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JUAN MAYORGA | Autor de la comedia "Famélica", que esta noche se representa en el Palacio Valdés

"Aún no me atrevo a llamarme director; esta labor es como seguir escribiendo"

"Los espectadores se dan cuenta muy pronto de que ellos tienen algo que ver con los personajes de 'Famélica'"

Juan Mayorga, en una imagen de archivo. RICARDO SOLÍS

Juan Mayorga (Madrid, 1965), uno de los dramaturgos más celebrados de la escena española actual, es el autor de la comedia "Famélica" que se presenta esta noche (20.15 horas) en el teatro Palacio Valdés, de Avilés. Además, como director, está ultimando los ensayos de "El cartógrafo", que Blanca Portillo y José Luis García Pérez presentan la semana que viene en el teatro Calderón de Valladolid. Atiende a LA NUEVA ESPAÑA por teléfono.

-La escritura de "Famélica" fue singular.

-Desde luego. Hubo un pacto entre la compañía "La Cantera" y yo para desarrollar este trabajo en común. El resultado de esta colaboración fue un dispositivo del que es más frecuente. Me refiero, claro, a la propia obra. Yo escribía y ellos me devolvían lo escrito después con ensayos, improvisaciones, experiencias. Todo partió únicamente de una primera escena: no había más, ni siquiera intuiciones. No sabíamos cuál iba a ser el marco en que se iba a desarrollar el espectáculo. De esta manera, los actores y el director (Jorge Sánchez) establecieron una relación íntima con la pieza. Y eso se nota.

-¿Y qué opinión tiene del resultado?

-Estoy muy contento. La producción es modesta en su aspecto externo, pero muy rico desde el punto de vista teatral. De lo que estoy convencido es de que los espectadores van a descubrir en Jorge Sánchez a un gran director de escena. Estoy muy agradecido a Juanma Díaz y a Xoel Fernández, que estuvieron desde el principio en el proyecto y también a Mabel del Pozo y Aníbal Soto, que se sumaron más adelante. "Famélica" es, desde luego, una obra de teatro singular y loca que está generando una conversación que nos parece muy interesante.

-Lo que desentrañan es el mundo del trabajo.

-Eso es. Los espectadores se dan cuenta muy pronto de que algo tienen que ver con los personajes que andan sobre las tablas. Todos nos hemos hartado de trabajar por intereses que no son los nuestros. Lo que les pasa a estos personajes es que dan un paso más: deciden crear una sociedad alternativa. Lo paradójico es que la crean en la misma empresa. Entonces vienen las dudas sobre el proyecto que están llevando a cabo y que su impulsor llama "comunista".

-Vaya.

-Todo empieza con una sociedad secreta que es partidaria de un mundo sin clases. Lo singular, ya digo, es que el impulsor de esa sociedad secreta pertenece al consejo de administración de la misma empresa.

-¿Ciencia ficción, pues?

-"Famélica" es fruto de una noche de insomnio generada por una incapacidad de alcanzar el pacto que había acordado con la compañía. Hacía tiempo que me venía rondando una idea de una sociedad secreta. Tenía la imagen de dos personas trajeadas y un tercero que se encamina hacia ellos lleno de confusión. "Adelante, Enrico", le dicen los primeros. "Yo no me llamo Enrico", responde el tercero. "Aquí sí que te llamas Enrico".

-Dijo una vez que no sabía si había escrito una comedia hasta no escuchar reír a los espectadores.

-Pues aquí, sí, la gente se ríe. Otros, sin embargo, nada. Y a los demás, maldita la gracia que les hace. Los personajes cantan "La Internacional" y hay quien desea acompañarles, otros sólo la tararean y otros sienten nostalgia de tiempos pasados de promesas incumplidas. Todo esto dando voz a una serie de personajes que no son obreros de la construcción, ni tampoco siderúrgicos.

-Esta es, quizás, su obra más política.

-Con "Alejandro y Ana", la que escribimos Juan Cavestany y yo hace tiempo. Como dice Reyes Mate en el ensayo que acompaña la edición de "Famélica": el teatro no es político por la coyuntura que defienda, lo es porque, creando asamblea, examina la vida personal y la social. "Famélica" es una obra, ante todo, sobre el mundo del trabajo, que es un escenario en el que hay mucha representación.

-¿Cómo va su trabajo en "El cartógrafo"?

-Estrenamos la semana que viene en el Calderón, en Valladolid. Estamos ahora en Madrid, ultimando el trabajo antes de coger el tren. Hemos abierto la sala de ensayos y el resultado que hemos obtenido me ha dejado contento. Trabajo con dos extraordinarios actores: Blanca Portillo y José Luis García-Pérez.

-¿Vendrán por Avilés?

-Ojalá. Merece la pena ver el extraordinario trabajo de los dos, se lo aseguro. Avilés, el Palacio Valdés, Los Canapés, forman parte de mi mapa personal; me gustaría también formar parte del mapa de Avilés.

-¿Ya le podemos poner en el cargo "director"?

-No me atrevo a llamarme así. Si se dan las condiciones que viví con "La lengua en pedazos" o "Reikiavik" podría ser feliz. En "El cartógrafo" tengo dos actores muy cómplices que me han ayudado a entender mi propia obra de otra manera, con ellos puedo dirigir que, para mí, es como seguir escribiendo, pero con algo más que la palabra: gestos, movimientos.

-Además, tiene entre manos sus ensayos completos.

-Se llama "Elipses". Corro el peligro de que quien lea la colección de ensayos piense que sólo tengo tres ideas a las que doy vueltas una y otra vez.

-Otros, ni llegan.

-A mí lo que me han aportado estos ensayos ha sido la consciencia de la distancia que existe entre el sueño que tengo del teatro y el teatro que soy capaz de escribir. Presento en este libro un horizonte que siempre me queda muy lejos.

-Es usted demasiado crítico.

-Uno tiene que ser el crítico más severo de su propia obra.

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