06 de noviembre de 2016

Los Estados Unidos que dejan ocho años de Obama

Un país profundamente dividido, que ha aparcado la pretensión de hiperpotencia, elige el martes al sucesor del hombre que superó la crisis de 2008, puso la sanidad al alcance de todos y no logró salir de Irak y Afganistán

06.11.2016 | 00:15
Los Estados Unidos que dejan ocho años de Obama

"El sueño ya es Historia". Así tituló este diario el despliegue informativo con el que, el 21 de enero de 2009, daba cuenta de la toma de posesión de Barack Obama, el primer presidente negro de EE UU. Ocho años después, la "Obamanía" de 2008 ha quedado reducida a algunos carteles imprescindibles en cualquier colección de iconos contemporáneos y el juicio de los historiadores tendrá que esperar. Los medios de comunicación, mientras tanto, orientan sus focos al titánico combate que libran por la sucesión de Obama una curtida política demócrata y un francotirador diletante incrustado en las filas republicanas. El duelo singular se disputará este martes. Quien se imponga recibirá unos EE UU muy diferentes a los que dejó Bush en 2008. Entre otras cosas, porque el país está hoy mucho más dividido aún que hace ocho años. Pero esa es sólo una parte de la herencia que deja el hombre que, al grito de "Sí, Podemos", tomó Washington con una ambiciosa agenda reformista que ha superado algunos escollos y ha encallado en otros. Un político que, tras dos cuatrienios, cuenta, según las encuestas, con el respaldo del 51,5% de sus conciudadanos.

LA PROMESA: CAMBIARLO TODO

Obama se impuso con claridad en las elecciones de 2008: 52,8% de votos populares, 365 de los 538 votos electorales –los únicos que cuentan– y mayorías demócratas en el Senado y en la Cámara. Pista libre para una agenda transformadora a la que dotó de credibilidad gracias a su retórica brillante, su ágil claridad expositiva y un punto de arrogancia mesiánica.

A sus 47 años, Obama había rehuido la trampa de presentarse como un candidato de la comunidad afroamericana, con cuya cúpula política de Chicago había roto a principios de la década tras intentar saltarse la rígida jerarquía de la "nación negra". Dado que su tez volvía innecesario proclamar su negritud, Obama se había concentrado en articular un discurso reformador incoloro. En su campaña combinaba el demagógico asalto a los cielos que encandilaba a los jóvenes –"Quiero cambiar el mundo", "Vamos a cambiar la manera de hacer política en Washington"–, con la más creíble voluntad de acometer reformas sociales (sanidad, educación, fiscalidad redistributiva, lucha contra la discriminación de las mujeres) y reformas económicas (reducción "verde" de la dependencia energética, renovación de las vetustas infraestructuras, salvación de la industria del automóvil).

Como corolario, el demócrata proclamaba la necesidad de clausurar las aventuras unilaterales de Bush (Afganistán, Irak), así como su rosario de abusos (Guantánamo, tortura, cárceles secretas de la CIA), y reformular la relación de EE UU con el planeta. Adiós a la hiperpotencia, regreso a la superpotencia. Su propuesta era sustituir el belicismo "neocon" por un multilateralismo dialogante en el que primaran la diplomacia y el "poder blando". Sin descuidar, claro, la lucha contra el terrorismo yihadista, pues no podía permitirse otro 11-S.

Mano tendida, pues, al mundo islámico para que fueran los dirigentes musulmanes quienes mantuviesen a raya el yihadismo. Oriente Medio tenía que dejar de ser la línea de fractura del planeta y pasar a mero escenario regional. Mano tendida, también, a Rusia ("poner el contador a cero") para suavizar los resabios de la guerra fría, despejar las incertidumbres de la Europa excomunista y reducir los arsenales nucleares. El objetivo final era quedar libre para concentrar la planificación estratégica en Extremo Oriente, escenario previsible de una futura confrontación con China.

