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Imaginario de Ibiza

Ibiza: ‘overbooking’ en el paraíso

La playa de ses Illetes y la punta des Trocadors, en Formentera, registran una intensa densidad de embarcaciones fondeadas, que conforman una barrera visual para los bañistas de la orilla | Nadar en este enclave, sin embargo, sigue resultando una experiencia asombrosa

Filas de barcos frente a ses Illetes, en agosto de 2022. X. P.

La multitud obedece más a la necesidad que a la razón, y a los castigos más que al honor (Aristóteles)

Quienes no estamos acostumbrados a navegar por placer, desconocemos lo que realmente se cuece en el mar que nos rodea, más allá de las boyas que delimitan el espacio reservado a los bañistas. Sin embargo, basta con vivir la experiencia unos días a bordo de la embarcación de algún amigo generoso para descubrir todo lo que da de sí el microcosmos de la náutica pitiusa. La conclusión inmediata, en todo caso, es que los marinos expertos comparten nuestras aguas con auténticos domingueros al timón.

Mientras unos se muestran respetuosos y cordiales con el vecino de fondeo, otros transitan por el mar como auténticos macarras. Si tienes suerte y te toca un navegante experimentado al lado, igual acabas tomándote vinos con él en cubierta y compartiendo batallas. Pero también puede ocurrir que fondee a tu lado un party boat con un centenar de beodos acelerados o un chárter con la música de David Guetta a todo meter, borrando de un plumazo cualquier atisbo de romanticismo y sosiego.

Así ocurre en los lugares más concurridos de la costa ibicenca, como Platges de Comte o es Jondal, donde la fauna que por allí navega resulta extraordinariamente variopinta. Las barcas con la música a todo trapo proliferan por doquier y el colmo ya son las motos de agua, que además de cruzar a toda velocidad entre los barcos fondeados y sus bañistas, también incorporan altavoces y hay quien los lleva a tope. La tranquilidad se acabó para el navegante y, según en qué enclaves, también la seguridad. A todo ello hay que sumar esta moda de alquilar lanchas a turistas sin titulación, que por sencillas de manejar que resulten, quienes las conducen no tienen la más remota idea de los códigos de circulación por mar, el significado de los colores de las boyas y hasta qué punto representan una amenaza.

Uno de los rincones más frecuentados por esta fauna tan variopinta es la playa de ses Illetes, donde a diario se forma una verdadera barrera de cascos y mástiles, que rompe la perspectiva a quien se halla en la costa. Allí, la densidad de embarcaciones es tan intensa que, pese a su importante extensión, se forman filas y filas de embarcaciones frente a la orilla. La razón de semejante afluencia es fácil de entender. Al echar el ancla, la profundidad aún impide percibir los insólitos matices del agua de Formentera. Sin embargo, una vez se nada hasta la orilla de la aguja que cierra la isla por el norte y se descubre el mar más transparente y lechoso que puede hallarse en las Pitiusas, gracias al tono níveo de la arena, todo el mundo siente que la travesía ha merecido la pena.

A pesar de la concurrencia y los adelantamientos previos de las lanchas rápidas, que en lugar de pasarte por popa toman la directa por proa provocando un oleaje infame y la consiguiente zozobra, llegar a ses Illetes y zambullirse en ese mar de ensueño compensa todo mal y toda afrenta. Y si además la ribera se alcanza en es Trocadors, más allá de los chiringuitos, y se atraviesa el leve tránsito de tierra firme, a base de escollos y arena, para zambullirse en la playa de Llevant, la experiencia resulta casi mística. Allí el agua exhibe una amalgama distinta de turquesas y azules más oscuros, que contrastan con la sombra que proyecta el islote de s’Espardell. Aunque experimenta un overbooking, el paraíso sigue siendo paraíso.

Ese algo que hace distinta a Formentera

Tal vez sea la casualidad de un día específico, pero en Formentera, a pesar de la gran cantidad de embarcaciones fondeadas, el ruido y las maniobras alocadas que se contemplan constantemente en las playas de Ibiza resultan mucho más ocasionales. Los party boats situados en las inmediaciones reducen o incluso quitan el volumen de sus altavoces, reservándolos para la travesía, y la plaga de motos acuáticas se percibe con una intensidad mucho menor. Es como si la permanente sensación de barra libre, en todos los aspectos, solo se percibiera en Ibiza.

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