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Lo mal que se moría en Sabugo

El escritor local Miguel Solís Santos recupera en su último libro la memoria del genuino barrio de pescadores

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Miguel Solís muestra la portada de su libro sobre Sabugo.
Miguel Solís muestra la portada de su libro sobre Sabugo. mara villamuza

Saúl FERNÁNDEZ
Todavía no había llegado la Noche de San Juan de 1694 cuando el sabuguero Andrés de Rillo decidió salir de casa para ir a pescar. Nunca volvió: los corsarios franceses le mataron en el mar. Rillo fue enterrado en la parroquia de su pueblo, que lindaba por entonces con la villa de Avilés. Cuatrocientos y pico años después de aquella muerte violenta, el escritor Miguel Solís Santos ha recuperado del agujero de la historia la memoria de este y otros vecinos en el pasado. La muerte de Andrés de Rillo es una de las muchas que se recogen en el libro «Sabugo. El Barrio Marinero de Avilés durante el Antiguo Régimen» (Krk, 2010), la primera monografía del barrio de pescadores que la alcaldesa de Avilés, Pilar Varela, y el director general de Patrimonio, José Luis Vega, presentarán mañana a las 20.00 horas en el Club LA NUEVA ESPAÑA de Avilés.

Tomás Álvarez de la Campa es otro de los sabugueros cuya muerte se perdió en los archivos históricos y que ahora ha repescado Solís Santos, el pionero de la novelística en lengua asturiana, uno de los artistas más respetados del momento (aunque sólo sea por las tres ediciones de su «Hestoria d'Avilés»). El funeral de este Álvarez de la Campa tuvo lugar el 22 de mayo de 1809, el día después de la asonada de Los Carbayedos, «cuando los avilesinos se lanzaron con azadas contra el ejército francés». Estos, entonces, eran invasores, era la guerra de la Independencia. Solís Santos cuenta que el cura que ofreció el funeral dijo que Álvarez de la Campa había tenido «una muerte desgraciada». En opinión del escritor, esa manera de describir el fallecimiento sólo tiene una explicación: «¿No se trataría de proteger a la familia de este paisano, que podía sufrir las consecuencias de los franceses que, por entonces, ya estaban en Avilés?». Si esto fuera así, Tomás Álvarez de la Campa sería el único muerto conocido de la batalla que se recreó el año pasado en las fiestas de San Agustín.

La muerte es uno de los hilos conductores del último libro de Solís Santos. Recoge el caso de «Patinota», un presunto asesino y ladrón que operaba a comienzos del siglo XVIII. «El escritor Manuel Álvarez Sánchez dice en su libro sobre Avilés que fue ajusticiado en 23 de abril de 1713, pero eso no está en ningún registro. Hay un dato curioso: cinco días después de ese presunto ajusticiamiento hubo un naufragio en el que murieron muchas personas. Se contaba que este "Patinota" era huérfano de un marinero que murió en un naufragio y que por eso el hijo se hizo delincuente. ¿No será que a Manuel Álvarez Sánchez se le mezclaron las fechas?», se pregunta el escritor.

Las muertes más ordinarias en Sabugo eran consecuencia de los naufragios. «En este barrio se vivía del mar y, durante la Edad Media, vivió su época dorada. En el período que estudio la crisis económica fue extraordinaria. Y esto se explica con números: en Sabugo vivían unas doscientas personas en los primeros años del siglo XVIII. En 1713, 1714 y 1715 hubo tres gravísimos naufragios en los que murieron una treintena de personas. Treinta personas menos, que son los que traen el pescado, son muchas personas menos y eso, obligatoriamente, debió de tener consecuencias en la economía de entonces». El escritor asegura que la pobreza fue generalizada en Sabugo desde entonces.

«En el siglo XVIII el obispo Pisador acabó con la costumbre de los ritos funerarios precristianos, porque sí, estos ritos estaban generalizados. Los muertos lo que pedían en sus testamentos era que los enterrasen con comida, con carne, pan y vino, una costumbre que venía de lejos. Pisador decidió que los funerales serían de primera, segunda, tercera y de pobre. Pues, bien, en Sabugo, todos eran de pobres», comenta el escritor, que es vecino del barrio que ha cambiado tanto de cara que se puede permitir el lujo de contar con su propio cronista. «La riqueza ya no entraba por el puerto... del mar venía la muerte y, con la muerte, la pobreza», concluyó Miguel Solís Santos con ganas de contar más episodios escondidos de su, hasta ahora, escondida historia.

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