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Crítica

Gloria a los premios

24.10.2015 | 04:24
Los Reyes saludan al público desde el escenario junto a la orquesta.

Sin entrar en polémicas, la organización de los Premios Princesa de Asturias representa, en esencia, un reconocimiento público e internacional a la labor desempeñada por mujeres y hombres - tanto monta, monta tanto-, en pos de las aportaciones a la mejora de la sociedad a la que representan. Parte de ese reconocimiento se centra en la planificación de diferentes actividades y eventos culturales en los que la ciudad de Oviedo siempre se ha volcado y entre los que se incluye el concierto institucional que este año ha tenido como protagonista la "Misa de Gloria" de G. Puccini, con presencia de la Corona.

Obra de juventud a modo de ejercicio académico, en ella, única misa del compositor, se ensalza desde un lenguaje que anticipa la genial creatividad operística del "músico de Lucca", una idea de la trascendencia que huye de otras misas más "oscuras". Asimismo, a través de un lenguaje lleno de expresividad, se alaba el positivismo afincado en la europea de finales del siglo XIX.

Enmarcado por la interpretación del Himno Nacional y el Himno de Asturias, que suscitaron aplausos y reconocimientos en el auditorio, el trabajo realizado por Marzio Conti con la "Misa de Gloria" al frente de la Oviedo Filarmonía y el Coro de la Fundación, que dirige J. E. García, se caracterizó por perfilar contrastes entre las dos tradiciones que Puccini resumió en su obra: la dramática y la sacra. Así, la orquesta destacó por el uso de las dinámicas, trabajadas por secciones, lo que subrayó el papel del coro, y unos tempos que agilizaron el discurso y, en la fuga del "cum Sancto Spiritu", realzó la precisión conseguida en el discurso contrapuntístico.

En la línea de búsqueda de contrastes, sobresalió la intervención de los dos solistas. El tenor mexicano, Ramón Vargas, mostró un dominio del fraseo muy apropiado para Puccini, que en el delicado "Et incarnatus" ayudó a enfatizar el elegante y riguroso papel del coro, el cual se hizo notar durante todo el concierto. De David Menéndez se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo. En los escenarios asturianos tenemos la suerte de contar frecuentemente con su presencia; un regalo para los oídos concretado en una voz potente, flexible en las dinámicas y sin impedimentos en el registro, que acaricia cada nota dotándola de una carga emocional que trasciende al texto. Se pudo comprobar en el "Crucifixus" y en el equilibrio obtenido en el dúo del "Agnus Dei" entre el tenor y el barítono.

El concierto resultó redondo en los intérpretes elegidos y en los efectos buscados, ágil al oído. Toda una experiencia de seguridades bien recibidas en un tiempo de aparentes dudas.

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