Opinión | Profesor de Filosofía de la Universidad de Oviedo

Emilio Lledó, persona

23.10.2015 | 10:06
Panel de Emilio Lledó en la plaza de la Gesta.

Emilio Lledó Íñigo nace en Sevilla en 1927. Hijo de militar de la República, se traslada en la infancia a Madrid. Vive en directo un bombardeo en la Gran Vía, de cuya experiencia recuerda no sólo la muerte estremecedora con olor a pólvora sino que el polvo y la sangre también huelen. Su padre, un represaliado político sin trabajo durante el franquismo, se implica para que, un par de años atrasado, pueda cursar el Bachillerato y después en el tiempo de las cartillas de racionamiento seguir apoyándole económicamente a fin de que finalice los estudios de Filosofía y Letras en Madrid. Conoce a Julián Marías, que le influye, y se decanta por la filosofía. A la par que por lo filosófico se inclina también por la filología clásica. España contaba entonces, entre otros, con un Pavón y un Adrados, y un Tovar estaba en ciernes. Hace el servicio militar en los años en que sus lecturas de rebeldía son Ortega, Camus, Sartre, Baroja... y entrena su incipiente alemán leyendo en paralelo el "Sein und Zeit" de Heidegger y la traducción "Ser y tiempo" de Gaos (FCE, 1951), y aunque no fuera mucho lo que entonces entendiera ello le permitía huir del rancio ambiente de apuntes de mala escolástica, en donde a pesar del declinante ambiente intelectual algunas figuras se salvaban, entre ellos Zaragüeta, Mindán, Montero Díaz, L. Eulogio Palacios. El Premio Extraordinario de Licenciatura que recibe va a permitirle continuar sus estudios en la Universidad de Heidelberg (la primera estancia desde octubre de 1953 hasta finales de 1954). Se hace discípulo de Löwith, Regenbogen, Dirlmeier y Gadamer, quien a sus 53 años y en la mitad de su vida aún no había creado la Hermenéutica. En ese ambiente profundizará más en la obra de Heidegger y va decantando su propia filosofía como no heideggeriana.

Antes de volver de nuevo a Alemania ("me parecía que tenía mucho que aprender y que tenía que volver"), el mismo año que va a presentar su tesis doctoral en España, pasa un tiempo como ayudante en la Facultad de Filosofía y Letras y dando clases en la academia Arana, y un día Eloy Terrón le presenta a Federico Sánchez, el comunista más buscado del régimen franquista. Jorge Semprún, liberado ya de este alias de la clandestinidad, escribirá años más tarde: "Me acuerdo fugazmente pero con la precisión deslumbrante de las fulguraciones de la memoria de la plaza de Santa Ana en Madrid... allí escuchábamos a Emilio Lledó hablarnos del nacimiento de la filosofía en Grecia, de la invención de la democracia y de la tragedia... Sus indagaciones y divagaciones de aquellas tardes... me han ayudado a formar o reformar mi propio pensamiento".

De vuelta en Alemania, gracias a que Gadamer le ha conseguido una plaza en Heidelberg, regresa ahora con su mujer, Montserrat Macau, ella, futura catedrática de alemán, domina ya el idioma, una suerte para él que aún necesita mejorarlo. Entre idas y venidas, tras obtener una cátedra de Filosofía de instituto en 1958, pide la excedencia para regresar a Alemania hasta que en 1962 se reintegra a su plaza de Filosofía en el Núñez de Arce de Valladolid, pues, a pesar de que tanto a él como a su mujer les atrae la vida académica alemana, sienten el deber de seguir su carrera en su país, por una especie de obligación moral: "Fue esa idea nuestra, de Montse y mía, de que había que estar aquí, que había que trabajar en España". Con dos hijos ya (el tercero vendrá más tarde), el matrimonio decide acercarse a una plaza en Madrid, y consigue él una de instituto en Alcalá de Henares, pero contra todo pronóstico obtiene en ese mismo tiempo una cátedra en la Universidad de la Laguna (1964-1967)... aunque duda si le compensará aquella lejanía, pero Delibes -amigo del círculo de amistades vallisoletanas- le sacará de dudas: a la queja "¡es que está tan lejos!", responderá Delibes con sabiduría: "¿lejos de dónde?"... y se convierte de este modo con 37 años en un célebre profesor de Tenerife, tal como nos recuerda Manuel Cruz, quien todavía se considera uno de sus devotos discípulos. De Canarias pasa a la Universidad de Barcelona, años igualmente felices e intensos, hasta el fallecimiento de su mujer, de la que tan prendido estaba ( "allí tuve la experiencia más incomprensible, inaceptable y feroz... la muerte de Montse en 1971") y desde Cataluña, donde también dejará una estela de discípulos, pasa a Madrid en 1978, a la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Aquí los cursos de doctorado y los seminarios le consolarán de la falta de clases presenciales.

Cuando tiene 61 años "comienza una época importante" en su vida, según propia confesión, durante los tres años que es fellow del Wissenschatfskolleg de Berlín, una institución académica de estudios avanzados. Hasta esa fecha ha publicado 157 artículos especializados y varios libros fundamentales como "Lenguaje e historia" (1978) y "La memoria del logos" (1984). Pero según propia confesión, será a partir de 1988 cuando comenzará su época más fecunda de escritor, período donde encontramos un número igualmente cuantioso de artículos y libros como "El silencio de la escritura" (1991) o "Elogio de la infelicidad" (2005). (Para una visión general sobre su aportación filosófica, véase también el artículo en LNE: "Emilio Lledó, filósofo").

Comprometido con los avatares del presente, no rehuye pronunciarse sobre temas polémicos. Así, sobre los nacionalismos secesionistas piensa que obedecen a intereses de ciertas oligarquías territoriales, que "engañan a sus paisanos con una papilla sentimentaloide, racista, tradicionalista y patrioterista".

Profesor lector y asistente y fellow en Heidelberg y Berlín, catedrático de instituto, ayudante y después catedrático de Universidad, traductor de obras de Platón y de otros autores, miembro de la Real Academia Española (1994), reúne una buena colección de premios: el "Humboldt" (1990), el Nacional de Ensayo (1992) por "El silencio de la escritura", el Internacional Menéndez Pelayo (2004), el "Lázaro Carreter" (2007), el Nacional de las Letras Españolas (2014) y ahora el premio "Princesa de Asturias" de Comunicación y Humanidades (2015), entre otros. Es un hombre laureado, pero cualquier página de sus libros que haya aportado claridad a un concepto o alguna contribución trascendente a nuestra autocomprensión del mundo vale mucho más que todos estos premios, tan justamente concedidos.

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