Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

El pueblo indiano que anima a perderse por sus caleyas

Somao da a conocer la historia de los emigrantes que partieron hacia América en busca de fortuna

El pueblo indiano que anima a perderse por sus caleyas

El pueblo indiano que anima a perderse por sus caleyas

La primera vez que se descubre Somao, en Pravia, la sorpresa de encontrarse con lo más representativo de las construcciones indianas no tiene fin. La segunda vez que se visita, la sensación es la misma y, de hecho, no cesa nunca, inclusive va a más a cada nuevo regreso a este precioso pueblo cuyas casas son auténticas joyas arquitectónicas, además de testigos pétreos de la historia de la emigración asturiana a las Américas, como se decía entonces.

Y es que, durante el primer tercio del siglo XIX y hasta principios del XX fueron muchos los barcos que, saliendo de los puertos del Norte, llevaron a Cuba, México, Argentina y en menor medida a Puerto Rico a cientos de emigrantes en busca de fortuna y de un futuro, no sólo para ellos, también para la familia que dejaban acá. Para allí partieron adultos, pero también niños de entre 10 y 17 años en unas travesías de gran dureza, asturianos que cruzarían el Atlántico sin llegar en ocasiones a puerto al fallecer en el largo viaje, entre otras causas, por la fiebre amarilla.

Otros llegaron y con los años y a base de mucho trabajo hicieron grandes fortunas, la imagen más conocida de los indianos, muchos de los cuales, además de encargar grandes casas para vivir en ellas a su regreso y con una arquitectura grandiosa que, sin duda, los identifica, también colaboraban a la mejora de su pueblo enviando dinero para ayudar a sus vecinos para mejorar o construir la iglesia o las escuelas o construir lavaderos y fuentes, con lo que al mismo tiempo el pueblo prosperaba.

Es el caso de Somao, que concentra en su territorio uno de los ejemplos más impresionantes de arquitectura indiana. Como por ejemplo y por citar algunas de estas construcciones, la casa amarilla, también conocida como la casa de la torre, mandada levantar como residencia de vacaciones por Fermín Martínez García, hijo de labradores que emigró a Cuba con 18 años como contable y a los 23 era director general del almacén de coloniales de los indianos de Somao en Cuba. También está La Casona, encargada por Gabino Álvarez, que también emigró a Cuba en 1860. Encarnación Valdés, su viuda, mandó construir en su jardín un impresionante panteón para que allí fuera enterrado su marido tras fallecer. Otras casas relevantes, y hay varias, son la casa de doña Basilisa y el chalet de El Marciel. También hay alguna en mal estado, aunque son las menos.

Luego, carreterina arriba, en una zona donde las casas de labranza conviven con alguna que otra de turismo rural, existe un mirador de lujo sobre el paisaje que, incluso en un día de invierno con amenaza de lluvia, sobrecoge por su belleza. Desde allí se ve el mar, el mismo que cruzaron camino de América los emigrantes, algunos de los cuales, incluso sin regresar, dejaron aquí su huella.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats