15 de mayo de 2012
15.05.2012

Sariego renovó con las Pelayas su ofrenda de productos de la huerta

El encuentro, que se celebra desde hace 16 años, incluyó una conferencia de Ángel Medina sobre la misa de gaita

13.03.2012 | 04:22

Carolina G. MENÉNDEZ


El silencio que reina en el monasterio de las Pelayas se rompió ayer con la ofrenda de productos de la huerta que el pueblo de Sariego realiza todos los años a la comunidad benedictina. Se renovaba así una vieja costumbre que se remonta a la Edad Media y que el concejo recuperó hace dieciséis años, coincidiendo con la celebración de su milenario. En un acto «entrañable, sencillo y emotivo», como fue definido por la abadesa sor Rosario del Camino y el alcalde Javier Parajón, ambas comunidades disfrutaron de un encuentro que se desarrolla «en un clima de confianza y que tiene como objetivo recordar la historia del municipio», apuntaron.


En la iglesia, la religiosa invitó a los vecinos de Sariego a disfrutar, de la mano de Ángel Medina, catedrático de Musicología, «de algo propio de nuestra tierra: la gaita, un instrumento para inspirar sentimientos humanos como la fe». Así, el profesor de la Universidad de Oviedo habló sobre la misa de gaita, «una joya de la liturgia, de gran valor patrimonial pero desconocida por la mayoría de los asturianos». Y aunque esta expresión popular va desapareciendo, señaló el investigador, todavía hay lugares en Asturias donde perdura: Llanes, Quirós, Aller, Lena y Salas, destacó. Tras la intervención de Medina, que acompañó sus palabras con tres audiciones, un grupo de vecinos de Sariego se acercó al presbiterio portando tres cestas con alimentos de la zona preparadas por la Asociación de Amas de Casa que preside Felicita Casielles, «Tita». Esta ofrenda se encuadra dentro de una semana cultural que organiza el Ayuntamiento y que este año incluye rutas, charlas, un festival coral, unas jornadas gastronómicas y la entrega de la insignia de oro del concejo a Ángel Samalea Coto.


Los sonidos de la gaita de Llorián García interpretando una pieza del ofertorio y las voces de las religiosas que cantaron a la Santina despidieron el encuentro. Antes de abandonar el templo, las monjas entregaron a los vecinos un recuerdo de su paso por el monasterio: un marcador de hojas, un pequeño cuaderno hecho por ellas y una postal con una oración.

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