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Diario de a bordo

Los 500 esclavos negros de Menéndez (y II)

La fundación de Fort Mose, la primera comunidad de negros libres que se constituyó en territorio de los Estados Unidos

Los detractores de Pedro Menéndez le acusan de genocida, por su proceder con los franceses asentados en las costas de Florida, y a los que el avilesino combatió siguiendo el mandato de Felipe II. Esta actitud crítica para con el avilesino tiene su origen en la llamada Leyenda Negra, una campaña propagandística que núcleos protestantes europeos pusieron en marcha contra la Monarquía católica española durante el siglo XVI, y que se extendió rápidamente gracias a la imprenta. Esta campaña de descrédito contra lo español, que abarcó aspectos políticos, sociales y religiosos, y a la que hay que reconocerle un notable éxito que ha durado incluso hasta nuestros días, adolece sin embargo de vicios y defectos, especialmente en lo relacionado con Pedro Menéndez. Por un lado, oculta las actitudes y hechos protagonizados por los rivales a los que el asturiano combatió y que no son juzgados con el mismo rasero ético. Por otro, las acciones del asturiano no se contextualizan, ignorándose, deliberadamente o no, entre otras cosas las guerras de religión que asolaban Europa, las pésimas circunstancias sociales y económicas que atravesaba la población europea, así como los usos y costumbres que estaban presentes en los conflictos armados de la época.

Si ponemos todo esto en la balanza y analizamos con objetividad estos parámetros de la sociedad europea del momento, a la que franceses, españoles y portugueses, ingleses y holandeses representaban, así como sus respectivos roles y papeles en el descubrimiento y colonización de América, las cosas se equilibran bastante. Menéndez se convierte en un actor más, ciertamente muy destacado, pero con los defectos y virtudes que adornaron en general, a aquellos hombres que vivieron esa época apasionante y dura de descubrimientos, conquista y colonización. Situaciones nunca antes vividas.

Mi querido y recordado colega Juan Antonio De Blas decía, que en Historia había que distinguir entre los “ejecutores del destino” y “los grandes, o autores del destino”. “Los grandes” son los que dan las órdenes, los que hacen los encargos que determinan el devenir de las sociedades. Son los ideólogos, los que diseñan el guión. Los “ejecutores del destino” son los que aplican, los que realizan los actos encargados por los primeros. Pedro Menéndez y sus enemigos sobre el terreno de juego, serían todos “ejecutores del destino”; los actores que protagonizaron un drama cuyo guión les fue ajeno, porque no fueron ellos los que lo escribieron.

Hemos analizado en artículos anteriores las acciones de guerra del avilesino contra los hugonotes franceses en el nuevo mundo. También el asalto al fuerte español de San Mateo, en Florida, por parte de los franceses de Dominique Gourgues y de los indios timucua del cacique Saturiwa. Un ataque que significó la muerte de los cuatrocientos españoles que formaban la guarnición, más un número indeterminado de colonos con sus familias respectivas, asentados en los alrededores. Algunos españoles murieron en combate y el resto, prisioneros indefensos después de su rendición, masacrados cruelmente por los indios o directamente ahorcados por los franceses.

Hemos visto también el papel de corsarios y piratas franceses en los asaltos y saqueos a los puertos españoles del Caribe. Nos hemos detenido en el papel de Sorés, “el Ángel Exterminador”, aún recordado en Cuba por sus excesos sanguinarios en los ataques a la Habana y otros puertos caribeños. Pero en ese terreno los ingleses, a los que también combatió Pedro Menéndez aunque en menor medida, no eran más bondadosos y compasivos que los franceses, de los que tomaron el relevo en la segunda mitad del XVI. Baste recordar al corsario negrero inglés Francis Drake, y su saqueo e incendio de San Agustín, en 1586. O quizás, los sucesos de Galway, acaecidos el 9 de octubre de 1588, con motivo de la expedición de la mal llamada “Armada Invencible” a las Islas Británicas. Si ustedes se acercan algún día a esa ciudad irlandesa y visitan el cementerio de Forthill, verán en él una fosa común, con una lápida grabada con una dedicatoria a los más de trescientos marinos españoles ejecutados por orden del Virrey inglés de Irlanda, William FitzWilliam, aquel fatídico día. Eran náufragos de diferentes barcos españoles que, harapientos, hambrientos, desarmados e indefensos, lograron llegar a las costas cercanas a la ciudad. No hubo piedad. Los ingleses los masacraron y dejaron sus cadáveres abandonados en la campiña y en las playas. Tuvieron que ser los irlandeses, conmovidos por la crueldad de las ejecuciones, los que les enterraran dignamente.

