De fábula

El ancho mundo

Las virtudes del viaje de ida y de regreso

27.03.2012 | 05:25
El ancho mundo
El ancho mundo

En ocasiones la imaginación, el deseo (la televisión, muchas veces), nos inclinan hacia lo lejano. Lo ajeno es siempre más interesante, mejor, más excitante y original, nada que ver con los trescientos y pico días que pasamos en casa. Y cuando digo casa me refiero al entorno, no necesariamente al recinto.


Hay tantas cosas que ver, tantos lugares hermosos por conocer a los que nunca llegaremos, que se convierte en un trabajo completamente inútil soñar con todos esos destinos posibles para cuando tengamos tiempo, o dinero, o simplemente para cuando el momento sea propicio. Aunque puede que no sea tan inútil ese esfuerzo, porque después de todo el sueño es un fin en sí mismo muchas veces. Pocos medios hay con los que podamos llegar tan lejos como con la imaginación. Y además, con la fabulosa ventaja de que soñar es gratis, siempre y cuando uno no se frustre demasiado al volver a la realidad, claro está. Que hasta para ese viaje hay que saber hacer la maleta.


Pero el mundo es ancho hacia todos los lados, también por el nuestro. Salir para quedarse es un hermoso ejercicio de autoafirmación, que también es necesario aprender a quererse.


De un tiempo a esta parte hemos ido viendo cómo cada vez más personas ajenas se interesaban por nuestra ciudad, tan poco turística en otros momentos, tan poco querida incluso por los propios avilesinos. Algunos han necesitado que viniesen de fuera para darse cuenta de que los soportales de siempre, el empedrado de las calles, su trazado, merecían disfrutarse. Otros, desde luego, lo han sabido siempre y han tenido el mérito de decirlo cuando nadie les creía, por mucho que la realidad fuese inmutable y tuviese una historia de mil años.


El mundo es ancho, y de la misma manera que otros lo descubren en nuestra dirección, nosotros deseamos viajar, a las antípodas si fuera necesario, para descubrir el cosquilleo de lo hermoso, para constatar que estuvimos allí y eso lo hace un poco nuestro. O quizás sólo para no sentirnos más pequeños que los que nos muestran fotos junto a la Muralla China, las Pirámides de Egipto o el Coliseo. Nada que objetar, porque movernos por el mundo, que sabemos inabarcable, nos hace menos finitos, más ricos al sentirnos poseedores de todos esos lugares por los que caminamos.


Y es que, por encima de todo, el viaje tiene siempre la maravillosa virtud de permitirnos regresar a casa.

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