Comunicación y humanidades

Un filósofo de mirada inocente que buscaba "enseñar lo mejor que sabía"

A sus 87 años, Lledó aboga por un cambio en el sistema educativo

23.10.2015 | 10:06

"Mi vida, y lo digo sin pomposidad, ha sido una modesta pasión por eso que se llama humanidades". Son palabras de Emilio Lledó, galardonado con el "Princesa de Asturias" de Comunicación y Humanidades. Un galardón que le viene "como anillo al dedo", según comentó en una reciente entrevista. "Ambas han sido, con todos los errores y aciertos que haya tenido, el fundamento de mi vida. Las humanidades son todos conceptos que han creado los seres humanos y que yo los comparo con los elementos de la materia que definieron los filósofos presocráticos: el fuego, la tierra, el agua, el aire... Hay que mimarlas".

Los que le conocen, en persona o a través de sus trabajos, sólo tienen buenas palabras hacia Lledó, su sentido del humor, su "buena planta" a sus 87 años y sus diferentes atractivos. Lledó es un filósofo que escribe sobre el placer, la amistad y la palabra, sobre asuntos cotidianos que a todo el mundo le son gratos y atrayentes. El periodista Luis Alemany, en uno de sus artículos, va más allá. "Lledó es el portador de aquella vieja promesa, a veces olvidada, de que si nos dedicábamos a leer y a estudiar acabaríamos siendo mejores personas, más dignas de ser amadas". Algo que no se ve reflejado en la sociedad y la juventud de hoy. El filósofo sevillano tiene claras cuáles son las razones y sus causas. La de más peso, sin lugar a dudas, el sistema educativo que existe actualmente en diversos países. "Vivimos en el terreno de la desesperanza; tenemos que confiar en que haya un poder político que entienda cuáles son las esencialidades de la vida ciudadana, como una escuela libre, que anime a pensar en libertad, sin yugos", señaló el galardonado. "La ignorancia se cultiva, se fomenta", prosigue el filósofo, un hombre que, a lo largo de su etapa de profesor -se jubiló en los años noventa- supo llegar al interior de sus alumnos. Fue un maestro, un mentor, un guía, aunque él no se viera así. "No tengo conciencia como maestro, sino como profesor que iba a cumplir una misión determinada, una función, una obligación, un trabajo en definitiva, aunque es verdad que quise hacer algo distinto a lo que yo había encontrado en la Universidad de Madrid en la que me formé", confesó recientemente. "Los tres años en la Universidad de La Laguna fueron inolvidables, ya que me di cuenta de que yo quería a aquellos jóvenes que se sentaban frente a mí y que ellos me querían". Aquellos años no publicó ninguna obra. Tenía otras prioridades. "Sólo preparaba las clases y creo que algunas de las mejores que he dado han estado inspiradas en aquella preparación previa, totalmente distintas de las demás". Todo lo hacía con un objetivo claro: abrir el rico horizonte que arrastra la filosofía. "Quería enseñar lo mejor que sabía", reconoció. Y el sevillano lo hacía de un modo personal, ameno, sin ceñirse totalmente al programa de la asignatura. Transmitía su saber, según apuntaron algunos de sus alumnos, "con una mirada inocente sobre el mundo, que no ingenua; una mirada limpia, desprejuiciada en la medida de lo posible". Quizás esto se debió, en parte, a que la idea del profesor que se sube a la tarima e impone cosas nunca fue de su agrado. No iba con su manera de ser. Ni en su etapa en La Laguna ni en la de Barcelona, donde impartió clase durante once años. La relación con sus alumnos siempre fue otra cosa bien distinta para él. "Éramos una familia que nos queríamos, en la que yo hacía funciones de padre o hermano mayor que enseñaba algo que a mí me interesaba y que me parecía fundamental para que ellos se enriquecieran", dijo Lledó en una ocasión. "Era un transmisor, con mayor o menor fortuna, de ese enriquecimiento". Y también de esperanza. "En el fondo, la filosofía tenía que ver con conceptos esenciales como la justicia, el bien, la sabiduría, la comunicación y la palabra"; estar intentando tocar a través de la filosofía esos grandes conceptos y que pudiera modernizar, esperanzar un eco para un futuro que estaba llegando era mi función como profesor, aunque entonces no fuera consciente de ello".

Una "función", la de transmisor de esperanza y de conocimientos, que también plasmó en sus diversas publicaciones. Para Lledó, los libros significan la memoria histórica de la vida intelectual de un país y de la vida personal de aquellos que un día decidieron escribir lo que pensaban, deseaban o buscaban. "Para una persona que no se dedique a la filosofía puede haber libros que le resulten difíciles, pero el libro filosófico es la transmisión de lo que los seres humanos han querido entender sobre las grandes cuestiones de la existencia, como la justicia, la verdad o la bondad, y también para saber qué es lo que somos, cuál es el futuro colectivo de una serie de personas que constituyen una nación, un pueblo o una humanidad. Creo que una de las grandes globalizaciones que hay que tener es la de la cultura, la del progreso intelectual", aseguró Lledó. De ahí su especialización en filosofía clásica. "Toda la cultura griega es de una riqueza tal que a mí me sorprende que aún podamos leer 'La República' o 'El Fedón' de Platón y que, después de 25 siglos, nos sigan diciendo cosas", señaló Lledó, "por eso me parece tan importante que se cultive, que cuando se enseñe a leer, también a amar el lenguaje. Ese alimento de la sensibilidad es una cosa esencial para la educación de los niños, porque si no se les abre ese horizonte, siempre quedarán ceñidos a los pequeños problemas de su personalidad, personalidad que debe enriquecerse con la lectura porque así ampliamos el diálogo que tenemos con nosotros mismos con la voz de Cervantes, de Galdós, de Lorca o de quien queramos". Palabra de un "Princesa de Asturias".

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