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Camino de Santiago: universal desde lo local

Consideraciones castrillonenses sobre la importancia de la ruta jacobea

El tramo del Camino de Santiago que atraviesa Castrillón es el único Bien Patrimonio de la Humanidad que posee el concejo. Es una realidad que nos sitúa en el mundo y un privilegio que comporta estimación y receptibilidad hacia todo cuanto signifique su promoción y desarrollo. El tramo del camino real de la costa que desde San Cristóbal se adentra en Castrillón por Coto Carcedo, atraviesa La Plata y todo el valle de Quiloño, continúa por El Ventorrillo, se introduce en el casco urbano de Piedras Blancas recorriendo las calles Fruela, Pablo Iglesias y Nuberu, transita hacia la sierra de El Cordel y desde La Lloba desciende hacia Santiago del Monte, abandonando nuestro concejo por El Cueplo, en dirección al vecino concejo de Soto del Barco, nos sitúa ante lo universal al posibilitar que un mundo entero atraviese nuestro concejo y pueda llevarse recuerdos de su tránsito por él.

Es en esa dialéctica entre lo universal y lo local en la que deberíamos situar en la coyuntura actual las acciones sobre el Camino y el impulso a las medidas que de ellas se deriven, porque resaltar la particularidad de cada territorio contribuye a consolidar el principio de universalidad que rige en el Camino como realidad. En cambio, cimentar cualquier estrategia de promoción del Camino en la obstinación por la diferencia conduce a personalismos sin sustancia que desvirtúan su propia materialidad. De igual modo que entre los siglos VIII y XII el flujo de viajeros de “los caminos” sirvió para vertebrar el llamado “regnum christianum” como una realidad superpuesta a la fragmentación de cada enclave por el que se transitaba y al propio espacio político al que cada uno de ellos pertenecía, así en la actualidad, en términos geoespaciales, la parte no debería siquiera plantearse su anteposición al todo. Sería una anomalía absurda.

El Camino de Santiago es cada vez más una senda actual diseñada sobre una base física histórica. Una especie de reinvención de un senderismo medieval con los mecanismos contemporáneos de confort y seguridad que exige el peregrinaje del siglo XXI. En definitiva, un complejo fenómeno territorial que necesita de la acción coordinada de instituciones públicas, personas individuales y asociaciones civiles de distinto tipo. Las diferentes estrategias de marketing localistas son la gran amenaza posible de un planeamiento que fracture el Camino en segmentos que compitan entre sí, convirtiendo un producto único en ofertas locales que remarquen sus diferencias en lugar de aunar lo común de sus singularidades. Es desde la escala básica de la planificación local, tramo a tramo, desde donde se puede multiplicar la heterogeneidad del conjunto al tiempo que se realiza una adecuada y coordinada planificación y gestión territorial de un producto turístico-cultural, el Camino, enormemente complejo que precisa de la adecuada coordinación entre la acción institucional, la promoción individual y la interacción con las distintas asociaciones de promoción y protección del Camino. No es posible entender el Camino por libre desde supuestos localistas individuales y al margen de un planeamiento de conjunto coordinado desde los distintos ámbitos territoriales. Y mucho menos sería entendible cualquier intento de planificación y promoción local de esta realidad universal que es el Camino de Santiago fundamentada en personalismos y egos.

En el peregrinaje hacia lo insustancial que supondría esa pretensión sobran quienes se consideran guardianes de las esencias y quienes se autoproclaman libertadores de hipotéticas cadenas. En cambio, son imprescindibles quienes lleven en su mochila esa idea de “comunitas” que permite relacionarnos con otras personas, contemplar los paisajes y los paisanajes en su dimensión más extensa y reencontrarnos de una vez por todas con nosotros mismos, con nosotras mismas, en el Camino.

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