Así eran las cosas en el siglo en el que nació, vivió y murió Menéndez. El avilesino fue hijo de su tiempo, con los defectos y virtudes de los hombres que protagonizaron esas terribles contiendas. Capaces de lo mejor y también de lo peor. Con luces, pero también sombras. Así fueron y así hay que verlos a todos. En el capítulo anterior, nos paramos en el análisis de los trescientos esclavos negros que Menéndez reclamaba por carta al Rey para construir las fortificaciones de La Habana, cuando el avilesino fue Gobernador de Cuba, de noviembre de 1567 hasta diciembre de 1573. Veamos ahora el papel de los esclavos negros en Florida.

Participantes en una recreación de la fundación de Fort Mose. | LNE

Participantes en una recreación de la fundación de Fort Mose. | LNE

En las Capitulaciones que Menéndez firma el 20 de marzo de 1565, para la expedición de Florida, se estipulan las obligaciones y derechos del el avilesino y de la Corona. Menéndez tiene derecho a llevar quinientos esclavos negros y la Corona la obligación de proporcionárselos. No fue esto ninguna novedad. De hecho, de las 75 Capitulaciones hechas a lo largo del XVI, en 31 de ellas se introduce la facultad de llevar esclavos negros, siendo la primera que contiene tal cláusula la concertada con el licenciado Serrano, en 1520. Pero a partir de las de Pizarro, en 1529, esta cláusula será ya constante en todas las posteriores.

En la exposición “El viaje: 450 años de vivencias afroamericanas”, que tuve ocasión de ver en la ciudad americana con motivo del 450.º aniversario de la fundación de la ciudad de San Agustín, se repasaba el papel en la historia y la cultura de Estados Unidos de este colectivo, desde los primeros negros que llegaron con los españoles. Dana Ste. Claire, historiador y director de la comisión que la organizó, afirmaba entonces tajantemente, refiriéndose a Estados Unidos, que “los primeros africanos no eran esclavos y los primeros esclavos no eran africanos”.

En realidad, los primeros hombres de origen africano que llegaron a Florida, lo hicieron antes de la fundación de San Agustín, según recoge la historiadora norteamericana Jane Landers en su libro “La nueva historia de Florida”. Ya en la expedición de Juan Ponce de León, descubridor de Florida en 1513, viajaban dos africanos libres, llamados Juan Garrido y Juan González Ponce de León.

Los primeros esclavos, fueron llevados a Norteamérica por Lucas Vázquez de Ayllón, fundador de San Miguel de Guadalupe en 1526, primer asentamiento europeo en los Estados Unidos, y situado en Georgia. También hubo esclavos africanos en otras expediciones, como en la de Pánfilo de Narváez de 1528. Uno de ellos, llamado Estevan, fue uno de los cuatro supervivientes que, con Cabeza de Vaca, vagaron ocho años por territorios norteamericanos hasta regresar a Nueva España (México).

Jane Landers apunta que, aquellos primeros esclavos, no procedían directamente de África, sino del sur de España. La mayoría de los africanos en España eran esclavos, aunque no todos lo eran.

