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Alfredo Martínez Serrano, el ovetense jefe de protocolo de la Casa del Rey, “un buen paisano” al servicio de las personas

El diplomático, que asumirá su primera embajada en breve, está considerado un entregado, fiel y comprometido servidor público de gran asturianía

Arriba, Martínez Serrano, entre los Reyes Felipe VI y Letizia.

Acostumbrado a permanecer en un discreto y eficiente segundo plano como jefe de protocolo de la Casa del Rey, el diplomático ovetense Alfredo Martínez Serrano pasó a ser protagonista esta semana de la noticia al ser reconocido por el jurado de la asociación “Amigos de Cudillero” con el galardón “Amuravela de Oro”. Un premio que toca la muy sensible fibra asturiana de un profesional curtido en destinos tan dispares como El Salvador, Egipto, Bulgaria y Arabia Saudí, y que siempre piensa y actúa (dos claves de su personalidad) contando con sus raíces.

Nacido en Oviedo el 1 de abril de 1971, casado y con tres hijos, Martínez Serrano, que dejará su cargo en unos meses para asumir la primera embajada de su carrera, está considerado un impulsor de los nuevos aires en las actividades de la Familia Real y también responsable, desde el punto de vista protocolario, de las apariciones públicas de la Princesa de Asturias desde su histórica presentación en Covadonga. Casi doce años al servicio de los Reyes, si sumamos los que ejerció como segundo jefe de Protocolo en la Casa del Rey entre 2007 y 2012, cuando trabajó con los entonces Príncipes de Asturias.

¿Y quién es Alfredo Martínez Serrano, figura de presencia transparente que hace visibles los códigos protocolarios? Quienes le conocen mejor le definen como un entregado, fiel y comprometido servidor público. Y de familia muy arraigada en el Principado. Por parte paterna procede de una familia ovetense. Su bisabuelo fue Alfredo Martínez, ministro en la Segunda República. Una familia de médicos, de vocación reformista y comprometida con lo social. La calle que sale de Plaza de América lleva su nombre.

Su abuelo paterno fue Antonio Martínez Vega, un médico muy humanista heredero de las enseñanzas de Gregorio Marañón, al que su nieto siempre reconoció como un ejemplo a seguir. Y también con calle en la capital. Y es sobrino de Jaime Martínez, recientemente fallecido, y que fue presidente de la Ópera de Oviedo.

Nombres y apellidos grabados en la placa formativa que indica en buena medida esa voluntad de compromiso social de Martínez Serrano a través de la cultura y de lazos que van más allá de lo emocional. Por parte materna también hay un fuerte vínculo ovetense: los Serrano, relacionados con el mundo de la empresa. Asturiano por los cuatro costados, pues, y también por matrimonio: su esposa, Rosa Pañeda, es ovetense. Tienen tres hijos: Rosa (16 años), Sofía (15) y Alfredo (8). Sus padres viven en Oviedo, no así sus dos hermanas.

Le describen como un hombre con muchas inquietudes, un gran enamorado de la lectura, devoto de los suyos y con una necesidad esencial de servicio público marcada por la sencillez y la entrega. Los Ilustrados Asturianos marcaron su educación: Jovellanos, Campomanes, Argüelles, el conde de Toreno, Martínez Marina, Pidal y Mon… Nombres esculpidos en la piedra del humanismo más recio y profundo. Hizo el Bachillerato en el Instituto de Salinas (sus padres fueron a vivir allí), se licenció en Derecho en la Universidad de Oviedo e inició su carrera diplomática en 1997. Se formó en Italia, Bélgica y Estados Unidos (tiene una tía estadounidense). Una cosmovisión netamente asturiana. Ocupó el cargo de jefe de servicio de asuntos parlamentarios en el gabinete del ministro de Asuntos Exteriores y ocupó la jefatura de las embajadas en Arabia Saudí, Bulgaria, El Salvador y Egipto.

Martínez, en Tapia, con su familia.

De julio de 2007 a julio de 2012 fue segundo jefe de protocolo de la Casa del Rey, siendo nombrado en noviembre de 2014 como máximo responsable del área. Su periplo diplomático le llevó a tres pilares claves de la política internacional española: Mediterráneo, Iberoamérica y Europa. Un servicio a un Estado democrático y abierto al mundo desde detrás del escenario con la máxima discreción. Hay un rasgo que destacan especialmente quienes le conocen: le gustan las personas. Poner al hombre en el centro de las cosas, no dejarse llevar sino fijarse una meta de servicio a los demás y desarrollarla con esfuerzo, dedicación y convicción. En definitiva, dicen, “un buen paisano”.

En cada uno de sus puestos, Martínez Serrano dejó una impronta claramente asturiana, respondiendo a la idea de engarzar un destino individual a otro colectivo con acciones que vinculen el pensamiento con la acción, es decir, concretar ese sentimiento de asturianía con realidades precisas. Los testigos de sus actuaciones en los destinos donde ejerció su trabajo dan fe de cómo apoyó a las empresas asturianas en Arabia Saudí, cómo luchó para que se tradujera “La Regenta” al búlgaro o cómo potenció en tierras salvadoreñas un permanente contacto con la sociedad asturiana.

Él nunca lo revelará, pero no parece casualidad que las felicitaciones navideñas de la Familia Real lleven fotos hechas en el Principado, pequeños detalles que refuerzan el vínculo de la Princesa con Asturias y que dejan constancia del amor de Martínez Serrano por una tierra con una gran historia detrás y un hermoso paisaje alrededor por el que gusta de pasear con su familia y sus amigos.

