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Una revolución de la ciencia

Las revelaciones sobre los vínculos genéticos entre neandertales y sapiens obligan a replantearse aspectos clave de la evolución humana

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ANDRÉS MONTES Más de medio millón de años de divergencia en las líneas evolutivas que dieron lugar al homo neandertal y al sapiens se interrumpieron en algún lugar de Oriente Medio hace entre 70.000 y 80.000 años. Ahora sabemos que el cruce entre esas dos especies -si podemos mantener todavía la distinción entre ellas- fue restringido pero suficiente para dejar una huella genética en algunas poblaciones humanas actuales. Los hallazgos que incluyen el primer borrador del genoma neandertal -el 60 por ciento del conjunto total de sus genes- enreda así las ramas de un árbol evolutivo tan complejo como incompleto.

Pero este caso es algo de mayor trascendencia, no se trata de una reacomodación de linajes o de matizar cuestiones sólo aptas para quienes se dedican a desentrañar la parte de la historia de la vida que nos toca más de cerca. El descubrimiento tiene la entidad suficiente como para que algunos de los científicos que contribuyeron a ello hablen estos días de «cambio de paradigma». Aclarar ese concepto puede servir para fijar la relevancia de esta novedad paleoantropológica. Los paradigmas son los grandes ejes del conocimiento que rigen en la ciencia en un momento dado, todo aquello que delimita con certeza el terreno de juego de los científicos. Alterar esos puntales del saber provoca una revolución científica, tal y como el epistemólogo estadounidense Thomas Kuhn expone en su libro más conocido, «La estructura de las revoluciones científicas», y que proporciona toda una manera de entender el desarrollo de la ciencia. A uno de esos cambios acelerados Kuhn lo llamó «revolución copernicana», que no es otra cosa que el fin de 1.400 años de visión geocéntrica del Universo para dar paso a un modelo en el que el sol se convierte en el centro de nuestro mundo. La de ahora está lejos de aquel cambio que trastocó incluso la propia concepción del hombre. Pero no le va a la zaga en cuanto a que dinamita lo que hasta ahora era el consenso científico sobre la relación entre sapiens y neandertales. A saber: que se trata de dos especies distintas y, como tales, de su posible cruce no cabe esperar descendencia fértil.

Quienes hasta ahora atribuían ciertas peculiaridades corporales, como las detectadas en el esqueleto de un niño en el yacimiento portugués de Lagar Velho, a la hibridación de ambas especies defendían con mucho valor una posición de total marginalidad en la comunidad científica. Acercarse a esa postura incluso propiciaba dudas sobre la solvencia científica de aquellos que iban contra lo que era de común aceptación. Eric Trinkaus, uno de los más conocidos expertos norteamericanos en neandertales, hubo de afrontar los reproches de Ian Tatersall, conservador del Museo Americano de Historia Natural, quien lo acusaba de arrimarse al hallazgo de Lagar Velho para dar que hablar y reflotar su carrera de investigador. La amistad entre Trinkaus y Tatersall no sobrevivió a aquella controversia.

Los paleontropólogos siempre dejaron abierta la posibilidad de cruces entre los neandertales y aquellos sapiens salidos de África. La fuerza de la pulsión sexual en nuestra especie hace imposible descartar esos contactos. Carles Lalueza, uno de los firmantes del artículo publicado en «Science», afirmaba hace cinco años en su libro «Genes de neandertal»: «No sabemos si hubo cruzamientos entre neandertales y cromañones, pero, si los hubo, éstos debieron ser claramente minoritarios y fallidos desde un punto de vista evolutivo». Está claro que a partir de ahora habrá que reescribir muchos libros.

En la misma publicación, Lalueza recoge las intenciones de Svante Pääbo, que encabeza el equipo dedicado a descifrar el genoma neandertal, y que manifestaba que su interés no era «saber si hubo sexo entre neandertales y humanos modernos, sino en si los neandertales contribuyeron a los genes de los humanos modernos». La contestación a la cuestión formulada por el investigador es ese rastro de genes neandertales de entre un 1 y un 4 por ciento presente en el genoma de algunos humanos modernos.

Pero con esa peculiaridad del devenir de la ciencia, hallar una respuesta no da sosiego sino que multiplica los frentes de ataque del investigador. ¿Qué preguntas se abren ahora con ese cambio de paradigma? Lo primero aclarar si resulta sostenible mantener que neandertales y sapiens son especies diferentes, si ese cruce exitoso tiene la fuerza suficiente para echar por tierra algo que se podría considerar como un dogma de la biología de no ser porque en ciencia no cabe la verdad imbatible.

Otras preguntas guardan relación con nuestra propia naturaleza. El genoma neandertal es la forma que tenemos de conocernos por contraste con otra especie. Hasta ahora el genoma del chimpancé era una referencia para indagar en lo más profundo de lo que somos. Pese a la extrema proximidad, el chimpancé, con quien empezamos a diverger hace seis millones de años, no tiene la cercanía a nosotros que conserva el neandertal, quien también se ampara bajo el género humano.

Desde la perspectiva del procedimiento, el hallazgo de esos vínculos encumbra la genética como disciplina indispensable para la paleoantropología. Si hace pocas semanas Pääbo conseguía definir una nueva especie -la mujer X- sólo por sus diferencias genéticas, ahora queda en evidencia el potencial de su disciplina para trastocar los fundamentos de toda una ciencia.

Y el yacimiento de Sidrón alcanza en apenas una década una relevancia que es mérito de quienes allí investigan, empezando por el desaparecido Javier Fortea.

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