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Toño Suárez

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  • 05
    Agosto
    2016

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    Oviedo Deportes

    Kiss Cam

    Que los americanos son los putos amos del marketing, la parafernalia y el espectáculo lo diría hasta el mismísimo Guardiola. Y si lo dice Pep, yo lo trasmito tal cual, como la Palabra. Si no ya me diréis lo meritorio que es haber conseguido elevar a espectáculo millonario en recaudación y espectadores un juego tan anodino como el fútbol americano, un deporte que tras la marcha de Joe Montana, Jerry Rice y la descomposición de los 49ers de San Francisco de los años 80 se ha quedado en una insípida sucesión ininterrumpida de golpes, mamporros y mandobles de todos los colores; y todo por conquistar un puñado de yardas:

    - “Un deporte de lo más inapropiado: ¿No lo cree así Mr Higgins?”. -“No puedo estar más de acuerdo con usted, Mr Carruthers”.

    Lo realmente excitante de los espectáculos americanos, ese secreto que una vez revelado convierte los trucos de magia en un juego de niños, es que tiene claro que el espectáculo es un todo y en el que interviene cualquiera que forme parte de él: el acontecimiento solo es la excusa para que cada uno en su parcela sea el protagonista aunque solo sea un segundo, la estrella. Y para que cuando no lo seas, el espectáculo te mantenga atrapado hasta cuando este se halle detenido: una cámara barre la grada, te detecta, te elige y la pantalla gigante del pabellón te muestra, rodeado por un corazón; y a tu lado, la que puede ser tu pareja: o no. ¡KISS CAM! ¡A besarse tocan! Los elegidos dudan, se hacen de rogar, el público clama exigiendo que cumplan con los designios; al final ceden y la pareja se da un piquito vergonzoso: la grada ruge. Y no hay nadie en la pista.

    Kiss Cam

    Don Javier Tebas Medrano, presidente omnipotente de la LFP, ese Quijote que lucha con denuedo contra esos molinos de viento que son los aficionados al fútbol, nos sorprendió hace pocas fechas con lo que puede considerarse no una patada más en la entrepierna del paciente espectador si no como una aportación más al mundo del espectáculo televisivo. El espectador pasa de ser el alma de un estadio a un mero figurante en virtud de una ordenanza que dicta que para que una retransmisión sea óptima el estadio deberá apreciarse lleno. No importan los precios desorbitados, las horas intempestivas ni los partidos en días de colegio. Ahora hablamos de retransmisiones deportivas como Dios manda, de lo importante, no te tus problemas de mierda. En la versión española de la kiss cam americana no importa el beso, ni la diversión: importa el volumen.

    Así que ya sabéis, muchachada: se me van colocando en la grada opuesta a donde están ubicadas las cámaras, entre corner y corner, con el calzoncillo limpio, que como decían las abuelas “nunca se sabe” y con el bocadillo de mortadela del entretiempo en casita, que da fatal en cámara: todo lo más un Ferrero Rocher, comido a mordisquitos minúsculos y con el dedo meñique levantado, que no el corazón. Y si no me llenáis la grada que van a ver los chinos al menos en un 75% de su capacidad, multita para el Club: que lo sepáis.

    Vista la poca repercusión mediática de las nuevas medidas, al menos por la relación escandaloso-repercusión, he llegado a la conclusión de que he interpretado mal el texto y que todo este rollo es por el bien del espectáculo y, lógicamente, por el nuestro. Así que ya saben: la próxima vez que acudan a un estadio, sonrían y aplaudan cuando el Director de Partido les indique. Y no sufran: al fin y al cabo en la televisión nada es lo que parece.

    Kiss Cam

     

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