La ley y las costumbres españolas garantizaban a los esclavos una personalidad moral y legal, así como ciertos derechos y protecciones que no se hallan en otros sistemas de esclavitud europeos o asiáticos. Tenían el derecho a la seguridad personal y mecanismos legales por los cuales escapar a un amo cruel, incluso se les permitía poseer y transferir propiedades y emprender procesos legales, lo que derivaría en el derecho a la auto-compra. Esto no significa que España, ni sus colonias en el nuevo mundo, estuvieran libres de prejuicios raciales, pero “el énfasis en la humanidad y los derechos del esclavo y la actitud indulgente hacia la manumisión reconocida en los códigos de esclavitud y los usos sociales españoles hacían posible la existencia de una significativa clase negra libre”, señala la historiadora.

En 1565, Menéndez de Avilés logró fundar la primera colonia estable en Florida, San Agustín, y aunque en las Capitulaciones se le permitía importar hasta 500 esclavos africanos, nunca se alcanzó ese número, ni de lejos. Dana Ste. Claire señala que fueron menos de 50, los que acompañaron a los primeros colonos, aunque tuvieron una gran importancia, ocupándose de tareas como la obtención de la madera para fortificaciones y embarcaciones, la puesta en cultivo de la tierra y otras, como el servicio doméstico o la ganadería.

Los esclavos negros que viajaron a Florida eran de particulares o de la Corona, asignados a la Gobernación de Florida para realizar las tareas apuntadas. Pero es interesante subrayar que, cuando Menéndez llegó a Florida, los indígenas ya tenían esclavos. Eran prisioneros de guerra de otras tribus rivales, e incluso cautivos de expediciones europeas anteriores.

Según las investigaciones del historiador canadiense afincado en Orlando, Michael Francis, el primer matrimonio cristiano del que hay registro en los Estados Unidos, fue entre los españoles Miguel Hernández, herrero y soldado de Segovia, y Luisa Ábrego, una negra libre que había trabajado de sirvienta en Jerez de la Frontera. El dato, apareció en una pesquisa por supuesta bigamia, instruida por el Santo Oficio de la Inquisición en México, en 1575. Ábrego y Hernández llegaron juntos a Florida en la expedición fundacional de Pedro Menéndez en 1565 y se casaron ese mismo año. Por tanto, la ciudad de San Agustín fue, desde su fundación, una suerte de crisol de culturas, diverso, rico en mestizaje, donde convivieron españoles, portugueses, irlandeses, ingleses, franceses, africanos e indios.

Sabemos que tanto los africanos libres como los esclavos participaron desde las primeras décadas en la defensa militar de la colonia. Este espíritu de libertad que anidó en el San Agustín de Menéndez, desde el momento de su fundación, fue el que en 1688, posibilitó la creación de la primera comunidad de negros libres que se constituyó en el territorio de los futuros Estados Unidos.

Este asentamiento de negros libres fue consolidado por un esclavo que huyó de los territorios del norte y adoptó, de forma muy significativa y simbólica el apellido Menéndez, del Adelantado avilesino. Su nombre era Francisco y tuvo una vida extraordinaria. Francisco Menéndez, que había nacido en el seno de una tribu mandinga de África occidental, fue vendido como esclavo en las colonias inglesas y posteriormente huyó a La Florida española, en donde obtuvo la libertad. Alistado como corsario al servicio de España, los ingleses vuelven a capturarlo y de nuevo lo esclavizan. Escapa por segunda vez y vuelve a Florida, donde es elegido líder, en 1738, de esa primera comunidad de negros libres que adoptó el nombre de Gracia Real de Santa Teresa de Mose. Francisco Menéndez fue el comandante militar del fuerte que la protegía. Cuando en 1763, Florida pasa a soberanía británica, Francisco Menéndez y los negros de Florida se trasladan a Cuba, en donde siguen viviendo como hombres libres.

Es curioso comprobar, cómo el día 8 de septiembre de cada año, la comunidad negra de San Agustín organiza y participa en el “Menéndez Landing”, un homenaje al Adelantado en el que se conmemora la fundación de la ciudad, cuyas normas municipales instauradas por el avilesino, propiciaron el nacimiento de ese primigenio santuario de la libertad de los negros en Estados Unidos, el primer lugar de Norteamérica en el que una comunidad negra fue libre, Fort Mose.

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