La expansión del sector turístico de las Cuencas

La recreación de la vida minera

El Museo de la Minería innova su oferta para seguir siendo atractivo a los miles de turistas que lo visitan cada año

11.10.2015 | 04:40
Turistas ante la entrada del Museo de la Minería.

En el cambio y las nuevas iniciativas está la oportunidad. Por eso, en el Museo de la Minería y de la Industria las ideas no dejan de brotar. Hay que compensar la pérdida del 8,9% de las visitas que se registró en 2014 con respecto al ejercicio anterior. La próxima apertura del Museo del Movimiento Obrero, equipamiento emplazado en las instalaciones del antiguo pozo San Vicente, y nuevos reclamos turísticos como el rompedor-graneador de Congreve, esperan insuflar aires de renovación a un museo que lleva abierto al público desde hace más de veinte años en la localidad de El Entrego.

El edificio principal está flanqueado por las tornapuntas de un castillete por el que discurre la jaula que comunica con la mina imagen, y construido en los terrenos de la escombrera de la mina de San Vicente en El Trabanquín, corazón de la cuenca minera del Nalón. El museo es todo un recorrido por la historia de la industria del carbón, tanto desde la perspectiva empresarial y tecnológica como social.

En el hall principal convive el siglo XVI con el XX en un espacio compartido por dos máquinas que reflejan la evolución de la tecnología empleada a lo largo de las distintas épocas. Una, que funcionaba mediante fuerza humana y otra, que usaba como fuente de energía el carbón. Ambas comparten cuatro paredes con una pieza única que no tiene rival en otros museos de España e incluso de Europa: el graneador de Congreve, construido en Birmingham en 1890. Se trata de una máquina cuya función era desmenuzar y granular la pólvora. "Una máquina maravillosa, una obra de arte que asemeja casi a una iglesia gótica", tal y como dijo en su momento Santiago González, gerente del Mumi. Como todos los artefactos que allí se alojan, este "molino gótico" tiene mucha historia. Fue construido a finales del siglo XIX por la empresa Taylor, una de las compañías con más renombre en aquellos tiempos, y adquirida posteriormente por el Ejército español para garantizar el suministro de pólvora del cuerpo de artillería y de la flota de ultramar. Una pieza que se ha conseguido después de grandes esfuerzos y que ahora completa la colección de la Casa del Explosivo en el museo.

Las naves laterales que conectan con el edificio central albergan colecciones y exposiciones, entre ellas, una notable colección de mineralogía que refleja la riqueza mineral de Asturias. En la mina imagen del museo, compuesta por una galería principal y una superior, además de talleres entre ambas, se muestran los métodos de extracción y transporte del carbón.

Pero la oferta del Museo de la Minería no concluye aquí. Este año, durante el mes de mayo unos pocos afortunados pudieron disfrutar de un trayecto en el tren minero que, cuando se haya llevado a cabo la adecuación de las instalaciones, conectará el museo con el pozo San Vicente, primera mina autogestionada por los obreros desde 1926 hasta el estallido de la Guerra Civil, que será la sede del Museo del Movimiento Obrero. La historia del pozo comenzó en 1916 cuando Carbones San Vicente se ocupó de su explotación. Las complejidades del terreno en el que se ubicaba el yacimiento, con muchos pliegues y abundante grisú, y los defectos estructurales de las instalaciones, condujeron a una importante crisis nueve años después. Ante el peligro de quiebra, el SOMA, Sindicato de los Obreros Mineros de Asturias, otorgó 95.000 pesetas al patrón para solventar los problemas que, en realidad, no llegaron a solucionarse. El patrón se fue y la mina quedó a cargo del SOMA, con Manuel Llaneza al frente. El Gobierno de Primo de Rivera les proporcionó un préstamo para poder sanear las cuentas y en 1927, el Estado se hizo cargo de la producción para destinarla a los barcos de la Marina. Los aires habían cambiado. En 1936, con el estallido de la Guerra Civil, muchos trabajadores se fueron al frente y la explotación pasó a manos del bando nacional. Hasta entonces, se había mantenido como un pozo autogestionado. En los cincuenta, con una producción limitada, Hulleras del Rey Aurelio retomó la actividad, y en los setenta, Hunosa adquirió el yacimiento como pozo auxiliar del María Luisa. Pedazos de historia que el Museo de la Minería y la Industria lleva albergando desde 1994.

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