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Fernando Alonso Treceño

Querido Santa Claus

Vivamos como dioses, sintamos como niños y amemos como criaturas celestiales

Querido Santa Claus:

Te escribo esta carta para decirte que el mundo está atravesando un grave peligro para la humanidad, un serio retroceso espiritual, una marcha atrás imparable. Lo que parece evolución, progreso y bienestar en la práctica se traduce en un nuevo intento por convertir el ser humano en un robot de la voluntad de unos pocos, un simple cumplidor de órdenes, la pieza barata de un engranaje bien montado a escala global. El miedo a enfermar y el pánico a morir han modificado la conducta genética de una especie cuya única misión es y sigue siendo, a pesar de todo, abrazar su divinidad y regresar de nuevo al paraíso . La fría y dura realidad va ganando una imagen que duele, se encamina, a pasos agigantados, a una situación casi irreversible donde la mente, el alma y el corazón queden por debajo de la técnica, la informática y el automatismo generalizado. Muchos ya han olvidado la belleza de las cosas buenas, el bienestar de los recuerdos favorables, la satisfacción del deber cumplido, la heroica misión de soñar con las estrellas y la atracción irresistible hacia la inocencia que debe ser recuperada.

En muy poco tiempo hemos pasado de ser personas con una mirada infinita a convertirnos en sujetos pasivos que obedecen sin rechistar mandatos extraños entregando su dignidad y libertad a cambio de estar vivos.

El intento de acabar con lo bueno y permanente aumenta sin cesar la incertidumbre por el futuro inmediato, el temor al contagio,la muerte del espíritu crítico, la capacidad de analizar lo sucedido y, lo que es peor, la entrega voluntaria y sumisa a una verdad oficial que pone en grave peligro la autonomía individual y el respeto a lo sagrado.

Si seguimos por la senda que conduce a la mecanización vulgar y la supervivencia a cualquier precio y nos olvidamos de las luces sanas del despertar las posibilidades de ser ricos por dentro, luminosos por fuera y grandes en lo esencial habrán acabado para siempre.Si no recuperamos el camino que conduce al cielo, las ganas de vivir, la sonrisa fácil, el agradecimiento a lo alto y ejercemos el amor como la única medida de todas las cosas perderemos el timón de nuestro destino.

Devuélvenos la magia para seguir vivos, el misterio para seguir avanzando, el sentido de la pureza para superar los obstáculos y arduos contratiempos y la lucidez de rebelarnos contra todo intento de convertirnos en simples máquinas ambulantes, en esclavos de una realidad patética y doliente enemiga de la divinidad.

La única solución es volver a ser como niños, soñar con lo que vale, luchar como titanes contra los enemigos del alma, sentir en cada hálito el encuentro de lo eterno, amar apasionadamente sin esperar nada a cambio y, sobre todo, regresar al jardín dorado interior, un idílico lugar donde los hombres se quieren como hermanos y está prohibida la enemistad, el temor y la oscuridad.

Vivamos como dioses, sintamos como niños y amemos como criaturas celestiales: será nuestra tabla de salvación contra un mundo injusto, harto peligroso y terrible que en nombre de la ciencia y la economía mundial pretende un cambio de valores, una ruina moral y un ser humano desnudo de principios espirituales, ajeno al corazón y entregado por entero a lo efímero, burdo y trivial.

No dejes que nos lleven al matadero de una sociedad inhumana, sin derechos y sin ganas de amar. Acuérdate que somos niños que te pedimos ayuda inmersos en una vorágine muy nociva para la propia humanidad: aumentamos la fe, la esperanza y la caridad. ¡Feliz Navidad!

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