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Lecturas

Una guerra, cien Españas, algún cuento

Nueva edición, levemente corregida y muy aumentada, de Las armas y las letras de Andrés Trapiello, libro tan fundamental y útil como arbitrario

 13:07  
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Andrés Trapiello.
Andrés Trapiello. 
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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN
Al hombre orquesta que es Andrés Trapiello no le bastan sus novelas, sus prodigiosos poemas, sus innúmeros artículos, sus inabarcables diarios, también ha querido hacerle la competencia a los investigadores universitarios y reescribir la historia de la literatura española del siglo XX. Él ha leído lo que no ha leído nadie y visto lo que nadie había visto antes que él, ha traído a la luz a docenas de autores menores y ha vertido nueva luz sobre nombres fundamentales -como Juan Ramón Jiménez- de los que creíamos saberlo todo.

Su minucioso recuento de cómo la guerra civil afectó a los escritores de uno y otro bando resultaba imprescindible a la altura de la primera edición, en 1994, cuando circulaban muchos tópicos al respecto, y lo sigue siendo ahora que aparece la tercera, levemente corregida y muy aumentada, con numerosos documentos inéditos.

Levemente corregida, decía. Andrés Trapiello, muy consciente de su valer, gusta de seguir a Cernuda y acentuar lo que los demás censuran en él, seguro de que es ahí precisamente donde mejor se manifiesta su personalidad.

Con ironía responde a quienes le reprocharon la falta de rigor académico: «el libro sale de nuevo eunuco de notas bibliográficas y eruditas ya que la primera intención de estas páginas no era formar alumnos o codearse con catedráticos, cosas ambas muy gratas siempre, sino pensar en los lectores curiosos».

Pero el rigor en un trabajo de esta naturaleza no es un capricho, ni cosa de catedráticos, sino una muestra de respeto a los lectores. A Las armas y las letras le habría venido bien un editor verdaderamente profesional que no le permitiera al escritor metido a historiador algunos caprichos. Un apéndice al volumen, «Las personas del drama», incluye «datos biográficos, con posterioridad a la guerra, de algunos protagonistas, así como imprescindibles referencias bibliográficas». Las fichas constan de una fotografía, nombre en negrita, fechas de nacimiento y muerte, lo habitual en estos casos. Lo que sigue a continuación no siempre es tan habitual. Tras el nombre de Clara Campoamor, por ejemplo, se nos habla de María Martínez Sierra, Constancia de la Mora, Luisa Carnés, Isabel de Palencia, Elena Fortún?, y solo muy al final de quien figura en el epígrafe. Podríamos ver en ello un desprecio hacia las escritoras, que ni siquiera merecen entrada aparte, pero se equivocaría quien pensara eso. También en la ficha de Emilio Carrere apenas se habla de Emilio Carrere, ocupando su lugar Armando Palacio Valdés y Luis de Tapia. No es la única arbitrariedad que dificulta la utilidad del libro: en la entrada de Edgar Neville se incluye un largo escrito suyo, inédito, sobre la muerte de Lorca, y no encuentra mejor lugar para mencionar un documentado estudio sobre el mismo tema de este libro (Liras entre lanzas, de José María Martínez Cachero) que una irónica alusión al final de la ficha dedicada a Francisco Guillén Salaya. Y hay pies de foto que ocupan tres páginas.

Esa caprichosa chapucería, a veces malintencionada (como todas las referencias a Ian Gibson), se encuentra compensada con el abundante material inédito, ampliamente citado o reproducido en las numerosas ilustraciones. Gracias a ello el lector puede incluso discrepar del autor. Un ejemplo: «Recuerda Vicente Aleixandre, en uno de sus Encuentros, cómo él y Luis Cernuda habían quedado citados en la manifestación del 15 de abril en la Puerta del Sol para festejar la venida de la República. Aunque Cernuda, por prurito aristocrático, que le alejaba de la muchedumbre, negara haber ido jamás a la Puerta del Sol ese día, existe una carta de Aleixandre al poeta Leopoldo Panero en la que confirmaba el encuentro y le invitaba a sumarse al festejo». Pero la carta dice: «Esta tarde, si puedes, te esperamos Cernuda y yo en Miami a las 8.

Si tienes que ir a la Puerta del Sol o adyacentes a vitorear a la tierna República, iremos los tres». Del condicional no se deduce que fueran. Pero es que además resulta incierto que Cernuda negara haber ido a la Puerta del Sol en tal fecha. No en uno de Los encuentros sino en «El poeta, en la ciudad», su colaboración al homenaje que a Cernuda le dedicó La caña gris en 1962 (incluido luego en Evocaciones y pareceres), habla Aleixandre de haber visto al poeta «gustoso en un movimiento humano: masa madrileña, la ciudad hervidora en un trance decisivo para el destino nacional». Alude, claro, sin mencionarlo expresamente, al 14 de abril. En un momento determinado, temiendo que Cernuda se sintiera molesto entre la multitud, le preguntó: «¿Quieres que nos vayamos por esta bocacalle ahora al pasar? Se puede». Y el poeta dijo no, sonriendo y dejándose ir entre la multitud. A propósito de ese artículo, Cernuda se limitó a señalar al director de la revista, Jacobo Muñoz, que siempre detestó hallarse entre la multitud y que eso le hacía sentirse mal.

