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La Cuarta Parte
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Toño Suárez

Contador de historias. Buscando aún mi sitio


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  • Con faldas y a lo loco

     

    Me han aconsejado salir a caminar. Ya sabéis: que si el colesterol bueno se ha ido y nadie sabe cómo ha sido, que si el estrés, la ansiedad, Urdangarín, las tarjetas black, las blue, el tramabús…; y yo, que soy un paciente disciplinado, me lo he tomado en serio, no te creas: equipado con mis playeros casi aun sin desembalar, mi gorra visera, mi libreta para tomar notas por si la inspiración me ataca por la espalda de improviso: hasta una rebequita por si la mañana es traicionera. Caminar, lo que se dice caminar, se camina poco pero el trayecto se hace guapo y arreglado como el maniquí de El Corte Inglés que se dejó quitar la ropa tras un doloroso paso por la caja registradora.

    No todo es idílico, nada lo es: estuve a punto de desistir en mi empeño el último día, una mañana soleada, solitaria, que acompañaba para la observancia, la reflexión, el recogimiento, el misticismo, vaya; la atmosfera era ideal, la comunión tal que la levitación era inevitable, when de repente un anciano, más preocupado por mantener su buen ritmo de paso que en la observancia y disfrute de la naturaleza que le rodeaba, me rebasó por la izquierda sin miramientos, un adelantamiento seco, inapelable, quirúrgico al tiempo que mascullaba dominguero entre dientes cuando ya me miraba por el retrovisor. Sonreía.

    Andamos desquiciados, fuera de control; hace pocos días, ultras de Belgrano arrojaban a un aficionado grada abajo en el Mario Alberto Kempes de Córdoba en plena disputa del derbi local. El seguidor de Talleres fallecía por el impacto tras varios días en estado crítico. Sigue impresionando lo que las barras están haciendo con el futbol argentino aunque ya, por repetido, no sorprende; la inseguridad de la competición y la nefasta nulidad de los encargados de erradicarla son tan familiares ya como la propia descomposición de la misma. Don Julio tiranizó la AFA décadas; tras su muerte, el chiringuito está tan sucio, tan roto, tan corrompido que parece poco probable que resurja de sus cenizas, al menos, en un tiempo medianamente prudencial: mucho trabajo por hacer, muchas agallas para sacar a las barras de los estadios y de la circulación y poca mano de obra para desempeñar la tarea.

    Mientras tanto en el latifundio patrio vuelve lo retro y las peleas entre padres en los partidos de futbol base son lo más in de la temporada presente ; y digo vuelve porque no es una cosa propia de este siglo, ni mucho menos: éste que les escribe lleva asistiendo, desde finales de la década de los setenta del pasado siglo, a trifulcas desaforadas en los terrenos de juego, árbitros chapoteando en cauces de los ríos tras los encuentros, abuelos, paraguas en mano, ofreciéndole al juez de línea la posibilidad de alojárselo gratuitamente por el culo si seguía levantando compulsivamente el banderín, madres mandando a fregar a las primeras mujeres árbitro que tuvieron la valentía de dirigir partidos de ¿futbol? en aquellos años tras señalarle una falta contra su querubín, inocente de polvo y paja y padres ejerciendo de entrenadores en la estrategia, de centrales en el asedio y de hooligans en el barullo; desahogo, miseria y basura siempre hubo en el fútbol, y en el de base, mucho más: la única diferencia con lo de antaño es que ahora hay muchas cámaras que te señalan, mucho Smartphone caza recompensas y mucha gente enganchada a las redes sociales. Por lo demás, la vida sigue igual.

    Con faldas y a lo loco

    Cíclica, también, es la historia de muchos clubes desde la conversión, obligada, en Sociedades Anónimas Deportivas. Pronto asistiremos en la rivera del Piles, si la casualidad no lo remedia, al tercer descenso de categoría del equipo gijonés desde que la familia Fernández asentara sus megalíticas posaderas en el palco de El Molinón. Solo una competición descafeinada como la que estamos sufriendo esta temporada permite que sigas vivo por mucho que falles, falles y vuelvas a fallar, gracias al concurso de tres conjuntos que son tan malos como el tuyo y se empeñan en seguir dándole oxígeno a un equipo nefastamente dirigido desde los despachos. Los regidores también meten goles aunque renieguen de ello cuando el niño viene de culo. Pobre culpa, siempre viuda.

    Dieciséis fichajes después, tras destrozar un equipo hecho con gente de la casa, por necesidad y no por convencimiento, y perdiendo prácticamente todos los partidos clave de la competición, el Sporting sigue enganchado a la bombona de oxígeno. Una competición que te permite esa circunstancia tras tanto dislate consecutivo no es, ni de lejos, la mejor competición del mundo.

     

    ¿Me ha llamado dominguero?

     

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