Opinión

De Cuba al "cielo de las letras"

23.10.2015 | 10:06
Leonardo Padura, a su llegada el pasado lunes a Oviedo.

El jurado del premio "Princesa de Asturias" de las Letras 2015 ha argumentado la concesión a Leonardo Padura (La Habana, 1955) de este galardón con estas palabras: "destaca su soberbia aventura del diálogo y la libertad".

Diálogo porque Padura escribe de la realidad, del ser humano de carne y hueso -no del Ser o del hombre abstracto-, de cómo piensa, de cómo siente, de cuáles son sus esperanzas y sus frustraciones. Como buen conversador -una de las razones por las que se quedó en Cuba, cuando tanto escritor la abandonó para no volver a escribir jamás-, se comunica con sus semejantes, huye de los monólogos, tan de moda en Europa, que sólo hablan de banalidades personales de escritores acomodados y pusilánimes. Fiel a ese diálogo utiliza un lenguaje claro, sin ser docente, pero profundo, al contrario de toda la recua heredera de la filosofía idealista alemana (de Hegel a Heidegger) o de los posmodernos y su escriturismo, que parecen decirnos que sólo en la oscuridad está la profundidad ("alquimistas que transmutan la mierda en palabra", dice el maestro Mario Bunge). Lo de Padura es contar las cosas que ocurren, los conflictos entre el individuo y la sociedad, en una andadura que comenzó de la mano de Hemingway -con el que ajustó cuentas en "Adiós, Hemingway"-, para cambiarlo por Chandler, Hammett, Montalbán y Sciascia.

Respecto a la libertad, Padura tiene muy claro en qué ha de consistir: para crear otra realidad con la ficción, pero una especial, que denuncie, que indague, que nos haga preguntarnos el porqué de las cosas, donde la literatura no sea la orquesta del "Titanic", sino la banda que toque los temas de la realidad, pues el arte, la literatura, la cinematografía, para ser creativas han ser críticas. Y es que la realidad le obliga a lidiar con su tiempo -"a la altura de las circunstancias", que diría Machado-: "como escritor cargo una responsabilidad ciudadana y una parte de ella es dejar testimonio, siempre que sea posible, de arbitrariedades o injusticias cuando estas ocurren, y de pérdidas morales que nos agreden", dejó dicho en cierta ocasión. Sus novelas más conocidas son las del teniente de Policía Mario Conde, que terminó de librero de viejo. Un héroe desordenado, descontento, algo bebedor y desencantado, que arrastra su melancolía por una sociedad que ni es el infierno pintado por la gusanada de Miami, ni el paraíso de los prebostes del Partido. Una sociedad que Padura conoce muy bien desde Mantilla, el barrio de su infancia en el que sigue viviendo. Su crítica es de heterodoxo, no de disidente o hereje. Y también, cómo no, nos hablará de los logros de la Revolución, con la eliminación de la discriminación racial, la igualdad de la mujer, los altos niveles de educación, de sanidad y de la existencia de dos revistas de la Iglesia católica, "Palabra Nueva" y "Espacio Laical", que circulan con libertad.

Del resto de su producción literaria destacaría "El hombre que amaba a los perros", en la que nos narra el fracaso de un proyecto colectivo, con las figuras centrales de Trotsky y de Mercader, y también "Herejes", como búsqueda de la libertad individual del sujeto por reafirmarse en su tiempo y lugar. Pero si me he de quedar con una sola de sus obras, no lo dudaría, sería "Yo quisiera ser Paul Auster". En ella nos muestra la carga de ser escritor en una sociedad como la cubana, pues siempre aparece la pregunta sobre Cuba. Como si nacer en la isla significase que se ha de saber de todo y, además, ser futurólogo o babalao, para conocer el futuro. De ahí que le gustaría ser Paul Auster, a quien le preguntan sobre béisbol, cine y literatura -las verdaderas aficiones de Padura, además de abrir una botella de vino y hablar con los amigos- y no sobre el futuro de su país. Ya lo saben, cuando Padura acuda a Asturias a recoger su premio no le hablen de Cuba, sino de béisbol, de cine y de su literatura, se lo agradecerá.

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