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Los últimos de La Paranza

Los nueve vecinos del pueblo piden pequeñas mejoras para evitar tener que mudarse a otra parroquia

17.01.2016 | 05:04
Por la izquierda, Inma Vigil, Inma Hernández, Josefa García, Javier Taberna, Andrea Vigil, José María Vigil y José María Álvarez, ayer, en La Paranza.

Un pueblo sin iglesia, sin panadero y con pocos vecinos que, no obstante, pelean para evitar dejar una tierra que adoran. La Paranza es, con diferencia, la parroquia menos poblada de Siero, con tan sólo nueve habitantes empadronados, aunque también es cierto que el año pasado ya sólo quedaban media decena.

Inmaculada Hernández, alcaldesa de barrio, se empadronó este año en el pueblo junto a su marido y sus dos hijas tras unos años de "exilio" en Noreña motivado por temas educativos. "No había transporte escolar, así que decidimos ir a vivir allí, pero nada más que pudimos hemos vuelto", comenta Hernández, que no oculta su cariño por el pueblo de su marido, en el que dice vivir "encantadísima".

Todo ello a pesar de la carencia de servicios de una localidad situada a tan sólo 4 kilómetros de Santa Marina, "aunque con muchas curvas y desniveles", al que hace ya varios años que no llega el panadero y hasta hace poco carecía de servicio de recogida de basuras. "Pedimos al Ayuntamiento que lo pusieran porque había vertederos ilegales, y tras bastante presión accedieron", recuerda la mujer.

A pesar de ser una parroquia que en a mediados del pasado siglo registraba unos 52 habitantes, según el vecino José María Álvarez, no cuenta con iglesia desde que fuera destruida durante la Guerra Civil. "Eran tan pocos los vecinos que no había ni capacidad ni interés en recuperarla", coinciden varios lugareños, de los que solo Josefa García, la más veterana con 92 años, recuerda haberla visto en pie. "Sí, la conocí, pero de eso ya hace mucho tiempo", apunta.

Sobre la pérdida de población sufrida por La Paranza, no tienen dudas. La localidad está enclavada en el límite entre Siero y Langreo y el auge de la minería y la industria hizo que los vecinos fuesen abandonando la ganadería en favor de otros trabajos. "Antes todo el mundo tenía ganado y ahora sólo quedan cuatro cabras", explica José María Vigil, que cada día se desplaza a Tudela de Veguín para trabajar y presume de la ubicación de su residencia.

"Estamos en un pueblo, pero a escasos minutos por carretera de todos los sitios", apunta al mismo tiempo que recomienda las grandes vistas con las que cuenta la localidad. "Desde aquí se ve la Pola, El Berrón y la propia Tudela de Veguín", asegura con orgullo Vigil.

La contra está en la deficiencia de los servicios. Los vecinos, que se encargan del mantenimiento del servicio de aguas y de organizar sestaferias para mantener en buen estado los accesos, únicamente piden un pequeño repaso en la carretera, que se coloque un nuevo contenedor para acortar los desplazamientos a los vecinos de avanzada edad y alguna que otra mejora en la seguridad. "Nos hacía falta algún quitamiedos, pues hay alguna curva que con las heladas y la nieve son muy peligrosas", apunta la alcaldesa de barrio de un pueblo que tiene que ir a votar a Hevia por la desaparición de sus escuelas y que sólo recibe la visita del cura, el párroco de Villa (Langreo), en el cementerio para algún que otro entierro y el día de difuntos.

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