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Fernando Alonso Treceño

Sobre la carne

Los principios de una dieta exenta de muerte

La polémica suscitada hace unos días en el Gobierno de la nación no entra en el meollo del asunto, lo trata de forma muy superficial, sería bueno que alguien explicara a los afectados por la misma que en la vida hay dos clases de personas: las que comen carne y las que renuncian a ingerirla por razones sanitarias, higiénicas, espirituales, de salud y por amor a las criaturas irracionales. Hay quienes afirman quererlos mucho y no tienen ningún problema en disfrutar comiéndolos. El que dice que es carnívoro porque se alimenta de carne no sabe lo que dice; solo es carnívoro la fiera que mata a su presa en estado natural con sus propios medios para sobrevivir, como el león, el tigre o el leopardo.

Anatómica y fisiológicamente el ser humano es frugívoro, ha sido creado para alimentarse de semillas y frutas de los árboles: Génesis (1,29). La carne es un veneno lento pero seguro, es motivo de putrefacción intestinal, destruye la flora bacteriana, acarrea innumerables enfermedades, siendo la principal causa de algunas clases de cáncer, predispone a la violencia, aumenta el vicio y la mala inclinación del ánimo, es amiga del alcohol, el tabaco y otras dolencias morales. Si los que gobiernan en el mundo dejaran de comerla la sociedad estaría mucho mejor, sería más pacífica, más noble, con más elevados ideales, miraría con más frecuencia hacia el cielo. Los tóxicos y venenos que introduce en el cuerpo y en el alma son muy graves , con tendencia a generar guerras, malos tratos y una conducta agresiva y beligerante. Gandhi, Tolstoi, Wagner, Bernard Shaw, Pitágoras, Darwin, Leonardo, Newton, todos los seres espirituales, los Padres de la Iglesia, santos y profetas renunciaron a esa práctica antinatural. Cuando se ingiere la carne de un animal muerto o sacrificado también se toman las toxinas y desechos deletéreos originados por el sufrimiento de esa pobre víctima antes de morir.

No existe ninguna discusión médica al respecto: la carne mata y enferma mientras la fruta sana y regenera. Las personas civilizadas no necesitan eliminar a un ser vivo e inocente o permitir que otros lo hagan para satisfacer sus bajas pasiones e instintos. El hombre es el único ser que asesina por placer y sin ninguna necesidad en el reino de la naturaleza: el que maltrata a un animal no dudará en hacerlo con su semejante, la historia así lo demuestra.

Vivimos en una civilización materialista, consumista, hedonista, alejada de lo que vale, enemiga del espíritu, sin principios y valores. Una dieta exenta de muerte es esencial para recuperar la paz interior, la armonía y una forma de existir sobria, alegre y más feliz. Asesinando a nuestros hermanos los animales para comerlos no conduce a una realidad superior, siendo el comienzo de innumerables patologías y estados internos insoportables. La carne, como el tabaco, el chocolate, el alcohol y la droga causan adición, aunque no se crea. Si fuéramos más respetuosos con los demás seríamos mucho mejores con nosotros mismos. Según se come así se piensa. No es posible ver a un ser de luz con el estómago rebosante de restos putrefactos y malolientes. Una cosa es el placer de comer y otra muy distinta la necesidad de hacerlo como Dios manda y el organismo lo requiere. Nadie enferma por no comerla pero por digerirla junto con sus compañeros inseparables están las tumbas llenas y los cuerpos maltrechos

El padre del monacato, el abad Antonio, dijo hace mucho tiempo: “Se acerca el día en que las personas se volverán locas y, cuando vean a alguien que no lo está, lo atacarán diciendo: ‘Estas loco, porque no eres como nosotros’”.

Somos lo que comemos y la manera de alimentarnos nos indica nuestra forma de ser y de estar en el mundo. Cuando renunciemos a nuestros gustos y placeres en beneficio de los demás crearemos un ser humano a la medida de nuestra grandeza.

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