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Famosos y famientos

Entre las venganzas y la oscuridad de la posguerra se abrían paso las funciones teatrales y los eventos de sociedad en el Palacio Valdés

Infografía de Miguel de la Madrid que recrea una invitación de fantasía semejante a las de los bailes de la buena sociedad de posguerra en el Palacio Valdés.

"Leña en venta". Así rezaba el cartel que, en las proximidades del Teatro-Circo Somines, anunciaba al respetable el final de una época. El adiós de la sala multiusos que, con permiso del pabellón Iris, había transportado a Avilés desde el mísero teatro de la calle de la Cámara, al Palacio Valdés. Seis décadas de espectáculos se habían convertido en un escombro. Alimento para estufas y cocinas famélicas. No hubo ni tiempo de ofrecer una última función. Mal empezaba la paz.

Los huesos del viejo Somines eran algo así como la metáfora de aquella España. Solo quedaba un solar. Donde antes estuviera la pista ahora había un montón de astillas, chapas de zinc oxidadas de lo que había sido la cubierta. Trozos de bobinas y fotogramas de película, restos del telar y de algunos decorados que ya no serían más abrigo de farsa y de ilusión. Las bombas de la guerra se lo habían llevado todo por delante en 1937. La única diferencia entre el Circo y España es que él ya no tenía segunda oportunidad.

El 22 de octubre de 1937 toda la comarca de Avilés quedaba ocupada por las tropas nacionalistas que habían entrado con un tabor de regulares de Larache en vanguardia. Después de quince meses y con España aún en guerra aquí empezaba una paz que, al menos durante los años cuarenta, no fue amable. La guerra siguió muy presente en la economía, que extendió su manto negro de hambre y privaciones.

La política, sobre todo en los primeros años, volvió a ser de muerte y de venganza. En todo comparable a la del principio de la guerra, con la diferencia de su mayor duración y santificación legislativa. Los muchos huérfanos y los 1.288 presos del campo de concentración de La Vidriera encarnaban las nuevas desgracias.

En Avilés se vivía mal, entre la escasez y las cartillas de racionamiento que administraban la miseria y daban brío al fraude en suministros, pesos y medidas. Faltaba de todo, especialmente lo indispensable, desde el pan a la energía para iluminarse, desplazarse o calentar aquellos largos años de estraperlo, invierno permanente y funciones benéficas. Fue así desde el momento mismo en que callaron los cañones, cuando, entre misas de campaña y marchas falangistas, se montó un baile a beneficio del Auxilio Social. Era nueve noviembre de 1937 y esa institución estaba muy presente. En marzo del año siguiente, el grupo "Arte" de Falange Femenina de Oviedo dio una exitosa función en el Palacio Valdés con motivo de la inauguración de sus nuevos comedores. Y siguió habiendo bailes y funciones benéficas con intenciones tan urgentes como la de "reunir fondos con destino a la adquisición de calzado para los niños pobres de esta villa", el 18 de noviembre de 1939.

Pronto llegaron los años cuarenta, que fueron muy perros pero de muchos contrastes. La vida era triste y dura, pero no para todos. Había celebraciones de tronío que tenían al Palacio Valdés como salón de baile. Toda la década fue momento para los bailes más señeros, que sirvieron para exhibir a las señoritas que, en agosto, se presentaban en sociedad. Allí estaban, expuestas en pública almoneda, paseando su desafiante juventud a la puerta del teatro, antes de inventarse la "alfombra roja". Como aquellos fueron días de desfiles, los bailes caniculares eran la ocasión más principal para que los poderosos de Avilés desfilaran ante los que nada tenían.

Y era así, como se lo estoy contando. Los "probes ", en tiempo de "fame " además, tenían muy pocas diversiones. Ninguna gratis, salvo la de ir al burladero de los acontecimientos de los pudientes. Allí donde hubiera un traje largo, una boda por ejemplo, la cola llegaba mucho más lejos del vestido. La seguían un ciento de ojos asombrados, comprobando que, sin salir de Avilés, había gente que vivía como en el cine, que comía todos los días y no precisamente a base de cascarilla, algarroba o "pulgos" de patatas, y que, además, aún tenía dinero para trajes mareantes y para irse a bailar a un teatro.

El principio de los bailes de sociedad era siempre así: el desfile de las señoritas y caballeros engalanados abriéndose paso entre avilesinos que escoltaban y apretaban la comitiva a lo largo de la fachada del Palacio Valdés. Los rodeaban como en el final de la etapa reina del Tour de Francia y los miraban como a la tarta de merengue que jamás tendrían en su cumpleaños. El teatro estaba en la calle, pero en el interior también había función.

