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Renovarse o morir

El XXVII Encuentro de escritores y críticos de Verines debatió sobre la literatura en la era digital, un gran desafío con peligros y ventajas

 05:50  
Vanessa Montfort.
Vanessa Montfort. a. espina
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Pendueles, Tino PERTIERRA


Escenario que ni pintado: el Archivo de Indianos. Un museo dedicado a la inmigración donde debatir sobre los nuevos rumbos rumbos de la literatura en la era digital. El XXVII Encuentro de escritores y críticos en Verines, dirigido un año más por Luis García Jambrina, dividió sus debates entre la casona de siempre en Pendueles y la casona de Colombres soñada por Íñigo Noriega Laso, más preparada para dotar a los autores de pertrechos informáticos. Allí, con una fotografía añeja de un barco cargado de miedos e ilusiones al fondo, se proyectaron imágenes de Google, poemas que cobran vida, fotografías, presentaciones en Powerpoint... internet, blogs, hipertexto, e-book, literatura digital. Un nuevo vocabulario donde las palabras de siempre buscan acomodo y oxígeno.


No se sabe lo que nos espera, pero sí se tiene la certeza de que hay que amoldarse a lo que viene. El novelista Lorenzo Silva, que vende mucho y bien, habló de «un cambio absoluto en sólo dos años, vinculado al desarrollo de los dispositivos. Nos guste o no, la tecnología nos marca el paso, y cuando le place nos acelera el proceso de forma vertiginosa». Silva se refirió a la digitalización como cambio sustancial, no meramente instru-mental. Semejante, aunque no tan intenso, a la imprenta». Defendió la «legitimidad indiscutible de la propiedad intelectual» aunque con la «necesidad de adaptarla y flexibilizar en el nuevo contexto: no vale el aquí no ha pasado nada». De ahí la «necesidad de establecer unas reglas del juego y hacerlas cumplir. El campo está lleno de puertas. Internet es un espacio vital más y renunciar a regularlo sería una anomalía insólita en la historia humana».


En cualquier caso, Silva subrayó que el libro de papel «es un soporte de gran valor añadido que puede (y sólo en esa medida debe) subsistir»; pero «defender el papel es tarea diferente de gestionar el digital, un error básico de la industria editorial». De ahí que se avecine una «transformación del viejo concepto del negocio editorial como negocio esencialmente logístico vinculado a una mercancía física, que en el digital es un servicio de valor añadido consistente en proveer legitimidad, fiabilidad, integridad y calidad del contenido, negocio que precisa de la complicidad de un consumidor que ha de ser seducido, en vez de quedar abandonado al reclamo ventajista del ofertante irregular, con ánimo de lucro o no».


El autor de raíces asturianas Martín Casariego sostuvo que «los libros digitales tienen ventajas y desventajas. Las ventajas, que ahorran costes de almacenamiento, distribución, impresión y papel. Los libros digitales pueden existir siempre, sin ocupar espacio, y con un mínimo gasto de mantenimiento (frente a los de papel, que a menudo dejan de existir, al agotarse y no reimprimirse, o al ser directamente destruidos), pudiéndose, además, adquirir desde cualquier lugar del mundo. Las desventajas, que pueden ser fácilmente pirateados». Y del dicho al hecho: «Dando vueltas a esto, Marta Rivera de la Cruz y yo hemos creado una colección, "Libr-e". La idea: libros que cuesten menos de 4 euros, con un diseño moderno y reconocible, y que ya no existan en papel».


Fernando Marías llevó el ascua a su sardina literaria al poner como ejemplo de adaptación a los nuevos tiempos su novela «El silencio se mueve», protagonizada por Joaquín Pertierra, «un personaje de ficción que gracias a internet se ha convertido en persona real». Contó cómo se planteó «la primera novela transmedia española, que lleva adosados dos páginas web y un blog», y cómo su conclusión más clara de este trabajo fue que la tecnología, la parafernalia desarrollada en la red, debía estar al servicio de la narración en vez de devorarla. De inmediato entendí que éste era el gran peligro».


En cuanto a Pertierra, el supuesto dibujante asturiano de mediados de los años setenta del siglo pasado, ha cobrado «vida» gracias al blog de Pertierra, «donde hemos creado dibujos suyos, también supuestos, lo que le ha generado esta aureola de realidad. Incluso me han llamado coleccionistas extranjeros para adquirir obra suya (que en realidad ha dibujado Javier Olivares)».


Hubo fervientes defensores de «la revolución que estamos viviendo», como Javier Celaya, y otros menos optimistas, como Jesús Badenes, convencido de que habrá una merma de la calidad. Y Neus Arqués hizo una interesante distinción: «E-book y libro no son sinónimos, los primeros, a día de hoy, ser fotocopias malas de un libro impreso». Y subrayó un cambio esencial: «La desintermediación. Internet elimina de una cadena aquello que no aporte valor». Importante: «Gestionar la visibilidad, la identidad digital. O te la creas o te la crean. Serán necesarias nuevas figuras para que el autor pueda delegar en otros esa visibilización y poder dedicarse a escribir».


El escritor asturiano Rafael Reig hizo las veces de abogado del diablo: «Todo es mentira», dijo, «quieren vendernos aparatos a 150 o 200 euros, y ¿quién se gasta ese dinero al año en comprar libros? Todo es una estrategia para vendernos los aparatitos y sacar negocio rápido y constante, porque toda esa tecnología tiene la obsolescencia programada, para que en dos o tres años haya que cambiar a otro nuevo. Es otra vuelta de tuerca a la dichosa sociedad de consumo». Reig ve bien la digitalización de determinados contenidos («el diccionario Aranzadi, por ejemplo, con un buscador y los apéndices a mano»), pero hay un dato que parece «garantizar» la supervivencia del papel: «En España un alto porcentaje de los libros que se venden es para regalar, con su tapa dura y tal. ¿Quién te va a regalar un bono para descargarte libros digitales o un USB? Queda feo».


Y feo es también el futuro de las bibliotecas públicas, «un daño colateral importante, porque son muchas las personas que no compran libros pero los leen en las bibliotecas, y no son clientes pero sí son lectores. Denfendámoslos».

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