Reparos menores, ciertamente, pero que acreditan que el autor escribe muchas veces de memoria y a menudo dejándose llevar por sus prejuicios. Ya he citado antes a una de sus bestias negras, Ian Gibson. En la ficha dedicada a Lorca, la mitad del breve texto se dedica a burlarse de él: «Solo recientemente se ha comprobado, tras una excavación en Víznar, que sus restos no se hallan donde se había creído durante setenta años y donde había indicado con vehemente contumacia su biógrafo Ian Gibson, quien tras la decepción ha interpretado sonadísimos zapateados exigiendo al Estado que no ceje en la búsqueda, pues de lo contrario él podría perder el juicio». Pero si desde hacía setenta años se pensaba que Lorca estaba enterrado en un determinado lugar el error no podía ser solo de Gibson, y tampoco es de él la culpa de que tan tardíamente se comprobara si estaban allí o no los restos, algo que debería hacerse de oficio ante cualquier desaparecido, y más si es como Lorca un personaje público.

Pero Andrés Trapiello, y ahí radica parte de su atractivo, no busca la objetividad a la hora de investigar. Con gusto se deja llevar por prejuicios y antipatías personales. En Juan Ramón Jiménez, todo le parece bien; en los poetas del 27, y especialmente en Alberti, todo mal. A Jorge Guillén, en la Sevilla de Queipo de Llano, le reprocha que no fuera tan valiente como Unamuno en la Salamanca de Millán Astray. Olvida que Unamuno era una gloria nacional y que en la famosa sesión del 12 de octubre llevaba, como él mismo indica en las cartas en que cuenta el incidente, «la representación del general Franco»; Guillén era solo un joven catedrático republicano y tenía que andarse con más cautela.

Insiste Trapiello en el absurdo de reprocharle a Manuel Azaña que, en tiempos de guerra, asistiera a los conciertos del Liceo. Olvida que, aparte de su derecho a gustar de la música, esa era precisamente una de sus obligaciones como Presidente: dar la impresión, en tiempos difíciles, de que la actividad cultural no se interrumpía en la zona republicana. Le reprocha algo más: «Lo normal es que un presidente de la República no pueda ganar una guerra que está perdiendo, llevando un diario y yendo al teatro». Y a continuación replica a quienes anteriormente pusimos reparos a esa afirmación: «Algunos entusiastas del personaje sostienen que Azaña pudo llevar su diario porque los sucesivos Gobiernos fueron vaciando su cargo de contenido político, hasta dejarlo en la ociosidad política más absoluta, en papeles puramente decorativos, palaciegos, besamanos y púlpito. Pero eso no debe ser así, porque incluso cuando no solo gobernaba, sino que mandaba, el volumen de sus diarios era muy abultado». Pero cuando Azaña gobernaba y mandaba (términos que no se contraponen), gobernaba y mandaba de verdad, y ahí está la labor legislativa del primer bienio republicano para demostrarlo. Reprocharle que además escribiera un diario es tan absurdo como reprochárselo al propio Trapiello, que lo escribe (y más abultado que el de Azaña y que el de nadie) a la par que sus novelas y sus poemas y sus artículos y sus investigaciones sobre tantas importantes cuestiones de historia y de literatura. A Carlos Morla Lynch, por cierto, no le reprocha que escribiera su diario, cuando debía de ocupar todo su tiempo en salvar a los miles de personas que se refugiaron en la embajada de Chile, que quedó a su cargo. Todo lo contrario: su España sufre, solo publicado en 2008, sería una de las obras fundamentales escritas durante la guerra.

Un último ejemplo de lo que un historiador jamás debería hacer. Andrés Trapiello nos aclara en pocas líneas unos de los grandes enigmas de la guerra civil, la muerte de Andreu Nin: «Fue torturado en el chalet que Constancia de la Mora e Hidalgo de Cisneros, jefe de la aviación republicana, tenían en Alcalá, y finalmente fue conducido a Valencia con el propósito de sacarlo de España y llevarlo a Moscú. Sin embargo, viendo que Nin se moría a consecuencia de las torturas, sus secuestradores evacuaron consultas telefónicas con Madrid desde La Roda, donde tenían enlaces del partido, y allí mismo lo remataron con la herramienta del coche, para enterrarlo acto seguido en la cuneta». Lo malo es que a continuación añade: «Quien relató esta historia, hijo de uno de los asesinos, acogido en la URSS tras la guerra, advirtió que negaría haberla contado. Oscuridad perpetua». Ni siquiera se toma Trapiello de decirnos si se la relató a él o a otra persona. La gran revelación se queda, por lo tanto, en mero cuento.

Casi se podría señalar una arbitrariedad en cada página (unas fácilmente enmendables, con una adecuada revisión, y otras no: forman parte de los más sólidos prejuicios del autor), y sin embargo, por paradójico que parezca, este es un libro fundamental, útil para el lector curioso, utilísimo para el historiador y el investigador de la literatura en unos años cruciales. Y es precisamente la importancia de este ciclópeo trabajo lo que hace más de lamentar sus caprichosas, y en ocasiones muy deliberadas, insuficiencias.

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