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Menos contaminación y más calidad de vida que en las urbes

27.12.2015 | 03:53

El madrileño David Fontecha y la asturiana Meri Braña cambiaron su residencia en Salinas (Castrillón) por Ranón hace ya cinco años. Afirman que la vida en un pueblo no significa estar aislado sino todo lo contrario. "Coincidió venir a vivir aquí. Buscábamos un sitio tranquilo con las ventajas del entorno rural para también criar a los niños en un espacio acorde con el medio ambiente", afirma Fontecha. Sus hijo mayor, Pablo, afirma que es mejor vivir en un pueblo que en un entorno urbano porque tiene más espacios para jugar y también porque, en las ciudades, suele haber más contaminación. El hijo pequeño del matrimonio se llama Marcos.

Ranón está viviendo un renacer en los últimos años debido a que un buen número de parejas jóvenes se han instalado en este núcleo rural de Soto del Barco huyendo de las ciudades. "Que no venga mucha más gente que aquí se vive muy tranquilo", bromea Javier del Riego, un profesor que trabajaba en Madrid, pidió traslado a Asturias y le concedieron Pravia. Fue entonces cuando decidió instalarse en el pueblo. "No lo conocía antes, me habló de él un amigo y ahora estoy encantado; tengo dos hijas que son de aquí", comenta.

A su lado, Jorge Noval, presidente de la entidad vecinal, explica que la mayoría de las parejas jóvenes que han decidido instalarse en el pueblo en los últimos años no tienen raíces en la zona. "Yo soy el único que soy de la localidad, los demás llegaron, vieron el pueblo, les gustó y compraron una casa o un prao donde construir y se quedaron", relata. La mayoría de las parejas residían, principalmente, en pisos de Avilés u Oviedo. Ahora, disponen de una vivienda unifamiliar y terreno. Además, entre los recién llegados hay una gran camaradería, incentivada por las edades similares de los niños.

Destacan la tranquilidad del pueblo, su ubicación próxima a las playas de Bayas y Los Quebrantos y sus conexiones con la autopista, que utilizan casi a diario para trasladarse a sus lugares de trabajo. Tampoco dudan a la hora de reclamar la mejora del vial entre Ranón y La Arena, la principal vía de comunicación que cruza el pueblo de punta a punta.

"Buscaba un sitio para vivir en un entorno rural para los niños y por la calidad del medio ambiente, entre otros motivos", explica el madrileño David Fontecha, que reside desde hace cinco años en el pueblo con su mujer, Meri Braña y sus hijos Pablo y Martín. Antes eran vecinos de Salinas. El pequeño Pablo tiene claro que el pueblo es más ventajoso para pasar el día a día que las ciudades por dos razones fundamentales: hay menos contaminación y dispone de más espacio para jugar sin peligros.

Marco Fernández y Pili García solían visitar Ranón hasta que se quedaron definitivamente en el pueblo. Esta pareja trabaja en Avilés y solo observa un inconveniente de vivir en el pueblo. "Cuando trabajamos, tenemos que depender de alguien para que se quede con el niño, entonces llamamos a la abuela", señalan, mientras el resto de sus convecinos, también "neorurrales", preparan una merienda en el centro social de la localidad. Algunos de los niños corretean por el local, mientras otros juegan al parchís.

"La gente del pueblo está encantada con ver tanto crío por aquí", destaca Noval. Y añade que, actualmente, la localidad cuenta con once parejas jóvenes, casi todas de fuera, que suman 18 hijos.

Héctor Galán y su mujer Ana Fernández habitan en Ranón desde 2004. "Aquí estamos genial, nos juntamos un grupo de matrimonios jóvenes que no teníamos relación previa. Y, además, los críos están en libertad", comenta esta pareja ovetense, que se enamoró del lugar por la tranquilidad y el paisaje.

Enrique Matilla es natural de Valladolid. Tras una temporada viviendo en Avilés en compañía de su pareja, Ysandra del Castillo, ambos decidieron trasladarse a este núcleo rural de 197 habitantes. "Es un lugar muy recomendable, está apartado, pero no mucho. Es completamente ajeno al estrés de la ciudad y sí, vivimos cerca del aeropuerto, pero hay que dejar claro que esto no es Barajas, hay pocos vuelos y no molestan", dice Matilla, mientras le hace carantoñas a su hija Vera ante la atenta mirada de su otro pequeño, Mario.

"Cada vez hay más gente en el pueblo, antes era solo por vacaciones, pero desde hace algo menos de una década, algo cambió y ahora existe muy buen ambiente", indica Jorge Noval, antes de enumerar las actividades que desarrollan estas familias para dinamizar la vida en esta zona de Soto del Barco. "Organizamos un Halloween, aunque yo prefiero llamarlo fiesta de Todos los Santos, también hicimos un taller de adornos navideños y excursiones, como una reciente a la zona de las trincheras, en la que los críos se lo pasaron genial", comenta el dirigente vecinal, que no se imaginaba hace veinte años, cuando decidió cambiar su residencia en Oviedo por Ranón, que la localidad iba a contar con más de una decena de parejas con niños de, aproximadamente, su edad, unos cuarenta años.

"Yo tengo 56", espeta Javier del Riego. "Fastidia la media", le contesta con una sonrisa en la cara Noval, que detalla además que la pareja más joven ronda los 35 años. "Esto da gusto, no cambio Ranón por nada, tanto en invierno como en verano", se oye comentar entre el tumulto de voces infantiles.

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