12 de agosto de 2017
12.08.2017

Como Roca firme

El triunfador de la tarde enganchó al público con un toreo armonioso y templado, mientras que Talavante tropezó en su asignatura pendiente: la espada

12.08.2017 | 10:55
Muletazo de Andrés Roca Rey al tercero de la tarde.

Segunda de Feria, tarde soleada, pero fría. Tres cuartos de entrada y expectación por ver a Roca Rey, la figura de moda. No se esperaba mucho de los Sánchez Arjona, pero al menos se dejaron torear. El trapío brilló por su ausencia, y la casta y la presencia también, aunque nos conformamos con que no se cayeran y dieran juego. En resumen, la de ayer fue una tarde de toreros y no de toros.

La plaza se preguntaba por qué se alteró el orden de la lidia, ya que figuraba en primer lugar El Fandi, y no Alejandro Talavante. La megafonía dio la respuesta. El toro correspondiente a Talavante había roto la puerta de chiqueros y él solito salió al ruedo. En la segunda parte se repuso el orden.

El Fandi ya sabemos todos quién es, un banderillero excepcional y un peón de brega con la muleta. Se mostró voluntarioso dejando pasar al toro y matando al volapié con una estocada fea. Se le concedió lo que merecía, una oreja. Bien por el presidente que se mantuvo firme en no conceder la segunda: ésta no es facultad del público sino de él. El Fandi en su segundo estuvo temerario sin convencer. Mató con media estocada y cinco descabellos. Silencio.

Alejandro Talavante tiene una asignatura pendiente: la espada. No tocó pelo porque en sus correspondientes astados falló a la hora de matar. Lástima, ya que atrás habían quedado dos faenas meritorias, sobre todo la de su segundo, quinto de la tarde, con una serie de naturales primorosos. Sabe templar y mandar. Quería ofrecer faena, no como los toreros de la víspera.

El astro, Andrés Roca Rey, era esperado por la afición con curiosidad. Y no defraudó. Lo vimos en su primero; el segundo era un buey y no tuvo otro remedio que liquidarlo. Es elegante, sereno. Se llevó el toro a los medios sin que nadie lo notara. Toreó armonioso y templado, con ese aire de maestro que es cuestión de genética. Mandando, sin apenas moverse, despacito... Mató muy bien al primero, con una gran estocada un pelín desprendida, pero el Sánchez Arjona cayó fulminado. En el segundo, lo dicho: faena anodina, menos un susto monumental con la capa en un quite, y adiós, por la puerta grande.

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