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Cine / Crítica

El deseo de lo imposible

n La película de James Gray condensa su lema vital: tomar partido

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El deseo de lo imposible
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EDUARDO GALÁN Un cuerpo desemboca en el agua. Con un «flashback» supurando pareja podrida, James Gray re-presenta a su último héroe desubicado (y que vuelve a las carnes de su actor fetiche, Joaquin Phoenix). Repite el director su principal obsesión: la familia como escenario sobre el que sus protagonistas deben tomar una decisión vital: tradición y continuismo o riesgo y ruptura.

Gray, enfrentado al posmodernismo, enfrentado al individualismo, enfrentado (en «Two lovers») a la comedia romántica, escoge siempre (buen discípulo de Coppola) la opción de la camada, de la raza. Su filmografía se recrea en esa idea; recordemos su admirable debut, «Little Odessa» (1994), donde se anticipaba a «Promesas del Este» (Cronenberg, 2007) en la utilización de una incipiente mafia rusa (tres años antes, la URSS había des-fallecido) como receptáculo ilusorio, en sustancia ya relleno de nada, al que regresar. Su segundo proyecto, «El otro lado del crimen» (2001), prorrogaba (aún en un tono más tenue, balanceado hacia los grises del «thriller») la contundencia de los argumentos de Gray en su siguiente filme, «La noche es nuestra» (2007). Agigantándose con el tiempo (revísenla, por favor), el homenaje a un cine con el que tan sólo el octogenario Lumet se empeña (y con el que nos evangelizaron humanos como Scorsese, De Palma, Coppola, Cimino, Friedkin...), se amplía también a una reflexión, tachada por ciertos imberbes de «conservadora», alrededor de la familia y su aportación a la construcción del sujeto.

Ofrece Gray la redención al Bobby Green de «La noche es nuestra» a través de la purgación (su padre muere asesinado) que sucede al pecado (haber desechado, en rebeldía, el hogar por placeres efímeros) y que le vale, como a Coppola con Michael Corleone, para demostrar que la llamada de la sangre, de la conservación del paraíso familiar, vence a cualquier canto de sirena.

El desequilibrio armónico de una mujer hitchcockiana (Paltrow) saca al Ulises de «Two lovers», Leonard Kraditor (Phoenix), del mar al que se había lanzado y le enclaustra en un dilema. Regresar a la placidez de una boda concertada con el amor cotidiano o apostar por el «amour fou» que se desnuda en una ventana del piso de arriba. Si palpamos la superficie del filme, todo señala las motivaciones previas de Gray. En ese personaje repugnado por, y abocado a, la rutina se deberían concentrar los sismólogos de la ficción para diseccionar las pulsiones de la clase media actual: sus esclavitudes (¡qué indefensión ontológica cuando se adentra en las discotecas «snob»!); su mirada bucólica, en ausencia, y asqueada, en presencia, de la antigua generación de «working class heroes»; o su ansia de una relación de pareja similar a la sus padres, entre lo maternal y lo inestable, lo seductor y lo sumiso (nada gratuito el «casting» de Isabella Rosellini), y hoy extinta.

Pero, además, el autor (tratémosle así, tras cuatro películas como realizador y guionista) desmonta con aires chejovianos los arquetipos de la comedia romántica. Mediante un barniz sombrío, melancólico, doloroso, el juego cómico que se podría establecer con tres personajes (dos mujeres, una intrusa y una habitual), sus familias y los necesarios pretendientes externos, acaba enfangándose en una serie de relaciones violentas (a la manera de la violencia de «Maridos y mujeres») que diseccionan uno de los miedos esenciales de la psique occidental: la elección (y su compañero, el descarte) de entre varias opciones aparentemente posibles.

Aunque James Gray no se queda en la descripción. Como en el resto de su carrera, elige un camino y, al hacerlo, remarca su visión de las relaciones de pareja y, por tanto, «soluciona» el dilema planteado en el arranque. Pide a sus creaciones (siendo justos, las obliga) a seguir «el ideal kierkegaardiano del amor: aprender a desear lo que es posible y a evitar la naturaleza inestable de la pasión» (cito el esencial ensayo «Yo ya he estado aquí», de Xavi Pérez y Jordi Balló). La cinta condensaría el lema vital de su director: tomar partido; bien desde la reivindicación de su concepción del amor o desde la apuesta emocionada por formalismos (casi) desterrados del mundo «Youtube». Un tono dado por muerto (al igual que el propio Lumet), una actriz considerada «out of» Hollywood (Paltrow), un actor tomado por loco (Phoenix), una revisitación de sus temáticas de referencia... numerosas decisiones de valiente que provocan que el talento abrumador de Gray les venga grande a algunos; y que empujan a distribuidores tibios a no atreverse a lanzar ¡hasta dos años después! una de las películas imprescindibles de 2008.

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