Recuerdan a Alfredo Martínez Serrano como un niño muy normal al que gustaba mucho estudiar y el deporte, familiar y con amigos que lo siguen siendo a día de hoy. Viéndose y queriéndose. Muchas ganas de aprender, mucha curiosidad y un rasgo asturiano a más no poder: la compatibilidad de estar arraigado a lo propio sin dejar de estar abierto al mundo.

Sorprendía su determinación muy temprano de servir a los demás, con un único momento de duda: dedicarse o no a la medicina. Duró hasta los 13 años. Y pronto supo que quería ser diplomático, empezando por los idiomas, algo clave para una ocupación así. Y ahora habla inglés, francés, italiano, árabe y búlgaro. Nada menos.

Este hombre que estuvo en la Casa Blanca, en el Elíseo o en grandes conferencias internacionales siempre tuvo claro que muchas enseñanzas decisivas proceden de la gente más sencilla. De sus padres, en primer lugar: valores inculcados desde el cariño y la exigencia. Luego, las que llegan de los grandes referentes intelectuales. Y un apoyo constante que las personas próximas al diplomático ensalzan como fundamental: su compañera de vida Rosa Pañeda, hija de ginecólogo y enfermera, que trabaja en la Universidad Europea de Madrid, y que le ha permitido crecer y dedicarse en cuerpo (diplomático) y alma a su trabajo. Era amiga de la hermana pequeña de Martínez Serrano.

Él tenía 24 años cuando empezaron a salir y ella, 20. Se casaron hace 23 años. Como padre, su entorno destaca que les inculca marcarse una meta y tratar de alcanzarla, un padre presente en la medida de lo posible, aunque su trabajo no siempre le permite disponer de su propio tiempo.

La diplomacia tiene mucho de sacerdocio. Cuando está con ellos da gusto verlos pasear charlando sin parar, sobre todo por Asturias, conversando de lo banal y de lo profundo, y compartir lecturas. Como le enseñaron, enseña. Lee mucho, muchísimo, devora libros.

¿Se puede rastrear sus inquietudes? Nos “chivan” alguna: el Hernán Cortés, de Madariaga; la autobiografía de Nelson Mandela; los Episodios Nacionales, de Galdós; los “Cuentos morales”, de Clarín; y muchos ensayos: Javier Gomá, Adela Cortina, Michael Sandel, Steven Pinker, Humberto Eco, Raffaele Simone, Anne Applebaum… En cada uno de sus destinos se fueron formando sustratos que conforman una personalidad en constante progreso. Se recuerda en Arabia Saudí la gran influencia que tuvo el contacto con el Islam, el conocimiento de la gran potencia del Golfo y la aproximación a las mayores reservas petrolíferas del mundo. Bulgaria le recibió en un momento clave en los Balcanes, cuando el país vivía el proceso de negociación a la OTAN y a la Unión Europea, con Simeón de Bulgaria como primer ministro. De un sistema comunista a otro democrático con el desarrollo de una clase media en un entorno de ansia de libertad. Una evolución tan parecida a la de España. En Salvador, la realidad de una comunidad de valores y un idioma con un apego a lo humano extraordinario. Y Egipto, aseguran quienes bien le conocen, le marcó profundamente: la Primavera Árabe, la caída de un régimen y la llegada de otro, un pueblo que sufre, la incertidumbre de la inestabilidad, la angustia de sobrevivir. Países sin el glamour de otros pero con una gran necesidad de ayuda. ¿Londres, París? ¡No! En El Cairo era testigo de la Historia. Lo que busca un diplomático de vocación amurallada y una esponja por mente.

De su paso por la Casa del Rey poco trasciende. Los asturianos Sabino Fernández Campo y Alberto Aza son el mejor ejemplo a seguir en cuanto a reserva se refiere (¡qué maestros!), aunque nadie de los que le conocen permanece ajeno a la felicidad que exteriorizaba su rostro en la primera visita de la Princesa a Covadonga o su primer discurso oficial en la ceremonia de los premios que llevan su nombre. El espíritu reformista, ilustrado y abierto al mundo que Martínez Serrano lleva en los genes se ha trasladado a la Casa, señalan con admiración quienes están en las claves del protocolo en las más altas esferas del Estado. La modernidad por bandera. La transparencia. El compromiso. La ejemplaridad y la austeridad. Honestidad. Una monarquía renovada para un tiempo nuevo. Un código ético sin fisuras. Una exigencia social y ética que, sin duda, respaldarían sin fisura los antepasados de Alfredo Martínez Serrano. Quienes trabajan con él lo saben y lo proclaman: estamos ante un hombre de equipo que quiere ser agente de cambio en un contexto colectivo y discreto. Y un hombre que admira profundamente al Rey Felipe VI como faro que ilumine el camino desde la preparación y la integridad. Y, para colmo de bienes, una Reina Letizia que comparte muchos valores con su jefe de protocolo, incluida la asturianía que tanto acerca, y a la que conoció por primera vez en El Salvador.

A Alfredo Martínez Serrano, admirador confeso de “Sin perdón” (Clint Eastwood), “La vida es bella” (Roberto Begnini) y “Ben-Hur” (William Wyler), y que no se cansa de escuchar a Bach, Albéniz, Falla y el arte total de la ópera italiana, se le reconoce una mente estratégica y ordenada. A buen seguro que la pandemia le ha marcado: una realidad que nos ha recordado nuestra fragilidad, nuestra dependencia de los demás. Y también la solidaridad y la capacidad de superación que permiten un espacio a la esperanza. Unido todo ello, de nuevo, a la vocación global del futuro embajador español: los países se necesitan entre sí. Razón y emoción se dan la mano en la visión humanista de un diplomático que tiene en el equilibrio el eje sobre el que gira su mundo en permanente reflexión, en continua acción.

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