Por las caminos de Asturias

El guía

Un nuevo libro dibuja a Torcuato Fernández-Miranda como guionista de una gran película de Hollywood

05.09.2015 | 04:44
Torcuato Fernández-Miranda.

La transición en España de un sistema autocrático a otro democrático parlamentario fue un fenómeno muy complejo que se explicó de manera simplista y partidista y que, al cabo de 40 años, se ha olvidado. Una vez más la explicaron mayoritariamente desde el punto de vista de un bando mientras el otro bando se limitó a callar y asentir; pues en España, por desgracia, continúa habiendo banderías, muy remozadas a partir de la nefasta gobernación de Z. y de su equipo de activos "ingenieros sociales".

Según la explicación "políticamente correcta", la transición fue un vasto movimiento popular liderado por la izquierda que obligó al franquismo a replegarse y, finalmente, a retirarse con los decrépitos miembros de lo que era conocido como "el búnker", y, de este modo, los españoles, "pudieron disfrutar de la democracia que ellos mismos se dieron". En consecuencia, como la izquierda se toma la molestia de explicar las cosas, resultó que la transición fue el resultado de la presión ejercida en las calles por la inmensa mayoría de los españoles: una posición mental perteneciente al mismo orden ideológico de quienes consideran que "república" es sinónimo de gobierno de extrema izquierda socialista y sindical, presidido por un krausista con levita, que conducirá al país a la felicidad de la dictadura del proletariado.

Digamos que todo esto es falso. A la muerte de Franco, con la excepción del Partido Comunista -muy minoritario, por lo demás-, no había ninguna izquierda organizada en España, y la aspiración de esa izquierda no era "la democracia burguesa", como despectivamente se decía, sino un régimen satélite de la URSS o, en el caso del PSOE, algo del tipo del socialismo argelino. Nadie quería la "democracia formal" si no era como paso para el triunfo de la revolución, y yo recomendaría a esos ingenuos del "centro-derecha" que casi se consideran los aliados naturales del PSOE, que leyeran su "programa máximo" para que se les pusieran los pelos de punta.

Ese "programa máximo" estuvo vigente hasta que González anunció que su formación abandonaba el marxismo como ideología de base: abandono, todo hay que decirlo, que no causó los traumas que tuvo el Partido Comunista, más que nada porque ningún socialista había leído una línea de Marx, ni siquiera en la versión descafeinada de Marta Harnecker. No obstante, durante algún tiempo el PSOE coqueteó con ser más revolucionario que el PC, tardó más tiempo en admitir la bandera bicolor como la nacional, y F. González se negó a usar corbata en su primera entrevista con el Rey, cambiándola por un jersey de cuello de cisne que habrá costado más que una docena de corbatas.

Hecho este preámbulo, recordemos que la transición no se fraguó en las calles al son de "La Internacional", sino en despachos y cancillerías donde personas que sabían lo que se traían entre manos estaban poniendo, con firmeza y cuidado, los primeros ladrillos del cambio político.

Entre las personas procedentes del franquismo que abrieron las puertas a un sistema parlamentario se contaba en primera fila el profesor asturiano Torcuato Fernández-Miranda, nacido en Gijón en 1915. Fernández-Miranda, el único asturiano que ocupó la Presidencia del Gobierno, junto con Posada Herrera el siglo anterior, era un hombre discreto y prudente, cualidades magníficas para un político eficaz. En ningún momento pretendió alzarse con el liderazgo de la derecha de manera estridente como Fraga Iribarne, sino que hizo "lo que el Rey me ha pedido", según se titula uno de los libros sobre su trayectoria política, escrito por Pilar y Alfonso Fernández-Miranda. Otro miembro de su familia, Juan Fernández-Miranda, sobrino nieto del biografiado, acaba de publicar un nuevo libro sobre Torcuato Fernández-Miranda titulado "El guionista de la transición. Torcuato Fernández-Miranda, el profesor del Rey", también en Plaza & Janés.

Aunque tratan del mismo personaje con rigor que no excluye el afecto, "Lo que el Rey me ha pedido" y "El guionista de la transición" son dos libros muy diferentes en lo que al enfoque historiográfico se refiere e incluso en la presentación del biografiado. El primero de ellos, publicado en 1996, es un trabajo histórico muy completo en el que se presenta a Fernández-Miranda sobre el gran telón de fondo de la transición, con acopio de documentos y notas y amplio material bibliográfico. Por el contrario, "El guionista de la transición" es un libro más narrativo que histórico en el sentido convencional, o, si se prefiere, más periodístico. Se trata, de un amplio reportaje sobre unos sucesos cruciales para el futuro político de España en los que Fernández-Miranda desempeñó un papel decisivo, no siempre en la sombra, como a veces se pretende. Fernández-Miranda, de acuerdo con el título del libro, fue el guionista de una enorme película de gran presupuesto a la manera de Hollywood, que en ocasiones dirigió algunas escenas fundamentales, y a punto estuvo de ser también uno de los intérpretes protagonistas: algo así como el Charles Chaplin o el Orson Welles de la transición, que, como es sabido, escribían, dirigían e interpretaban sus películas. Pero Fernández-Miranda aceptó un papel más modesto desde el momento en que se le presentó la disyuntiva de ser Presidente de las Cortes o Presidente de Gobierno. Mas, a fin de cuentas, él era un jurista, y su lugar estaba presidiendo unas Cortes a las que, con mano firme y guante de seda, encaminó hacia su disolución. Allí, en más de una ocasión, brilló el fino humorismo del Presidente, y a estas alturas cabe preguntarse si Fernández-Miranda no preside aquellas Cortes, ¿quién lo hubiera hecho como él lo hizo? Su mano estuvo detrás del nombramiento del nuevo Jefe de Gobierno, apostando por un político joven, de procedencia ideológica dudosa, en lugar de hacerlo por políticos muy veteranos, más enérgicos como Fraga y más mesurados como Areilza.

¿Fue la de Adolfo Suárez una buena elección? Es cierto que condujo a la transición a puerto, pero con lastres gravísimos como el del "Estado de las autonomías (según mandato constitucional)" y fue más claudicante de lo que hubiera sido necesario en aquellos momentos, debido a la disparatada opinión de la derecha de que la democracia es patrimonio de la izquierda. Aunque en aquel momento estaban todos buenos para hablar: los que no procedían de Franco, habían obedecido a Stalin. Ni por babor ni por estribor se creía en la democracia parlamentaria, pero se estimó como mal menor y se tuvo en cuenta que la inmensa mayoría de los españoles en aquellos momentos no se preocupaban tanto de cuestiones de derecho político como de que no se repitiera la de 1936. Las cosas entonces eran así, ¿qué le vamos a hacer?

Fernández-Miranda no sólo fue un político hábil y leal, que hizo "lo que el Rey me ha pedido". Fue también jurista notable, catedrático y rector de la Universidad de Oviedo y autor de algunas obras (no muchas) que es lástima que Juan Fernández-Miranda sólo cite, sin hacer otras precisiones bibliográficas. Fernández-Miranda era un hombre lúcido y, sin duda, escéptico: su diagnóstico sobre su país y la sociedad en que le tocó vivir, no tan distinta de la nuestra, es para quitarse el sombrero. Le aconseja a un joven doctorando: "No olvide usted que vive en una sociedad que no ha creído nunca en la razón y cuyas clases dirigentes piensan que la ciencia sólo sirve para hacer oposiciones". Ojalá hubiéramos tenido muchos gobernantes que conocieran tan bien su país y sus clases dirigentes.

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