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Francisco Sánchez

Vita brevis

Francisco Sánchez

Juegos a destiempo

El bicho chino, la mercadotecnia, los “atletes” y los trajes típicos regionales

No tocaba. Ya saben ustedes que los Juegos Olímpicos son ese acontecimiento deportivo que inventó el barón francés Pierre de Coubertin para que compitieran caballeros ociosos, porque era exclusivamente para deportistas no profesionales. Así fue hasta que llegó a la presidencia del Comité Olímpico Internacional Juan Antonio Samaranch, bajo cuyo mandato y con sus auspicios se cambiaron oficialmente las reglas y los Juegos se hicieron abiertos a toda clase de deportistas, tanto aficionados como profesionales. En realidad, ya venían participando los profesionales bajo el largo mandato de Avery Brundage, pero lo hacían oficialmente camuflados, aunque era un clamor de tal entidad que hasta se inventó para ello el término de “amateur marrón”. En todo caso, lo que no cambió desde finales del siglo XIX fue que los Juegos Olímpicos se celebraran cada cuatro años, coincidiendo con los años bisiestos. Hasta ahora.

Los Juegos Olímpicos de la XXXII Olimpiada se tenían que haber celebrado el verano pasado. Así se otorgaron y anunciaron como “Tokyo 2020”. Pero llegó el bicho chino y mandó a parar. Nunca se habían suspendido unos Juegos por causa de una enfermedad, aunque sí por las dos guerras mundiales. En esas ocasiones simplemente no se celebraron en los años en que correspondía ni en ningún otro. Sencillamente no hubo Juegos. Pero esta vez se aplazaron por un año, de tal manera que se acaban de inaugurar los Juegos Olímpicos del año pasado. O sea que con un año de retraso.

Nadie quiso hablar de suprimir estos Juegos por culpa del bicho chino. De ninguna manera. Es que los “japos” ya se habían gastado una buena pasta en organizar y preparar todo y, naturalmente, querían recuperar lo más que se pudiera. Al Comité Olímpico Internacional tampoco le interesaba pasar estos Juegos en blanco, que menudo negociazo que hace con los derechos de televisión y el resto de la mercadotecnia que tiene montada. Así que decidieron aplazarlos un año, a ver si amainaba el asqueroso bicho.

Ya se ha celebrado la ceremonia inaugural de estos Juegos a destiempo. No estuvo mal, aunque sin comparación con la exuberancia de la que abrió los que se celebraron en Pekín, cuando poblaron el estadio haciendo malabares miles de chinos, porque allí les sobra personal. La verdad es que el espectáculo quedó algo soso porque las gradas del estadio estaban vacías, como medida para que no se expandiera el morciguillo chino. A pesar de los efectos especiales de luces, se notaba bastante que no había público, sino que este era imaginario, aunque le saludaran vanamente los atletas que desfilaban. Estuvo entrañable la llegada de la antorcha con sus relevos, que es una ceremonia que se realiza desde la Olimpiada hitleriana de Berlín de 1936, que fue también la primera que se grabó por la innovadora y creativa fotógrafa y cineasta Leni Riefenstahl para su difusión.

Como todas las de su clase, esta ceremonia de apertura de los Juegos es un poco cansina. Unos arrean unos discursos de mucho hablar y poco decir, y antes desfilan las delegaciones de los atletas, que son más que los países que hay en la ONU, aunque se eche en falta a la Ciudad del Vaticano, que bien podría concurrir porque tiene clérigos que hacen deporte y, además, al viejo estilo olímpico, amateur. Para esta ocasión el Comité Olímpico Internacional hizo dos recomendaciones a las delegaciones participantes, como cosa novedosa. Una de ellas era que portaran la bandera de cada país una atleta y un “atleto”, olvidándose de “les atletes”, que es cosa que tendrá que remediar para la próxima.

La otra recomendación fue que los atletas vistieran sus trajes típicos regionales, al modo de los Coros y Danzas de la Sección Femenina de doña Pilar Primo de Rivera, que fue la culpable con ello de la aparición de las autonomías. Ningún país europeo siguió esta recomendación, que prefirieron vestir a sus atletas con prendas de diseño elegantísimas, como los españoles. Sólo la secundaron algunos países africanos y oceánicos, que sacaron a sus atletas semidesnudos y vestidos como salvajes. Ni a Hitler se le ocurrió semejante idea para sus Juegos Olímpicos.

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