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“Liti”, sin fecha de retiro en su barra de Noreña

El hostelero José Carlos Baragaño cumple 32 años en su bar: “Llevo atendidas a cuatro generaciones de varias familias”

José Carlos Baragaño

José Carlos Baragaño A. I.

Quería ser periodista y, al igual que uno de sus referentes en la profesión, el deportivo Andrés Montes, él también consiguió acuñar algunos de los sobrenombres más conocidos entre los vecinos de Noreña. Pero no lo hizo a través de las ondas o de la televisión, sino tras la barra de un bar, El Retiro, que con sus 32 años de vida es parte esencial de la historia moderna de la Villa Condal. “Por aquí ya han pasado cuatro generaciones. He atendido al bisabuelo, al abuelo y ahora a los nietos de los hijos de este”, cuenta con orgullo José Carlos Baragaño, “Liti”, impulsor del local junto a su mujer, Carmen Colunga.

Él nació en La Felguera, aunque a los seis meses se mudó a El Berrón, donde su abuelo, natural de Hevia, “tenía un taller de ballestas”. Allí fue donde empezó a trabajar, a los 21 años, “tras venir de la mili”. Recuerda que, por aquel entonces, ya iba con Colunga –a la que conoció en un campamento del instituto en Ortigueira– y otros amigos a los disco bares de la Pola: “Estaban muy de moda. El JB era mi casa. Los fines de semana casi estaba más allí que en el domicilio”, rememora el hostelero.

Así, medio en broma medio en serio, comenzó a fantasear con montar un bar. “A Carmen (Colunga) no le gustaba la idea, pero lo cogimos con unos socios que fueron los que la convencieron”. Corría el año 1989, Noreña era “una villa muy próspera, con muchas fábricas”.

De aquella, todo el mundo iba a salir por los establecimientos polesos, que estaban de moda: “Aunque siempre fuimos un bar de música, hasta nosotros mismos cerrábamos a las diez o las once e íbamos para la Pola”, cuenta Baragaño.

Esa tendencia la empezó a cambiar aprovechando las fiestas de la localidad. Cuando tocaba el Ecce Homo o el Picadillo, traíamos un pinchadiscos y la gente se quedaba, venían hasta los que no eran clientes habituales”.

El primer lustro fue “espectacular” para Baragaño y Colunga y su historia continuó imparable hasta convertirse en un referente, no solo del día sino especialmente de la noche en la Villa Condal.

No es de extrañar que sus muros hayan sido testigos de mil anécdotas. La primera que se le viene a la cabeza es una que tiene que ver con Constantino Romero, el gran actor de doblaje: “Cuando las fiestas, el Sabadiego traía a muchos actores y pasaban todos por aquí. Romero fue al baño y se chocó con la montaña de cajas vacías de bebida que había de camino al retrete. Casi no lo cuenta. Al día siguiente, perdió el avión”, relata entre risas Baragaño.

Con todo, lo que más le satisface es la confianza que han demostrado los vecinos de la localidad. “Lo más guapo es que estoy ya sirviendo a cuatro generaciones de una familia, serví al bisabuelo, a la madre, a la hija, a la nieta ahora. Pasa el tiempo y siguen viniendo”.

Aquí se habla un poco de todo, “especialmente de fútbol o política y se aceptan todo tipo de posturas”.Baragaño se entretiene entrando al trapo de todo, disfruta y, a pesar de la pandemia, “la respuesta de la gente fue muy buena”. Tras la barra, de camisa y tirantes, abre una cerveza, mira a la puerta y no ve la hora de salir. Son 32 años y aún no hay fecha de retiro.

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