Manuel García Rubio
Novelista y abogado 

«Avilés, en los sesenta, era una ciudad muy entrañable»

«Cuando volví de Uruguay, la villa no tenía todas las calles urbanizadas y se vendía la leche a granel»

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«Avilés, en los sesenta, era una ciudad muy entrañable»
«Avilés, en los sesenta, era una ciudad muy entrañable»  
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Con Manuel García Rubio, novelista y abogado, comienza una sección de conversaciones con personas nacidas en Avilés o que tienen un vínculo profundo con la ciudad para hablar de la transformación del concejo en los últimos años.

SAÚL FERNÁNDEZ

Manuel García Rubio (Montevideo, Uruguay, 1956) tiene tres tías en Avilés. Y un montón de primos. A los diez años conoció la ciudad, el barrio del Carbayedo, cuando el parque era el mercado de ganado. Su familia regresó del exilio en 1966. Fue uno de los pioneros del movimiento vecinal en el concejo, en El Pozón. En los primeros ochenta dejó la villa. Actualmente es abogado, asesor de la Fundación Laboral de la Construcción, pero, sobre todo, novelista. Uno de los más sobresalientes del momento. Suyos son títulos tan destacados como «El efecto devastador de la melancolía», «La garrapata», «Green», «España, España», «La edad de las bacterias» o «Sal» (todos, en Lengua de Trapo). García Rubio ha elegido el parque del Muelle como escenario de juventud. Los que fueron chicos del parque se reúnen una vez al año en Casa Germán. Germán, de hecho, es un primo más de ese montón de familiares que el escritor mantiene en la ciudad.

-¿Cuál es su lugar en Avilés?

-Lo tengo clarísimo. Mi primera imagen es la plaza del Carbayedo, cuando todavía era mercado de ganado.

-¿Cuándo llegó a Avilés?

-El 16 de abril de 1966.

-Tenía entonces...

-Diez años... no los había cumplido todavía. Mi abuela vivía en un piso que daba a la plaza y a la calleja del Jesusín de Galiana.

-¿Empezó a vivir con su abuela?

-Yo acababa de llegar de Uruguay. Atracó un barco en Vigo. La familia había alquilado un autobús y tuvimos un recibimiento tremendo en los muelles. Y cogimos la carretera para llegar a Asturias. Llegaríamos por la noche, no me acuerdo. Era tarde. Estuvimos viviendo en casa de mi abuela muchos meses, probablemente un año. A mis hermanos y a mí nos asignaron una habitación que daba al parque. Lo que me acuerdo es que al día siguiente de la llegada escuché por primera vez rebuznar a un burro. En Uruguay no hay burros, bueno, los hay como en todas partes... Los que no hay son burros de los que rebuznan. Nunca había visto un burro, de los de cuatro patas... Sí caballos. Y vacas, por supuesto. Aquel ruido era atronador y eso me desconcertó mucho. Me asomé a la galería y allí estaba el burro.

-¿Por qué nació en Uruguay?

-Esa es una buena pregunta. Mis padres, cada uno por su lado, tuvieron que salir por pies de este país. Primero vivieron en Francia, luego en Bolivia y luego recalaron en Uruguay por una razón, porque Uruguay en aquellos años era la Suiza de América, un lugar de prosperidad.

-Sus padres eran...

-Arturo y Josefina. Mi padre era de Miranda, de la familia de los Cardina. Mi madre vivió toda la vida en la casa de mi abuela. Esta del Carbayedo. Mi abuelo materno había tenido una fábrica de baldosas en la calleja de lo cuernos. Se llamaba Mosaicos Rubio. Mi padre estuvo muy metido en todo lo habido y por haber...

-O sea, que los persiguieron políticamente.

-Sí, claro.

-¿Cuándo se casan?

