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Un médico exquisito

El doctor Francisco Pañeda Cuesta (Camagüey, Cuba 1945- Oviedo, 2018) ha fallecido en Oviedo, a los 73 años, después de una grave enfermedad, que soportó durante varios meses con extraordinaria lucidez y entereza. Había nacido en Camagüey, Cuba, donde vivió con sus padres y hermanas hasta su adolescencia. Terminado el bachillerato, salió solo hacia España y se asentó en Gijón, de donde procedía su familia paterna, bajo la tutela de unas tías. Estudió en la Facultad de Medicina de Valladolid con buenas calificaciones. Realizó su formación postgraduada en el Hospital General de Asturias, como médico interno rotatorio primero y como residente de ginecología después, en un servicio modélico y en un hospital entonces puntero en nuestro país. El Hospital General otorgaba todos los años el Premio Arango al MIR más destacado en la doble faceta profesional y humana. Era un galardón a la excelencia, en cuya elección participaban todos los médicos docentes. Pañeda ganó por abrumadora mayoría ese premio en su primer año de hospital.

Durante su larga vida profesional fue sucesivamente médico ginecólogo de la Maternidad de Oviedo, jefe clínico de ginecología del HUCA y profesor asociado de la Facultad de Medicina de Oviedo. También extendió su actividad a puestos organizativos y presidió durante varios años la Asociación de Ginecología del Principado de Asturias y el comité de tumores ginecológicos del HUCA. Ayudó a traer al mundo a muchos niños, incluidos a los de su propia familia y destacó en el campo de la oncología ginecológica. Pero si amplios fueron sus méritos y habilidades quirúrgicas, mucho más importante fue su faceta médica, su trato humano con las pacientes.

Era una persona exquisita y cordial con todo el mundo, que personificaba la buena educación y el saber estar con discreción en cada lugar y momento. Para su familia fue un buen esposo y padre, como también, buen hijo y hermano. Sus nietos no olvidarán su cariño y los mayores su ayuda en las tareas escolares, porque sabía de todo y tenía paciencia para enseñar. Para quienes tuvimos el beneficio de su amistad fue buen amigo, colega, compañero, vecino. Sus grandes aficiones eran la historia y el golf, del que disfrutó especialmente los años que siguieron a su jubilación. Aunque nunca volvió a la isla, llevaba a Cuba en el corazón y recitaba de memoria los versos de José Martí: "Cultivo una rosa blanca en junio como en enero para el amigo sincero que me da su mano franca?"

Vivió su fe cristiana con amor y esperanza. Creyó que el final no está en la tierra, sino que el alma se desata para ir a la morada celestial, donde son recibidos con gozo quienes fueron fieles al mensaje divino de bondad y justicia.

Si eso es verdad, Paco debe haber alcanzado ya el destino prometido a la gente de buena voluntad.

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