De los campos de concentración de Franco, a la Francia de la «liberté»
Oviedo, A. L.
Manuel Fernández tenía poco más de 16 años cuando empezó a luchar. «Nada más comenzar la Guerra Civil, en Ibias y en todos los sitios, empezaron a matar a los maestros de las escuelas que enseñaban a los niños y a los jóvenes a leer y a escribir. Por esa libertad perdida es por lo que yo fui a la guerra», explicaba Manuel Fernández en una entrevista a LA NUEVA ESPAÑA con motivo de la entrega de la medalla de plata del Principado.
Cuando cayó Asturias, Fernández fue hecho prisionero y estuvo en varios campos de concentración. Pero en su memoria quedaría grabado, sobre todo, el paso por uno de ellos: «Me llevaron a San Marcos, en León, aquello era un campo de exterminio», aseguraba, aún con rabia, un nonagenario Fernández en declaraciones a este periódico. «De ahí me llevaron a un batallón de esclavos. Pasando por Zaragoza, un alemán me escupió en la cara. Ese día no lo perdoné jamás: juré que tenía que vengarme».
Con esa determinación Manuel consiguió fugarse y huir a Francia, donde lo primero que hizo fue enrolarse en la Legión Extranjera, con la que le enviaron a Túnez, a hacer la guerra en África. Pero el asturiano no estaba dispuesto a luchar a cualquier precio ni por cualquier causa. Tras la derrota y el pacto colaboracionista de Pétain con Hitler, volvió a fugarse, esta vez para enrolarse con el general Leclerc, cuya Segunda División Blindada formaba parte del Ejército de la Francia Libre. «Allí nos dieron armamento moderno. Estuvimos tres meses en Inglaterra y después desembarcamos en Normandía», relataba.
En aquellos tiempos fueron miles los exiliados españoles que se enrolaron en el Ejército de la Francia Libre con una doble intención: derrotar a los nazis, para después continuar la guerra en España, luchando contra Franco. Este segundo objetivo, el de liberar a España, nunca pudieron verlo realizado, una frustración que siempre mantuvieron. «Para mí fue una desilusión muy grande no liberar a España del fascismo», reconocía Fernández.
Pero no todo fueron desilusiones. Tras desembarcar en Normandía, los de «La Nueve» -unos soldados que, según confesaba el general Dromme, eran difíciles de gobernar pero los más fieros en la lucha- llegaron hasta París escoltando a De Gaulle, que pidió expresamente ser acompañado por esos bravos soldados. Manuel, poco antes, cayó gravemente herido y no pudo entrar junto a sus compañeros. Sí lo hizo unos días después: «Llegué con una escayola en todo el tronco. Todas las enfermeras americanas, mis compañeros ... habían escrito "Vive la liberté", "I Love you". Era imposible caminar por las calles de París, todo el mundo estaba feliz. ¡Había vuelto la libertad!».
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