-La historia es tremenda. Mi padre participó en la Revolución del 34, luego estuvo en la Guerra Civil y en la Guerra Civil llegó a ser comandante del ejército republicano... A mi padre nunca le acusaron de delitos de sangre, pese a ello, estuvo en campos de concentración. Estuvo en Albatera, estuvo en Gandía, estuvo en Alicante. Como a los dos años, dos años y medio lo dejaron en libertad. Mi padre siempre estuvo muy cerca del Partido Comunista y en la clandestinidad. En un momento dado tuvo una información privilegiada de un buen amigo del Régimen que le dijo: «Van a ir a por ti». Y estuvo un año como «topo», escondido en Illas. Huyó de Asturias a punta de pistola, con un compañero secuestró un barco pesquero. Bajaron una noche, cuando era insoportable la vida de «topo», bajaron caminando hasta el puerto de San Esteban de Pravia. A los pescadores les dijeron que los condujeran a alta mar, que si los llevaban a alta mar no les iba a pasar nada... Y los dejaron allí. Se entregaron a un buque mercante francés. Mi padre en Francia tuvo problemas hasta que le concedieron el estatuto de refugiado político. Estuvo en la cárcel un par de meses, en La Rochelle, la prisión a la que llevaban a todos los etarras. Mi madre se había quedado aquí.

-¿Ya se conocían?

-Eran novios. Un noviazgo largo. A mi madre no la dejaron marchar. Lo que hizo fue escapar a Francia. Pagó a un «muga», el que ayudaba a pasar las fronteras, y al otro lado se pudo reencontrar con mi padre. Vivieron en Grenoble y en Chamonix, donde vivieron año y pico. Luego marcharon a Bolivia, donde estuvieron otro tanto. Y luego fueron a Uruguay, ya le digo, simplemente porque Uruguay en aquellos años estaba bien.

-Llegó con diez años.

-Yo nací en Montevideo y vine a Avilés con diez años. Mi padre huyó con dos penas de muerte, pero no le concedieron la amnistía. Negoció en la Embajada española en Montevideo un indulto. No se lo dieron, pero consiguió la palabra del Embajador de que no le iba a pasar nada si regresaba a España. Y así fue.

-¿Sólo con la palabra se arriesgó a venir?

-Sí. No tenía delitos de sangre. En 1966 las cosas eran distintas. El compromiso era que no se metiera en líos. Y eso fue lo que hizo. En España dejó las actividades políticas.

-¿Cuál fue su colegio?

-¿En Avilés?

-Sí.

-Estudié en la escuela pública donde está ahora la Casa de Cultura. No me acuerdo cómo se llamaba.

-La Escuela Nacional.

-Estuve un año nada más. Uruguay y México fueron los únicos países que no reconocieron la dictadura de Franco. Eso suponía que no había ningún tratado de colaboración de ningún tipo. Ni de doble nacionalidad, ni tampoco de reconocimiento de títulos. Por eso tuve que hacer toda la Enseñanza Primaria en un curso de choque con un profesor que se llamaba don Marcelino... Buena persona. Me examiné para la prueba de acceso a Bachiller. En seis meses me metí toda la Geografía de España, de la que no tenía ni idea; toda la Historia de España; Formación del Espíritu Nacional y Religión... La Gramática, las Matemáticas, todo eso, ya lo sabía. Esto lo tuvimos que pasar mis hermanos y yo.

-¿Cuántos hermanos tiene?

-Dos: Mari vive en Avilés y Arturo que ahora es prejubilado de TVE. De ahí, de la Escuela, fui al Instituto.

-Que estaba en la avenida de Portugal.

-Ahí debí de estar un curso. Luego fuimos al edificio nuevo, en frente de Maestría.

-¿En qué trabajaba su padre?

-En el montaje. Pasó los últimos años de su vida profesional en una tienda de ultramarinos.

-¿Cómo era aquel Avilés que conoció en los años sesenta?

-Era muy entrañable. Yo venía de una ciudad de un millón y pico de habitantes, muy moderna. Dejamos Uruguay cuando Uruguay estaba todavía en la cresta económica. Yo había nacido con la televisión, con seis o siete canales. En España eran poquitas las casas que tenían televisión, que sólo emitía un canal y, además, unas pocas horas al día. Avilés, en cambio, no tenía todas las calles urbanizadas, se vendía la leche a granel. Lejos de incomodarme, bueno, viví todo aquello con alegría.

-¿Y por qué dejaron el país?

-Se juntaron varias razones. Mi padre en Uruguay sí que fue muy activo políticamente. Tengo fotos de mi padre y de Allende. Se veía venir la dictadura. Tardó más tiempo de lo que había calculado.

-Le hemos fotografiado en el parque del Muelle.

-En Avilés crecí como persona. Mi primera etapa como niño me la pasé en el parque con un grupo de amigos con los que hoy, todavía, mantengo amistad. Nos vemos una vez al año. Cenamos en el bar Germán que, curiosamente, es de uno de mis primos.

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