Pensamiento

La mecánica de la política, según Gabriel Albiac

El filósofo analiza en Sumisiones voluntarias los textos fundamentales del concepto moderno de poder

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La mecánica de la política, según Gabriel Albiac
La mecánica de la política, según Gabriel Albiac 
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SILVERIO SÁNCHEZ CORREDERA
¿Qué es la política? Podría responderse que la política consiste en el ejercicio del poder con el objetivo de establecer un determinado orden social. Poder no meramente etológico, sino institucional. Gobierno y sociedad civil son sus dos polos. El gobierno detentaría el poder, desde la fuerza impositiva, mientras que la sociedad quedaría organizada verticalmente, a través de una potencia constrictiva, entendida como derecho. Lo que primaría en la política sería el orden, no la justicia; ésta, en todo caso, sería un fruto posterior. Goethe valoró esta prioridad política, según parece, al declarar que prefería la injusticia al desorden.

¿Es esto todo? No, esta cruz tiene su cara, porque la política no podría funcionar exclusivamente con las fuerzas que circulan de arriba abajo, constriñendo; deberá apoyarse también en las energías que fluyen de abajo arriba, apropiándoselas o reutilizándolas o reconduciéndolas. Ésta será, muy seguramente, la parte delicada de la política, aquélla en que deviene buena o mala, es decir, aquella en que la política, el ejercicio del poder, ha de tener en cuenta los valores éticos y morales.

En el contexto de esta concepción de la que parto, la lectura de Sumisiones voluntarias ayuda, sin lugar a dudas, a profundizar en la moderna noción de política, tal como fue delineándose en los siglos XVI y XVII, en las obras de Maquiavelo (1469-1527) y Guicciardini (1483-1540), de Montaigne (1533-1592) y La Boétie (1530-1563), de Pascal (1623-1662) y de Spinoza (1632-1677). Los seis autores vienen a coincidir en una misma idea nuclear de lo político. De arriba abajo se trata para todos del uso de la fuerza y de un sistema de valores no coincidente con la moralidad. Y de abajo arriba, se trata, asimismo, en los seis casos, de la sumisión voluntaria. Maquiavelo y Guicciardini son quienes reivindican este modelo; Montaigne y La Boétie, los que analizarán este sistema de poder a la vez que reprochan a la multitud sojuzgada tanta paradójica sumisión voluntaria, y Pascal, quien no verá ya la forma de conciliar de ningún modo las exigencias de la política con los valores religiosos. A Spinoza le toca depurar conceptualmente este entramado ético-político que se ha venido gestando en la modernidad y ordenarlo en el contexto amplio de una ontología, es decir, de una teoría que explique al hombre, a la sociedad y al Estado como expresiones de una realidad natural fundamental.

Gabriel Albiac, destacado catedrático de Filosofía, agudo y profundo escritor, articulista prestigioso y conocido contertulio de la radio y la televisión, dedicó a sus alumnos de la Universidad Complutense una serie de veinticinco lecciones, en las que sitúa en su preciso contexto, con gran finura analítica y con la erudición de un magnífico historiador de la filosofía, los textos más relevantes de estos seis autores fundadores del moderno concepto de política ligado al «sujeto sometido».

En El Príncipe comprobamos que «no hay Estado sin monopolio de poder, no hay monopolio de poder sin máquina de imposición de miedo». Pero para Maquiavelo, también para el resto de autores estudiados, «la política ha de combinar la bestia con las leyes», y de esta manera no todo ha de ser regido por el miedo, que funciona muy bien en los tramos cortos en los que se desenvuelve habitualmente lo político, sino que ha de armonizarse inteligentemente con la esperanza, esquema simbólico que puede perdurar lapsos más largos de tiempo y que funciona sin gran dispendio de energía y al margen de su veracidad o falsedad. Por tanto: miedo y esperanza.

La persona del rey o del gobernante no es personalmente superior a sus súbditos, pero sí está rodeado de la imagen de poder, de funcionalidad imaginaria, que se vuelve efectivo cuando los sujetos se dejan someter. Se trata de un poder simbólico que funciona de hecho: el poder de un sujeto que se vuelve «real» por la cesión de los demás. De ahí resulta una subjetividad hinchada, un valor del monarca «antinatural», pero en eso consiste la «naturaleza» de la política. El pensamiento de Pascal, que reconoce este estado de cosas, se forjará, después de su conversión en 1654, en el interior de un dilema: o política o religión. No es posible la salvación del político. Para los valores religiosos, en el contexto de la ascética del jansenismo port-royalista, el «Yo» es odioso. La salvación sólo puede venir dada por el camino del anonadamiento del hombre ante Dios, único Otro absoluto. Los valores mundanos son pura ficción. El camino humano por el que hay que «apostar», en la esperanza de la Gracia salvífica, ha de ser la negación y no la autoafirmación. Es necedad afirmar lo que nada vale, sin Dios. Pero el gobernante no tiene otra salida que revestir su «Yo» de un gran poder. La política y la religión resultan en Pascal irreconciliables aunque, como se sabe, no todos en Francia se han vuelto jansenistas: tanto el cardenal Richelieu como los jesuitas se encargarán de encontrar un camino de conciliación entre los valores políticos y los religiosos, plegándose los unos a los otros según convenga.

La tarea del político para Spinoza es la de ponerse en el lugar del Estado. Los particulares se hallan enfrentados entre sí al entrar en conflicto sus deseos y apetitos. Se hace preciso un sistema normativo de derecho, que esté basado en la fuerza, la potencia y el sometimiento. Ahora bien, en el gobierno puede preponderar el miedo, útil en las sociedades esclavas o vencidas, pero puede también prevalecer la esperanza, más acorde con las multitudes libres.

En la interpretación maquiavélica de la política, la democracia no puede durar porque, tendiendo naturalmente al desorden, es lo contrario de un Estado. Spinoza, maquiavélico también en buena medida, conoce la impotencia para moderar y reprimir los afectos, propia de la servidumbre humana. Sin embargo, el filósofo hispano-holandés muestra una posible y estrecha vía de superación: la razón. La democracia, en este sentido, sería el mejor de los gobiernos, el más racional, porque permite mayores libertades, lo que significa que en la democracia los sujetos pueden ordenar sus vidas más conforme a la actividad de la razón y menos siguiendo el exclusivo mecanismo de los apetitos pasionales. Pero, ¿podrá la razón algo frente al enorme peso de la servidumbre humana?

Resta además resolver el tema de la relación con Dios. El «Deus sive Natura» de Spinoza se concibe ya muy distinto del modelo teísta, ya sea el de Pascal o el de Richelieu, al destruir la idea de que Dios pueda actuar buscando alguna finalidad, mero prejuicio de nuestra subjetividad. Racionalmente, Dios no nos ama ni busca nuestra salvación.

El libro de Albiac contiene otros muchos ricos análisis, más allá de este hilo argumental que acabo de extraer. Su lectura sirve, desde luego, para no confundir lo genuinamente político, gubernamental: el orden, con el ideal moral de justicia. Una última reflexión nos resulta obligada: aunque las energías democráticas de los dos últimos siglos que circulan de abajo arriba pudieran indicar una negación de este concepto de política, los fenómenos históricos reales parecen indicar que la mecánica esencial de lo político sigue siendo la que describió Maquiavelo. Es verdad que las energías ético-morales persiguen modelos racionales, en términos de libertad y de igualdad, pero ya se ve que esta racionalización se encuentra con muchos obstáculos. Spinoza señalaría, con todo, que lo racional es no desfallecer.

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