SE HUNDEN LOS CIMIENTOS

La tarea era ingente, máxime cuando desde 2007 el ciclo económico expansivo daba muestras de agotamiento. La burbuja inmobiliaria se desinflaba a velocidad de vértigo y la desregularización había minado los cimientos del sistema financiero. El pinchazo definitivo llegó en septiembre de 2008, a menos de dos meses de las elecciones, cuando Bush dejó caer Lehman Brothers, desencadenando un terremoto financiero. Piensen mal y acertarán. Salvar el sistema financiero mundial exigió cuantiosos desembolsos de dinero público y quebró varias haciendas nacionales, pero no disminuyó los bonus de los ejecutivos bancarios. Las consecuencias de esa transferencia masiva de dinero público a bolsillos privados fueron la crisis de la deuda, la austeridad y la miseria. Obama tendría que hacer sus reformas entre la mayor crisis desde 1929 y sin subir impuestos. Claro que, por otro lado, quedaba exento de luchar contra el desmesurado déficit público que le legó Bush.
Al finalizar el primer trimestre de presidencia de Obama, el PIB de EE UU se había contraído un 5,7% interanual. En junio, el paro rozaba el 10% y se habían destruido dos millones de empleos desde febrero. El déficit alcanzaba el 12% del PIB. Zapatero habría salido corriendo, pero Obama tenía su propia máquina de billetes que, además, imprimía dólares. Gracias a una masiva inyección de dinero en el sistema, que no ha cesado hasta hoy, aunque haya bajado de intensidad, la Reserva Federal enderezó el rumbo, aunque el paro tardaría años en situarse en el 4,9% actual. Obama reguló y reestructuró el sector financiero y lanzó un plan de choque que salvó la industria automovilística, renovó infraestructuras, impulsó las energías renovables e invirtió en educación, sanidad y nuevas tecnologías, además de transferir decenas de miles de millones a los más desfavorecidos.

QUEJAS: NO CAMBIAMOS NADA

EE UU salió de la crisis, pero, como viene siendo habitual desde hace casi medio siglo, con empleo de peor calidad y peor remunerado, en un país con un 15% de la población por debajo del umbral de la pobreza. Ahí radica una de las fuentes de insatisfacción que explican el auge de Trump o la resistencia que el socialdemócrata Sanders opuso a a Clinton en las primarias. Además, para luchar contra el seísmo de 2008, Obama recurrió a viejos pesos pesados demócratas de la era Clinton. Estos fichajes, sumados al nombramiento de Hillary Clinton, su dura rival en las primarias, como secretaria de Estado, desencantaron a la joven legión de fanáticos de Obama, que gritaron traición.

MÁS QUEJAS: UN NEGRO SOCIALISTA

La América profunda recibió de uñas a Obama. Un presidente negro y "socialista" es más de lo que pueden soportar muchos blancos patriotas, especialmente si sus empleos son cada vez peores. Y llegó el Tea Party, al que los "neocon", vapuleados en noviembre de 2008, brindaron la logística necesaria. El resultado fue una carrera frenética de los legisladores republicanos por ver quién giraba más a la derecha. Una carrera que, poco a poco, les dio el control del Congreso. Hasta que, hace unos meses, las bases desbordaron ampliamente al aparato y se entregaron a Trump.

Obama había arrancado su Presidencia con un Congreso en manos demócratas. Sin embargo, la muerte de Ted Kennedy, en agosto de 2009, dejó al partido sin mayoría cualificada (60/100) en el Senado y abrió una fisura en la fortaleza. La fisura fue grieta cuando en las legislativas de 2010, el Tea Party se hizo con la Cámara. Para entonces, Obama ya había logrado aprobar su proyecto estrella, la reforma sanitaria, aunque sin el sistema público que pretendía, y la ley de regulación financiera. Finalmente, en 2014, los republicanos se hicieron con el Senado, dejando atado de pies y manos a Obama.

LA LEYENDA NEGRA

Resulta curioso comprobar cómo los medios de comunicación mundiales, influidos por sus corresponsales en EE UU, han pasado de dedicar hagiografías a Obama a denigrarlo como un pésimo presidente. Tal vez las raíces de este cambio hayan de rastrearse en los primeros meses de la Presidencia, cuando con todos los poderes a su favor, a excepción del Supremo, Obama se forjó la imagen de arrogante.