La mejor sociedad de Avilés se iba recuperando de la guerra a pesar de las duras condiciones de la paz. El Casino de Avilés, que fue incautado por los comunistas durante la contienda, volvía a tener pulso social. Mantenía un "salón de arte" y montaba pequeñas representaciones para aficionados, como los casinos de Salinas o Arnao.

El Centro Asturiano de La Habana abría subdelegación avilesina en 1941, y muy pronto destacó por sus famosos bailes de "La Batelera" y "Cuba en España", en el parque de La Exposición. Lo cultural se mezclaba con lo social y, en muchos casos, con las causas benéficas. Para dar techo a todo eso, no había mejor lugar que el teatro de siempre.

Si se trataba de puestas de largo, los bailes del Casino eran tope de gama. La junta directiva lo montaba todo con exquisito gusto y rigurosa etiqueta. En aquellas ocasiones el teatro, socialmente apocopado, era conocido como "El Valdés". Así que aquellas señoritas que desfilaban ante la fachada encontraban una sala acomodada a la medida de sus mejores ilusiones. La platea, nivelada con el escenario, se había convertido en sala de baile. El teatro, sus salas y foyeres, decorados con precisión y derroche. "Suntuoso teatro" decían las invitaciones que los socios del Casino de Avilés enviaban a toda la provincia, siempre a direcciones de confianza y a la prensa. Orquesta, servicios de bar y buffet prestos a recibir el reposo de los danzarines que debían acudir de rigurosa etiqueta. Esto es, para ellos traje, frac o esmoquin, en su defecto, traje negro, como los zapatos y la corbata de lazo, y camisa blanca. Para ellas traje largo o negro, para que todos vieran que aquella primera gala de mujer anunciaba que ya estaban en el mundo social de pleno derecho y que, en un amén, serían mozas casaderas.

Las normas se cumplían a rajatabla. Los señores socios, familias e invitados, entregaban su tarjeta-pase, y los forasteros debían de ser presentados para tener acceso a la sala. Así, una vez todos colocados, saludados y criticados por sus iguales, la orquesta podía atacar el primer bailable. Si todo había salido según lo previsto por la organización, pasarían pocos minutos de las once de la noche.

Esa buena sociedad no se limitaba a bailar. Desde el principio de los tiempos en el Palacio Valdés se habían montado obras de teatro de aficionados, con causas nobles o por disfrute del arte. La posguerra volvía a ser el principio de todo y muy pronto se retomaron las funciones de los devotos de Talía y Melpómene.

De las muchas funciones con nobles causas destaca una montada el sábado 14 de octubre de 1939. Fue algo así como la obra fundacional de la colaboración de dos personajes vinculados a la cultura de Avilés, una especie de artistas internos residentes en el teatro Palacio Valdés durante décadas. Me refiero a la función que abrió "Contra corriente" de José Víctor Carreño y cerró con el ballet "El Fantasma de la Ópera" de Fernando Wes. Una extensa función para la que Wes había hecho vestuario y decorados originales.

Fueron una pareja singular durante años. José Víctor, "Pipo", Carreño, odontólogo de profesión, era polifacético en el mundo de la cultura. Escribía teatro, novela, poesía y artículos de prensa. También dibujaba, muy diestro en la caricatura, lo que le valió una medalla en el XVII Salón Nacional de Humoristas en 1942. La década de los cuarenta vio cómo se estrenaban varias obras suyas como "El retablo de la aldea" (1940) "Marejada", "Andarina" (1941) y otras con los decorados o la escenografía de Wes como "Ardides del juego son" (1943), "El abanico de Fígaro" y "Hojas de álbum" (1945), "La ejemplar fregona" (1946) o "El alegre Serafín" (1950).

Fernando González Wes, hijo del fundador de "La Voz de Avilés", era pintor e ilustrador. Mostró su repertorio en las portadas de las revistas de "El Bollo". Durante décadas hizo trajes, escenografías y carrozas para desfiles en Avilés. Su vinculación al teatro destacó en obras de las compañías asturianas, tanto de José Manuel Rodríguez, Asturiana de Comedias o de Felipe Villa, para la que hizo escenografías que se estrenaron en el Palacio Valdés: "¡Capitán?yo!" (1942) o "Refranero" (1943) de José María Malgor, o "El Abeyón" (1943) de Eloy Fernández Caravera. Tuvo gran influencia en la escenografía de las comedias tradicionales asturianas hasta codificar los decorados de los ambientes principales: quintana, hórreo, llar, corrada, balagar y aperos varios.

Incluso en la negrura y la "fame" de la posguerra hubo lugar para que brillaran los eventos y los saberes de unos pocos. Unos a la puerta y otros en el interior del Palacio Valdés.

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