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La gente, los versos, la vida

El placer de la lectura discontinua y fragmentaria del diario neoyorquino de Hilario Barrero

04.06.2013 | 01:52
Nueva York a diariohilario barreroImpronta. Gijón, 2013
Nueva York a diariohilario barreroImpronta. Gijón, 2013

Se ha dicho que la novela es un saco donde cabe todo; lo mismo se podría decir, y con tanta o más razón, del diario, un género de moda en la literatura española, que cuenta con sus apasionados partidarios y con sus no menos decididos detractores.
Como los libros de poesía o de aforismos, los diarios son de lectura discontinua, al contrario que las novelas. Una novela se empieza a leer por el principio; un libro de poesía o de aforismos o un diario, por cualquier parte. La novela se termina de leer cuando se llega al final; los otros libros tienen su principio y su final en cualquier página. Quizá por eso se dirigen a distintos tipos de lectores y raros son los que disfrutan con igual pasión de ambos géneros.

Si cualquier obra literaria contiene un autorretrato del autor, en los diarios eso se hace más evidente. Los del poeta Hilario Barrero están llenos de gente, a menudo con nombre y apellidos, de libros, de viajes, de música, del vivir de cada día y de las rememoraciones de otros días idos para siempre.

La cotidianidad de Hilario Barrero transcurre en Nueva York, donde reside desde hace más de treinta años, y buena parte del atractivo de sus entregas diarísticas -como el de las mejores películas de Woody Allen- se debe al cosmopolita, cambiante, inagotable escenario. La memoria nos lleva a una ciudad muy distinta, Toledo, donde nació, donde transcurrió su infancia y su juventud.

Pero hay también otros reiterados lugares, como Gijón o Tuy, para el presente, o la Barcelona de las primeras rebeldías, en los años finales del franquismo.

Los apuntes costumbristas de Hilario Barrero destacan por la precisión y la agudeza de su mirada. De sus diarios se puede entresacar una guía del Nueva York de hoy y otra del Toledo de ayer.

Se puede entresacar una guía y también muchas otras cosas, como una antología poética. Sus diarios están llenos de breves poemas de lengua inglesa, por lo general de autores poco conocidos del lector español, que se traducen con verdad y belleza.

Sin por ello desmerecer a ninguno de los cinco tomos anteriores (el primero Las estaciones del día, se publicó hace ahora diez años), podemos decir que Nueva York a diario es el más variado, el más intenso, el más conseguido.

Aquí está todo lo que el lector de los diarios de Hilario Barrero espera encontrar -los viajes en metro, ese inagotables observatorio de la variedad humana, los generosos retratos de amigos, la vida en el aula, las impresionistas anotaciones de ambiente- y muchas cosas más, como la crónica de un viaje a Italia siguiendo las huellas de otro juvenil viaje iniciático, o las melancolías de quien sabe que la manriqueña estación final de senectud está cada vez más cerca.

Cita Hilario Barrero una frase de Dorothy Parker que se puede aplicar a muchos diaristas, pero no a él: «Lo primero que hago cada mañana es lavarme los dientes y afilarme la lengua». Él prefiere el elogio cordial a la ingeniosa maldad, algo que siempre agradecen los amigos, pero no siempre los lectores.

Algún lector de lengua afilada podría encontrar dónde morder en este diario. La entrada del 6 de abril de 2011 comienza preguntándose «¿El fin de una época?» y continúa con una rememoración de las muchas horas de información y placer que le proporcionó The New York Times: «Era un gozo y me ha dejado unas imágenes vividas, unos olores intensos y una luz especial cuando lo leía los fines de semana en las mañanas frías de invierno junto a la ventana, viendo nevar, o en las luminosas mañanas de verano sentado en la terraza con Manhattan al fondo». Pero a pesar de su lírico canto «al olor y al calor de la tinta» resulta que, en cuanto comenzó a publicarse en Internet, dejó de comprarlo, «como hicieron muchos lectores». Y tanto se acostumbró a la gratuidad que, al anunciar que se cobrará por tener acceso online a periódico, entona una elegía: «Ahora comienza otra época. Y con ella terminan treinta años de fidelidad y lealtad. También termina una época de mi vida». ¡Y todo por ahorrarse unos pocos dólares! Qué mal acostumbra la gratuidad de Internet incluso a personas tan inteligentes como Hilario Barrero.

Pero no abundan los motivos de discrepancia en el bazar bien surtido de unas páginas en las que raro será el lector que no encuentre lo que busca y alguna sorpresa que no esperaba. Incluso hay en ellas lugar para los detractores de los diarios, como el amigo del autor que le envía el párrafo inicial del prefacio de Emilia Pardo Bazán a Un viaje de novios: «En septiembre del pasado año 1880, me ordenó la ciencia médica beber las aguas de Vichy en sus mismos manantiales, y habiendo de atravesar, para tal objeto, toda España y toda Francia, pensé escribir en un cuaderno los sucesos de mi viaje, con ánimo de publicarlo después. Mas acudió al punto a mi mente el mucho tedio y enfado que suelen causarme las híbridas obrillas viatorias, las Impresiones y Diarios donde el autor nos refiere sus éxtasis ante alguna catedral o punto de vista, y a renglón seguido cuenta si acá dio una peseta de propina al mozo, y si acullá cenó ensalada, con otros datos no menos dignos de pasar a la historia y grabarse en mármoles y bronces. Movida de esta consideración, resolvíme a novelar en vez de referir, haciendo que los países por mí recorridos fueran escenario del drama».

Hilario Barrero prefiere referir, dar cuenta de lo que ve, de lo que lee, de las gentes con las que se cruza, de los lugares por los que pasa, en lugar de novelar (aunque a veces utilice procedimientos propios de la ficción, como cuando pone algún fragmento en boca de un perro). Y los amantes del fragmento, de las lecturas discontinuas, de la inagotable novedad del mundo de todos los días, se lo agradecemos.

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