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De la universidad a la industria: el éxito del valle de silicio avilesino

El origen del ecosistema de innovación de Avilés y la renuncia a otros modelos de financiación

Los centros de investigación de la Manzana del Acero. | R. Solís

Los centros de investigación de la Manzana del Acero. | R. Solís

Avilés es una ciudad resiliente. Lo dice su capacidad de adaptación para haber superado ya dos reconversiones industriales: la primera, la de la ciudad del hollín y los humos que sufrió de lleno el impacto de una crisis energética mundial y mudó su envoltura de acero a la de los nuevos materiales, y la segunda, la del tránsito de la gran escala que da la fabricación de productos para la industria eólica, petroquímica o aeroespacial a la vida a escala nano, con la recreación de grandes procesos industriales en plantas piloto a escala reducida.

Entre una y otra etapa apenas han pasado setenta años, tres generaciones y la convulsión planetaria de un virus. Y ante todo ello, Avilés ha sido capaz de hacer crecer un ecosistema de I+D que poco tiene que envidiar a otros “Silicon Valey”. Lo certifica el director gerente de Idonial, Íñigo Felgueroso, quien esta misma semana, en la acertada propuesta de “Los martes de la innovación” de La Curtidora, celebraba el “esfuerzo de décadas” que lleva realizando la ciudad con el ánimo de hacer de la innovación un sello propio. “De las decisiones de hace años, surgieron las empresas que hoy tenemos”, sostiene Felgueroso, “y esas empresas saben que es fundamental innovar. 2020 fue el año de la consolidación”. Para descreídos, añade, el proceso aún no ha finalizado: “Sillicon Valey lleva cien años construyéndose”, zanja. Porque a los ecosistemas de la innovación hay que darles tiempo.

El origen de ese polo de I+D avilesino hay que buscarlo tres décadas atrás

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El origen de ese polo de I+D avilesino hay que buscarlo precisamente tres décadas atrás (tantas como las que cumpliría Fundación Itma, una de las patas, junto a Prodintec, que dio pie al centro tecnológico Idonial) y en otro lugar de Asturias, el campus de Mieres. Avilés realizó un esfuerzo antilocalista, dicen desde el gobierno local, cuando a finales de los años 90 se estaba diseñando otro de los sueños del “arecismo”: el campus de Barredo, levantado en terrenos de un antiguo pozo de Hunosa y financiado con fondos mineros. Frente a la Politécnica que Mieres vio nacer en 2002, en Avilés se optó por diseñar centros de investigación pegados a la industria. “Una facultad no es un polo de desarrollo”, afirman quienes hoy sostienen una parte de los frutos de la Manzana del Acero. Y no hay signos de arrepentimiento, “Fue un acierto”, insisten desde un Avilés sin campus, pero sí con Centro de Servicios Universitarios y una Cátedra de Cine, que hace tiempo desistió de la pugna por el grado de Deporte.

Y para quienes todavía alberguen una esperanza de disgregar aún más la Universidad en Asturias con improvisadas propuestas para salvar centros faraónicos sin autoridad ni dogma alguno, el mensaje que lanzan desde Avilés es contundente. “Lo de Mieres (el campus) fue a base de fondos mineros; aquí (el ecosistema de I+D) se hizo a base de creatividad y unos fondos escasos”.

En un momento en que la competencia es más entre territorios que entre empresas, la comarca avilesina se presenta al mundo como ejemplo de lo que debe ser la transformación de la Asturias industrial: la cooperación es ya tanto o más necesaria que la competencia. Funcionan los conglomerados cooperativos con ofertas complementarias engarzadas entre sí como las piezas de un reloj. El experto en crecimiento económico Richard Florida considera que “la era de la creatividad necesita desarrollar el potencial creativo de todos los trabajadores, desde el administrativo hasta el informático”. El mito del inventor solitario ya está muy descartado y la innovación se presenta como un deporte de equipo. Eso sí es un grado.

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