Descalificaciones al margen, hay que situar en su haber la recuperación económica, la imperfecta reforma sanitaria, tan necesitada de ajustes, la reforma financiera, considerada tímida por muchos observadores, la reducción de la dependencia energética –a costa de impulsar el polémico "fracking" –, los compromisos de reducción de emisiones de gases invernadero (paralizados en parte por los tribunales), así como numerosas medidas sociales a favor de mujeres y minorías. El matrimonio homosexual es hoy legal en los 50 estados.

En política interior, el incumplimiento más llamativo de Obama ha sido la reforma migratoria prometida a los latinos, el escollo en el que ya tropezara Bush, junto con el hecho de que el campo de internamiento de Guantánamo siga abierto, pese a que ordenó su cierre a los tres días de llegar a la Casa Blanca. Pero el debe del 44.º presidente de EE UU no se nutre sólo de incumplimientos sino también de impotencias, aunque todavía no es posible discernir si estas responden a falta de audacia o a cortapisas atribuibles a la larga mano de los poderes fácticos. En particular de los que se alojan en los pasillos del Pentágono y de las 16 agencias de información de EE UU.

Uno de los mayores escándalos de la presidencia de Obama ha sido la revelación por el exanalista de la NSA Snowden de los gigantescos programas de espionaje de las comunicaciones interiores y exteriores. Los defensores de Obama aseguran que se trata de programas, esencialmente antiterroristas, puestos en marcha en la era Bush. También alegan que unos EE UU no belicistas tienen la obligación de prevenir las amenazas exteriores, al igual que, en aras de un combate selectivo, tienen que intensificar el empleo de drones. Estos aviones sin tripulante han multiplicado sus misiones, acusadas de imprecisión y saldadas con la muerte de cientos de civiles.

EE UU EN EL PLANETA

Ocho años después de Bush, EE UU ha perdido gran parte de la agresividad "neocon". En contrapartida, ha recaído sobre Obama –premio Nobel de la Paz en 2009, cuando aún no había mostrado sus credenciales– el aura de gobernante indeciso. Un curioso fenómeno que hace pensar en la fábula de las ranas que pidieron a Júpiter un rey y fueron engullidas por una grulla.

Obama prometió cerrar las dos guerras de Bush y no lo ha logrado. En Afganistán, donde el dominio talibán es creciente, mantiene 8.500 soldados. En Irak, país del que había retirado casi todas las tropas en 2010, hay desplegados 5.000 asesores para la lucha con los yihadistas del Estado Islámico.

Sin embargo, la política de diálogo ha dado dos grandes éxitos: el acuerdo nuclear con Irán (2015) y el inicio del proceso de normalización de relaciones con Cuba (diciembre de 2014). No obstante, la reintegración de Irán al concierto internacional ha tensado aún más las relaciones con un Israel con el que la actual Casa Blanca ha discrepado desde el primer día a propósito de los asentamientos en tierra palestina.

La voluntad de Obama de sacar a EE UU de Oriente Medio le ha hecho resistirse a intervenir directamente en la guerra civil siria, punto culminante de la mala gestión de las llamadas "revueltas árabes" por parte de la Casa Blanca. Tras obtener autorización de la ONU para, en marzo de 2011, atacar Libia (convertida en estado fallido), EE UU se topó con el veto de Moscú a repetir la experiencia en Siria, considerada por Putin zona de influencia rusa. Siria se había sumado tardíamente y, en gran parte por influencia de Washington, a la "primavera árabe". Sin embargo, todos los intentos de EE UU de forjar unas fuerzas rebeldes sólidas contra el dictador Asad fracasaron y el país se convirtió en semillero de yihadistas. Obama protagonizó en septiembre de 2013 uno de los episodios más desconcertantes de su presidencia, al anunciar ataques aéreos contra Asad por el uso de armas químicas y, a continuación, iniciar una serie de maniobras dilatorias que, con mediación de Rusia, se saldaron con el desarme químico de Damasco. Sólo tras la sorprendente eclosión del Estado Islámico en la primavera siguiente, Obama inició la actual campaña de bombardeos en Irak y Siria, un avispero con el que tendrá que lidiar su sucesor.

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