarios del azúcar–, donde se divorciarían cuatro años después. Un “Megxit” en toda regla el de Alfonso de Borbón, quien se casó por segunda vez, aunque nunca rompió lazos con Edelmira.
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